“Black Isle” de Marian Womack

Hoy voy a iniciar el primero del que espero que sean muchos post sobre la obra de la autora que decidí adoptar siguiendo la iniciativa #AdoptaUnaAutora. He pensado que la mejor manera sería empezar, aunque parezca obvio, por el principio, o sea, con el primer texto de Marian Womack que llegó a mis manos. Estábamos en 2014 y por aquel entonces me dedicaba a leer relatos enviados para la primera convocatoria de Alucinadas (Palabaristas). Marian me envió “Black Isle” que había escrito originalmente en inglés y que después tradujo al español. Me advirtió que era un texto extraño, creo recordar. Cuando empecé a leer, no pude parar. Finalmente la historia pasó a formar parte de la antología en español, así como en su posterior traducción al inglés en Spanish Women of Wonder.

alucinadas-final

“La muerte de las águilas pescadoras —por docenas— no tiene explicación posible, como tampoco la tienen las manchas azuladas que cubren sus picos, sus cabezas, sus pecheras. Estas anomalías no deberían existir, así de simple. Y yo debería saberlo mejor que nadie; al fin y al cabo diseñé los pájaros yo mismo.”

Así comienza la historia del Dr. Andrew Hay, un bio-ingeniero cuya vida se encuentra en un punto muerto, como el punto ciego del retrovisor del coche, como el área de vista periférica que se escapa de enfoque, como una foto movida. Hay se siente vacío y la culpa lo reclama. No ha podido llenar el hueco que la muerte de su esposa dejó, a pesar de dedicarse a una actividad interesante en una empresa de éxito. Como recurso humano que no resulta ya imprescindible, el doctor es enviado a investigar la muerte en masa de algunas de las especies animales artificiales creadas por la empresa, en un hábitat protegido en la costas escocesas. Allí tendrá que enfrentarse a los recuerdos de una vida pasada que alguna vez no fue hueca, sino que estaba repleta de vivencias y sensaciones, cuando Hay se sentía actor de su propia vida y no un mero extra. Pero la carga del pasado es insoportable, lo que unido a la inesperada reacción del hábitat, tiene consecuencias imprevistas para el protagonista.

En esta historia la naturaleza es otro personaje más, una suerte de consciencia omnipresente que se rebela ante la manipulación genética, una criatura colectiva que se subleva ante el orden establecido por el ser humano para reclamar su libertad. Se establece un claro contraste con el Dr. Hay, un ser torturado y abrumado por la culpa, incapaz de tomar decisiones que terminen con su desdicha. Por su parte, la naturaleza asume las riendas de su propia existencia y, sin detenerse en los efectos adversos inmediatos, la muerte de miles de animales genéticamente modificados resulta una suerte de avanzadilla que parece formar parte de una estrategia trazada de manera consciente y voluntaria.

Las descripciones son, sin duda, uno de los puntos fuertes de esta historia. Marian Womack tiene la capacidad de construir escenarios naturales vívidos e inquietantes al destacar las características anómalas y alienantes de sus elementos, sean estos rocas, plantas, aves o criaturas marinas.

“Caminamos sobre el atracadero. Para llegar hasta el final es necesario dar un corto paseo, ya que la construcción de piedra no tiene más de trescientos metros. Sin embargo, no tardo en acordarme de lo difícil que resulta avanzar sobre la estructura abandonada. Los juncos y la hierba musgosa lo han recubierto por todas partes. Las algas se apilan hasta arriba ascendiendo por sus pequeñas orillas a ambos lados. Pero lo peor es que las rocas, originalmente piedras cuadradas, se encuentran ahora descolocadas y deformes, como si una mano gigante las hubiera esparcido desde el cielo sin preocuparse de cómo ni dónde caían. El tiempo y el abandono las ha recubierto de hierba, juncos y matorrales de tal manera que es imposible dar un paso en firme, evitando los agujeros esparcidos aquí y allá sobre la estructura abandonada, en los que resulta más que posible torcerse un tobillo.”

La producción narrativa reciente de Marian Womack tiende a explorar un género llamado CliFi (Climate Fiction) que está adquiriendo cada vez más notoriedad porque aborda temas candentes relacionados con el cambio climático y el calentamiento global de la Tierra. Suele proponer historias especulativas, aunque no siempre, que se desarrollan en el presente o en un futuro, pudiendo ser este más o menos cercano.

sea-eagle-black-isle

Foto de un águila en Black Isle, de la web http://www.fortrosefreechurchofscotland.wordpress.com

En posteriores posts analizaremos otros textos de Marian que se enmarcan en este tipo de literatura aunque, aunque en “Black Isle” conviene señalar que la autora apuesta por incluir elementos de ciencia ficción, de new weird y de un cierto terror gótico. En concreto, la temática de ciencia ficción en lo que se conoce como biopunk, un subgénero que se centra en la biotecnología. La manipulación genética a la que se somete a las especies animales del hábitat escocés sirve para cuestionar la ética de este tipo de prácticas. El elemento new weird se deja sentir en toda la narración, en las inquietudes existenciales de los personajes –el doctor y la naturaleza- en la habilidad para convertir situaciones perfectamente convencionales en puntos de encuentro para lo que extraño, aquello que roza lo paranormal, lo que se sale de la norma y crea incomodidad. Trazas de terror gótico aparecen en la maldición que sobrevuela el hábitat y que no es sino extensión de la que, de alguna manera, aqueja al propio Dr. Hay desde la desaparición de su esposa. Incluso el personaje de Méndez, al que el doctor visita en un hospital psiquiátrico y al que encuentra comiendo moscas, nos recuerda al Renfield de Drácula.

Por último, hay que añadir que la cuidada prosa es, además, otra de las características que identifican el estilo de esta escritora. Se trata de un estilo trabajado, de ritmo templado, y que huye de los infodumps, propiciando así una participación más activa del lector.

“Black Isle” es una pequeña joya que reúne algunos de los géneros y temáticas más actuales, lo que convierten a Marian en una autora muy relevante dentro del panorama nacional. Si aún no la habéis leído os invito a que descubráis la anomalía que se encuentra encallada en las costas escocesas. Por algo se llama “Isla Negra”.

 

 

CloroFilia

No sé si al que lea esto le pasará, pero a mí me resulta más sencillo hablar de las obras de los demás, declarar mi admiración, descubrir sus secretos… Porque no es fácil hablar de uno mismo sin caer en la presunción o en la falsa modestia.

clorofilia-portada

Pero hoy no es un día para contemplaciones: hoy sale al mercado CloroFilia, una novela corta que la Editorial Cerbero publica en su colección Wyser de ciencia ficción. Con una impresionante ilustración de Cecilia G. F., esta historia es el fruto de mi colaboración con esta joven editorial gaditana dirigida por el incombustible Israel Alonso.

Esta novela se desarrolla en un mundo post-apocalíptico arrasado por un monstruo formado de infinitas partículas en suspensión. La vida, tal y como la conocemos, solo puede sobrevivir en hábitats aislados del exterior que se conocen como El Claustro. La historia explora principalmente los efectos de un encierro prologando en un grupo humano, y trata  también sobre la locura colectiva. Hay música, mucha, que sirve para algo más que para deleitar los sentidos, y hay un joven, Kirmen, que es y no es humano.

Os emplazo a que descubráis esta historia y a que me hagáis llegar vuestras opiniones. Aquí podéis leer el inicio de la novela.

 

Cero.

El fin del mundo lo pilló con la muerte en la garganta y corriendo contra el viento. Objetos que volaban en sentido contrario, un estruendo envolviendo la escena, que era una herida en la realidad.

Tenía que seguir avanzando.

El polvo le impedía ver más allá de unos cuantos metros, pero el bordillo de la acera a sus pies le indicaba que se dirigía en la dirección correcta. A pesar de que era un hombre corpulento, a veces se veía obligado a agarrarse a una farola o a un quiosco para que la ventolera no lo levantara. Estaba obligado a luchar contra la furia invisible que lo estaba arrasando todo.

Tenía que llegar.

 

 

El CliFi británico-español de Marian Womack: «Black Isle»

Hace unas semanas decidí sumarme a la iniciativa #AdoptaUnaAutora, diseñada por un grupo de blogueras para incrementar la visibilidad de las autoras de ciencia ficción, fantasía y terror en nuestro país. Me parece una acción necesaria para llamar la atención sobre un colectivo a menudo olvidado pero que, a fuerza de empeño y talento, está haciendo que desde los medios de comunicación, el público y la crítica se comience a valorar su trabajo.

marian-womack

Esta es una de las fotos que más me gustan de Marian Womack, rodeada de libros, con esa mezcla de fragilidad y determinación en la mirada

En mi caso, lo tenía claro: tenía que «adoptar» a la única persona que, hace un par de años, respondió a una pregunta desesperada que hice en mi muro de Facebook: «¿hay alguna editorial en España que publique a autores españoles que escriben también en inglés?». Su nombre era, es, Marian Womack, una de las dos cabezas pensantes de la editorial Nevsky. Me respondió porque, bueno, no sé si lo sabéis, ella misma escribe en inglés y en español. A partir de entonces he tenido la oportunidad de trabajar con ella en varias ocasiones y hoy quiero hablar de la segunda vez que lo hicimos, cuando en 2014 me lancé junto con mi amiga Leticia Lara a editar una cosa muy extraña que no se había hecho todavía en España: publicar una antología de cuentos de ciencia ficción escritos por mujeres en español. Me refiero, claro, a Alucinadas (Palabaristas).

Recuerdo que contacté, entre otras, con Marian para saber si tenía un cuento que pudiera encajar en la antología. En aquella ocasión, y como no sabíamos con qué nos íbamos a encontrar, Leti y yo habíamos decidido articular el proyecto de dos maneras: con una convocatoria abierta y pidiendo historias directamente a una lista de más de 30 autoras españolas y latinoamericanas que en algún momento habían escrito literatura de género. Marian tenía en mente una historia que había concebido directamente en inglés, «Black Isle», y le pedí que la tradujera al español.

Cuando leí por vez primera este cuento sentí una extraña familiaridad. ¿Sabéis esa sensación que se tiene cuando escuchas una canción por primera vez que te resulta incomprensiblemente conocida? Pues es eso. Me gustó mucho la idea, que hoy diríamos que es muy «Black Mirror», pero lo que me atrapó finalmente fue la prosa. Estaba escrita con un cuidado y un esmero en cada palabra, en cada frase, que podía cerrar los ojos e imaginarme a Marian ante el ordenador, re-escribiendo, editando, puliendo.

«Black Isle» trata la historia de un hombre devastado por un sentimiento de culpa, un científico que desarrolla animales artificiales para repoblar las especies desaparecidas en la Tierra, pero que fue incapaz de salvar la vida de su esposa cuando a esta le fallaron sus órganos. La culpa borra los contornos del protagonista, lo sume en una neblina de melancolía y olvido, le impide establecer relaciones personales duraderas y satisfactorias. Y, de fondo, una naturaleza artificial que se comporta de manera extraña, es decir, se comporta como la naturaleza lleva haciendo siglos, regulando su propio destino. Este es un tema que, por mis conversaciones con la autora, sé que le preocupa e interesa. Además, creo que es un tipo de temática sobre la que vamos a ver más historias en el futuro y yo espero, secretamente, que muchas sean de manos de la propia Marian.

Una de las razones por las que recomiendo las historias de esta autora es por su atención a los detalles. Me fascina ver el mimo con el que realiza sus descripciones, a veces centrando la narración en pequeños detalles que son muy reveladores. Creo que su estilo refleja a la perfección su personalidad y vivencias personales, con una influencia marcada de autores anglosajones y españoles que la convierten en una creadora única en el panorama internacional actual.

alucinadas-final.jpgspanish_women_of_wonder_6094_fa51b12c

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Podéis leer «Black Isle» en español en Alucinadas y en inglés en Spanish Women of Wonder, ambas de Palabaristas. Creo que es una manera estupenda de sumergirse por primera vez en el universo de esta autora, que estoy segura de que nos va a dar muchas alegrías en el futuro.

 

 

Inchworm

Inchworm

Cristina Jurado

 

El vídeo de la canción “Ashes to Ashes” me persigue desde que lo vi por primera vez, con ocho años. Me fascinaba y me daba miedo por igual. Hay una imagen que se repite dos veces durante el vídeo (en 2:17 y 3:23): es la de David Bowie colgado en una pared, en una especie de sistema de soporte vital, con un montón de tubos que salen de su traje. Cuando investigué, encontré que Bowie se había basado para la tonada final en una canción infantil que interpretaba el actor Danny Kaye en Hans Christian Andersen (1952), una de sus películas favoritas. Este relato es una exploración de mi obsesión con la canción de Bowie.screen-shot-2016-01-11-at-16-57-14

 

“Something like ‘Ashes to Ashes’ wouldn’t have happened if it hadn’t have been for ‘Inchworm.’ There’s a child’s nursery rhyme element in it, and there’s something so sad and mournful and poignant about it. It kept bringing me back to the feelings of those pure thoughts of sadness that you have as a child, and how they’re so identifiable even when you’re an adult.” 

“David Bowie: Interview”, en la revista Performing Songwriter, 2003

 

La madre, una nave globular. Cordones umbilicales que alimentan, evacúan, hidratan, calientan y monitorizan. Un hijo en el seno materno de un embarazo ectópico, pasajero de un útero de fibra exótica, viajando por las entrañas del universo, a una de esas velocidades teorizadas por científicos sin dinero para investigar, que substituyen la falta de medios con imaginación.

Está colgado a una pared que puede ser el suelo, o quizás el techo, porque no hay arriba ni abajo, izquierda o derecha, centro o extremos. La gravedad cero es una manta que lo arropa, una sensación familiar y tranquilizadora que mantiene su cerebro a flote. Siente fluidos entrar y salir de su cuerpo, oye un ruido, como el de una tetera que borbotea, y recuerda unas tazas de porcelana inglesa con rosas pintadas a mano y bordes dorados sobre un mantel de flores marrones y naranjas. Fuera hace frío y llueve, pero dentro el ambiente era cálido y acogedor, y Peggy retira la tetera del fuego y vierte el agua humeante en las tazas. Hay un plato de galletas de jengibre, y mientras su madre añade leche a las tazas, él tomaba una y la mordisquea a la espera de que el té se enfríe un poco. También hay un hermano mayor y un padre en alguna parte, pero no en este recuerdo.

La nave cuida de él, le aporta los nutrientes que necesita, realiza ajustes en su cuerpo. Él siente dilataciones y contracciones pero no puede localizarlas en ninguna parte concreta de su anatomía. Ahora mismo se sentaría a tomar una taza de té en la cocina de Bromley. Si se esfuerza, hasta puede sentir el jengibre en la boca, el mismo de las galletas que tanto le gustaban. Pero no hace falta porque, al poco de pensarlo, siente el sabor rascándole la lengua. Y se relame.

“Gracias Peggy”.

Todavía no le sale llamarla “madre”.

Cada vez que piensa en Houston le entra la risa y las paredes se ríen con él, proyectando en todas direcciones el eco de la carcajada. ¡Cuánto desearían aquellos cabrones que estuviera retransmitiendo lo que ve! En Control deben haberlo dado por muerto y en el informe se referirán a él como “fallecido en acto de servicio”. Pero él está vivo, sintiéndose mejor que nunca, y puede reírse de ellos desde su privilegiada matriz.

Abrió la escotilla y se lanzó a las estrellas. Tuvo cojones para hacerlo.

Nunca hubiera muerto en directo, como Houston quería, su agonía retransmitida a todos los televisores del planeta rompiendo la barrera de los datos de audiencia. “Si algo va mal”, le dijeron, “mantente dentro del plano para que podamos grabarlo”. Con fines estrictamente científicos, no se cansaban de repetirle, pero el cohete estaba repleto de productos que él tenía que enseñar a cámara en momentos precisos: la camiseta de los Miami Gators en el momento en que llegase a la órbita nominal programada; los refrescos de Landa al menos tres veces al día; el reloj Cosmos cada vez que Houston entablaba una conversación, o la gorra de AirAmericana en cuanto la maniobra de despegue hubiera concluido. Apuesta cualquier cosa a que habrían utilizado su muerte para vender pólizas de seguro, automóviles o champán de nombre francés. Se imagina al agregado del Departamento de Defensa frotándose las manos con el nuevo drama nacional, y a los ejecutivos de la cadena GNN, que poseía en exclusiva los derechos de emisión, haciendo proyecciones de los ingresos en publicidad.

Los ha jodido, pero no siente ninguna pena. De todas formas, el que está vagando por los intestinos del espacio, lejos de Bromley, es él. Los de Houston, con todos sus agregados, ejecutivos, directores, doctores e ingenieros, están ahora en sus casas, retozando con sus esposas unos, peleando con ellas otros, ignorándolas los más.

(El resto de «Inchworm», junto con muchos muchos más relatos, se pueden leer en la antología de relatos WhiteStar  en la plataforma Lektu. Todos los beneficios de esta obra están destinados a la Asociación Española Contra el Cancer AECC) #WhiteStar

BOLA EXTRA – Sangre Fucsia #120 – Grandes Damas de la Ciencia Ficción actual

Nos parecía una idea muy “año nuevo, vida nueva” comenzar este 2017 con una Bola Extra del programa dedicado a las grandes damas de la fantasía y la ciencia ficción actuales. Contamos c…

Source: BOLA EXTRA – Sangre Fucsia #120 – Grandes Damas de la Ciencia Ficción actual