Echando la vista atrás: producción nominable a los #Ignotus2020

En estos momentos de incertidumbre y desasosiego nos merecemos cosas que celebrar, como la fiesta del fandom español y de sus premios, los Ignotus, organizados por la AEFCFT. Como son muchas las obras susceptibles a ser nominadas, es costumbre recordar a la audiencia aquellas a las que cada cual ha contribuido para que quienes votan puedan elegir con conocimiento de causa. Es algo que hacen los autores y autoras de otros países y que se está convirtiendo en un ritual durante el mes de nominaciones.

En 2019 tuve el placer de participar en la antología MONTRUOSAS de Tinta Púrpura con «Lamia», un relato de terror locutado maravillosamente por Noviembre Nocturno. Lo podéis escuchar aquí, que podéis nominar como MEJOR RELATO, y tenéis disponible la antología (que es nominal como tal) en la web de la editorial.

No puedo dejar de mencionar BUSCANDO A JAKE Y OTROS RELATOS de China Miéville de La máquina que hace Ping que puede nominarse como MEJOR ANTOLOGÍA y cuyos cuentos también son nominables a MEJOR CUENTO TRADUCIDO. Los podéis encontrar aquí. Mi prólogo para esta obra también nominable como MEJOR ARTÍCULO.

INSÓLITAS de Páginas de Espuma es otra antología que puede proponerse en la categoría de MEJOR ANTOLOGÍA y la podéis encontrar aquí.

También tuve la suerte de que contarán conmigo en la revista TANTRUM #6 y publicaran mi relato «Abrir en caso de Apocalipsis». Lo podéis encontrar en papel aquíl y en digital aquí y no olvidéis que es también nominable como MEJOR REVISTA.

En el apartado de MEJOR OBRA DE ENSAYO, no puedo dejar de destacar la antología INFILTRADAS de Palabaristas y que está disponible a través de Lektu. En esta obra hay muchos textos que pueden nominarse como ensayos.

En este mismo apartado de MEJOR OBRA DE ENSAYO entraría la antología CIBERFEMINISMO: de VNS MATRIX A LABORIA CUBONIKS de la editorial Holobionte y en la que trabajé traduciendo algunos de los textos que incluye.

También podéis nominar como MEJOR REVISTA a SUPERSONIC que cuenta con un gran número de contenidos también nominables como MEJOR RELATO, MEJOR RELATO TRADUCIDO, MEJOR ARTÍCULO y MEJOR ILUSTRACIÓN. Podéis encontrar una lista muy completa en la web de la revista y adquirir los números #13, #14 y #15 en Lektu.

Y hasta aquí la lista de contenidos que publiqué el año pasado. Espero que os sirva para guiar vuestras votaciones, pero sobre todo espero que, votéis a quién votéis, sigáis apoyando la literatura de ciencia ficción, fantasía y terror en nuestro país.

Papel

por Cristina Jurado

—Como ya le he dicho, Fernández, Papelería Viuda de Ripollés e Hijos, es algo más que un negocio. Usted se va a convertir en miembro de una comunidad que siente devoción por el trabajo bien hecho.

Don Justo se acaricia la papada que, al hablar, enrojecía. Fernández asentía complacido. El discurso de su recién estrenado jefe le conmovía y se supo feliz con la certeza de que otros tomarían las decisiones por él.

—El insigne veneciano trajo consigo el preciado descubrimiento desde Oriente, haciendo posible que la civilización…

Aquella deforme garganta roja se hinchaba de entusiasmo mientras la saliva emitida a intervalos regulares regaba al empleado. Fernández gozaba con aquel bautismo iniciador.

—Por ello, Fernández, deberá admirar profundamente el noble bien que nos sustenta: el papel. ¡Qué digo admirar! ¡Reverenciar! Un aprecio espiritual que con el tiempo se convertirá en una relación casi física, ¡créame!

El empleado siguió a Don Justo desde la luz y el bullicio de la tienda y las oficinas hasta las sombras del almacén. Como el aceite estaba racionado, los candiles solo se utilizaban para atender al público y en invierno, cuando faltaba la luz. El almacén y las oficinas, a excepción del despacho de don Justo, estaban siempre en penumbra.

Los uniformes de los que allí trabajaban le recordaban a un ejercito doméstico de topos en la oscuridad. Fernández seguía como hechizado el cuello del que ya consideraba como su amo.

—Le aseguro que pronto se sentirá impregnado de nuestro surtido y, puedo decir no sin orgullo, que se trata del más amplio de la región —.Don Justo acarició los pliegos de una estantería con la papada palpitante y las manos temblorosas—. Pero… ¡tóquelo, hombre! ¡Sienta la suavidad de este magnifico papel couché!

Fernández le imitó percibiendo su tacto agradable. De esta manera avanzaron ambos entre los armarios rebosantes de cuartillas y las cajas llenas de rollos de diferente textura y tamaño. Tras manosear varias veces el papel de embalar, el dueño se detuvo delante de varios cajones. Su subordinado ahogaba gritos de júbilo ahora que podía compartir aquellos minutos con su superior.

—Éste es mi preferido, Fernández. ¡El papel de estaño! Observe qué calidad, qué brillo. ¿No le parece extraordinario? Pero ¡acérquese y cójalo! ¡Vamos! ¡Sienta su frescura y su olor! ¡Pruébelo!

Fernández lamía aquellas hojas plateadas mientras Don Justo le acercaba nuevos pliegos. Un nuevo sentimiento de dicha le invadió. Por primera vez experimentaba el áspero gozo de quien se sabe insignificante pero privilegiado.

—¡Saboréelo! ¡No se resista! Aquí tiene el papel esmerilado. ¡Así! Y este papel de Armenia también. ¡Lama, lama!”

Los dos pasaban la lengua sobre las hojas con evidente placer. Y, así, recorrieron todos los pasillos chupando, mordisqueando y manoseando el papel vegetal, el amargo papel de carbón, el de fieltro, el papel de estraza, el cartón cuero, el papel pautado y el cuadriculado. Lloraron cuando le tocó el turno al papel de lija, pero se repusieron inmediatamente con el engomado. Se tragaron el papel higiénico y el de Biblia y terminaron con los rollos de periódico. 

Con la respiración entrecortada Don Justa se despidió. 

—Y recuerde, Fernández, que hay pocos placeres tan sublimes como sentirse satisfecho por la labor bien realizada. Después de esta visita guiada, usted ya conoce todas nuestras mercancías. Le animo a repetir esta experiencia cuando sienta decaer el ánimo.

La sombra rechoncha del dueño ocultaba la humilde luz de los candiles. Se alejó caminando trabajosamente dejando a su empleado en plena crisis nerviosa intentando recuperar las hojas desordenadas. Los papeles volaban en remolinos.

La garganta hinchada de Don Justo se volvió una vez más desde el final del corredor. 

—Por cierto, Fernández. No olvide que la cuantía de los pliegos desperdiciados hoy se le descontará de su primer sueldo.

Banda Sonora de «Bionautas»

Una de las fuentes de inspiración más comunes a la hora de escribir historias es, sin duda, la música. Yo misma no soy una excepción. Mis gustos musicales son muy heterogéneos, fruto de las culturas con las que convivo, de los muchos viajes que he realizado, de los diferentes continentes en los que he vivido: Europa, América del Norte y Asia. La banda sonora de Bionautas (Editorial Cerbero) refleja esa mezcla de influencias y se centra en la figura de las criaturas desubicadas, fuera de contexto, a medio camino entre nosotros y los otros, seres intermedios e intermediarios, puentes entre etnias, culturas y especies. Bionautas (también disponible en Lektu) es una novela extraña porque el personaje principal, May/Erden/Lily/Zoe, no es la protagonista, pero es alrededor de ella que la narración se desarrolla. En las canciones siguientes podéis haceros una idea acústica del personaje, al que se hace referencia constantemente, pero del que, en realidad, se sabe muy poco.

Sevdaliza: Human

Bishop Briggs – The Way I Do 

Sama’ DJ Set | Boiler Room Palestine

The Dø: Keep your lips sealed 

Janelle Monae: Dirty computer

Jain: Alright 

Lorn: Anvil

Tash Sultana: Jungle

Lorde: Tennis court

Peggy Gou: It Makes You Forget (Itgehane)’

Hambre

Este cuento apareció publicado por primera vez en la Revista SuperSonic #1, dentro de la iniciativa «Desahucio en Marte» en la que participaron Santiago Eximeno, Ricardo Montesinos, Juanfran Jiménez y una servidora. Ahora podréis encontrarlo en breve en la antología Distópicas (y su melliza, Posthumanas), ambas seleccionadas por Lola Robles y Teresa López-Pellisa en la editorial Eolas.

Ilustración de Marina Vidal @marimbavidal

Alabama había ido a morir a Marte. Alguna vez, imaginando cómo serían sus instantes finales, se veía flotando en la tranquilidad artificial que las drogas le proporcionarían. No habría dolor, estaría relativamente cómodo en su cabina, quizás ya sin movilidad, y tendría la conciencia tranquila al saber que su familia estaba disfrutando de una situación desahogada. Los visualizaría en Orbis, la isla flotante patrocinada por la Entente Euro Rusa, con vivienda propia y sin estar sujetos al racionamiento forzoso para la mayoría de la población de la Tierra continental.

Recordó que tenía hambre. No se trataba de ganas de comer o necesidad de llevarse algo a la boca por sentir cierta debilidad. Era un apetito desmesurado, infinito, una sensación primaria que lo hacía aferrarse a la vida de cualquier manera, y que le había hecho llegar a reconocer cada milímetro de las paredes de su estómago. 

La ventana, estrecha y larga, que recorría el muro izquierdo de la sala común mostraba el arenal de la pradera marciana. Las formaciones rocosas encarnadas que les habían dado la bienvenida durante el amartizaje seguían en sus mismas posiciones, acechando desde la distancia, espectadoras del proceso de deterioro de la tripulación desde el otro lado de los cristales.

Mirar por la ventana era como asomarse a sus propias vísceras rojizas y yermas. El desierto estaba dentro de él, y sus entrañas no eran sino un páramo descolorido de materia orgánica en descomposición que le producía mal aliento y constantes espasmos abdominales.

El panel LCD de recreo mostraba un musical, un género que ya no estaba de moda pero que entusiasmaba a Alabama y lo único que conseguía calmar su hambruna. Además, le divertía ver sobreactuar a los actores cuando empezaban sus canciones en medio de la trama. A Tenerife no le gustaban y, cada vez que los programaba, se pasaba un buen rato burlándose de él. Ella prefería los documentales sobre la historia antigua de la Tierra, que solo conseguían aburrir a Alabama. 

Se dirigió hacia la minúscula cocina de la sala común y llenó un par de cuencos con la sopa que esperaba entre trozos de carne en una pequeña cazuela de acero inoxidable. Los puso encima de la bandeja quirúrgica que había tomado prestada del laboratorio y añadió un vaso medio lleno de agua, canturreando la canción del número principal del musical. 

Entró en la cabina de Tenerife y la vio tumbada sobre su litera, con la espalda contra el cabecero, estudiando el techo corrugado.

—¡Hora de almorzar!

Ella negó con la cabeza.

—No seas cabezota. Tienes que comer.

La voz de ella era un susurro enfermizo que no entendió. Él se sentó junto a ella con la bandeja sobre las rodillas, tomó uno de los cuencos y empezó a sorber la sopa. 

Tenerife se llamaba Ana, pero en la misión todos se conocían por la ciudad que los había visto nacer, aunque Alabama nunca había revelado su verdadero nombre y nadie había conseguido descubrirlo en los archivos del viaje. Cracovia presumía de haber iniciado la tradición, pero ninguno de ellos lo recordaba, a pesar de que insistía en que le reconocieran aquel honor. 

Cracovia “Crack” era ingeniero de algo, como la práctica totalidad de los miembros de la tripulación. También lo eran Tenerife, Alabama, Vorónezh, Caen y Upsala, pero Cracovia era además el jefe de la expedición, como a él le gustaba apuntar. Triste gloria, solía pensar Alabama. 

—La cámara frigorífica no ha vuelto a dar problemas desde que reparé la fuga de gas. Creo que aguantará. 

Ella permanecía con la mirada perdida en lo alto. Llevaba varios días en aquel estado de somnolencia, abandonada a los delirios de una mente que ya no se encontraba en Marte, sino reparando paneles solares en una colonia con forma de criatura alada.

Él terminó y arrimó el otro cuenco a la mujer, que apartó la cara. Insistió e inclinó el recipiente ligeramente a la altura de los labios para que el líquido entrase en la boca.

—No tienes que comer los tropezones, pero necesitas beber el caldo para mantenerte fuerte. Has pedido mucho peso. 

Las lágrimas resbalaron por las mejillas de Tenerife y cayeron en el mismo cuenco. 

Alabama pensó que aquello era un desperdicio. Cazó con los dedos los tropezones que flotaban a la deriva y los engulló. Mientras masticaba recorrió el cuerpo de la mujer. Sus ojos viajaron por la curva de los glúteos en busca de las últimas reservas de grasa. Se entretuvo en las arrugas del pantalón de deporte, fantaseando que hubiera piel y músculo detrás y no solo un frunce traicionero de la tela. Había perdido la esperanza de rescatar las lorzas de la cintura. Las había saboreado en sueños cientos de veces, acompañadas de una pizca de sal que Leverkusen había logrado sintetizar en el laboratorio.

—Alabama no es una ciudad de Euro Rusia—, le había dicho ella cuando los presentaron en la base de entrenamiento de la misión. 

—Nací en el “USS Alabama”.

Por aquel entonces, antes de emprender el viaje, la canaria no tenía aspecto de estar muriéndose. Su piel aún mostraba el lustre de un bronceado reciente y el síndrome se mantenía casi invisible. 

—¿Un portaaviones norteamericano?

—Era un montón de chatarra que los de la Entente compraron en el mercado negro. Nunca alcanzaba la velocidad de crucero oficial— contestó él tendiéndole la mano—. Por eso no llegamos a tiempo a Orbis y mi madre parió a bordo. 

La mano paliducha de Alabama contrastaba con el color canela de la de ella. Esa misma noche durmieron juntos por primera vez, faltándoles el tiempo para darse placer. Tenerife no era guapa, ni siquiera atractiva. Tampoco podía decirse que fuera excesivamente simpática o inteligente. No llamaba la atención por ningún aspecto de su físico o de su personalidad, pero a él le volvía loco. Desde el instante que la conoció, no volvió a acordarse de su mujer y las imágenes de su hijos se le presentaban en sueños disociadas de las de su madre. Los sentimientos, al fin y al cabo, no eran más que el resultado perceptible de una reacción química a nivel molecular.

A la canaria le habían detectado el síndrome en el Consulado Chino, cuando intentaba obtener un visado para llegar a Lóng, la colonia flotante china más próspera de la Tierra. 

Era una dolencia rara que afectaba únicamente a quienes habían seguido el programa masivo de entrenamiento espacial, diseñado para preparar a los habitantes de las futuras colonias. Se desconocía su origen, aunque las investigaciones preliminares apuntaban a una mutación genética que, en las condiciones de gravedad artificial de las instalaciones espaciales de entrenamiento, desencadenaba una cascada fisiológica que producía la degeneración acelerada del organismo. La esperanza de vida era de dos años terrestres desde la aparición de los primeros síntomas. La lotería de la muerte, la llamaban.

Upsala le había contado, en su tosco ruso, que se había hecho hipnotizar para poder sobrellevar la noticia. Tenerife nunca se creyó a la sueca, aunque Alabama sospechaba que simplemente sentía celos. Upsala era alta, rubia y tenía aspecto de poder correr triatlones todos los días. Había sido la primera en morir y, desde su desaparición, el carácter de Tenerife se volvió agrio y distante con la mayoría, aunque seguía accediendo a acostarse con él.

Continúa en «Hambre», SuperSonic #1, disponible en Lektu o en Amazon

#LeeOrgullo

La iniciativa #LeeOrgullo tiene por objetivo promover la lectura de autoras y autores LGTBI+ y de libros con temática y personajes del colectivo durante el mes de junio (de este junio y todos los junios).

¿Por qué el mes de junio?

Porque junio es el mes del Pride, donde conmemoramos en 2019 los 50 años de los disturbios de Stonewall (28/6/1969), el día en el que, desde entonces, enarbolamos nuestras banderas de diversidad con orgullo. También porque en junio se produjo la masacre en la discoteca Pulse (12/6/2016) de Orlando, donde fueron asesinadas 50 personas.

¿Por qué ahora un #LeeOrgullo?

Porque la comunidad LGTBI+ continúa oprimida, porque aunque en España vivimos en una casi igualdad legal, esta es aún una quimera en la realidad. Un par de datos: en 2018, solo en la Comunidad de Madrid se registró, casi una denuncia al día por delitos de odio por orientación sexual, identidad de género o expresión de género. En el primer trimestre de 2019, en Barcelona se recogieron el doble de agresiones que el mismo período del año anterior. Y esto son solo las agresiones que se han denunciado.

Pensemos en los casos de acoso en las escuelas a jóvenes por ser «maricas» o «bollos» que cada año se salda con varios suicidios de adolescentes. Pensemos en los graves problemas de inserción social y laboral de las personas trans, en especial las mujeres, que acaban, demasiadas veces, en la marginalidad y la prostitución.

Pero si abrimos la mirada al resto del mundo, vemos que en al menos 80 países es delito tener sexo con personas del mismo sexo y que en 8 de ellos se paga con castigos físicos y pena de muerte, como por ejemplo la lapidación. En el continente americano han sido asesinadas cerca de mil personas trans desde 2015. En Europa, la situación empeora en países como República Checa, Polonia, Hungría o Rusia. En Chechenia existen campos de concentración para homosexuales, donde fue torturado y asesinado, por ejemplo, el cantante ruso Zelimkhan Bakaev.

La igualdad de derechos es un hito que muy pocos países han conseguido y la opresión sobre el colectivo sigue viva y en aumento. Por todo ello debemos continuar luchando y visibilizando. Junio es nuestro mes, el mes en el que nos sentimos más orgullosas/es/os que nunca de ser como somos, de luchar por nosotras/es/os y por los que no pueden luchar por sí mismas/es/os. Es por eso que arranca #LeeOrgullo, para poner otro grano de arena a la lucha desde la literatura.

Proponemos

Os proponemos leer autoras y autores LGTBI+ y libros con temática y personajes que den visibilidad a la diversidad al colectivo. Os proponemos hablar de todo ello en redes, en medios, en blogs, en podcasts y videos. Os proponemos difundir  #LeeOrgullo.

Proponemos a las editoriales que durante este junio, y todos los junios, promocionen la diversidad desde sus catálogos.

El movimiento arranca aquí, pero queremos que sea vuestro. Nos gustaría que lo hicierais vuestro y desarrollarais aquellos aspectos que os atañen o interesan más.

La diversidad

Queremos que sea un movimiento abierto, donde puedan encontrar sitio todas aquellas visiones que escapen de la heteronormatividad. Queremos leer sobre la diversidad, conocerla y profundizar en ella.

Somos una comunidad compleja, incluso con visiones contrapuestas de lo que somos o debemos ser. Si crees que nuestro discurso no te incluye, escríbenos y lo mejoraremos.


Elio, Maya y Hugo y el inicio de su aventura

Quienes han leído Bionautas, publicado por la editorial Cerbero, me han preguntado por algunos de los personajes que parecen en la novela. Y como existe una precuela, Del Naranja al Azul, hoy descatalogada, he pensado que podría interesar poner cara a los personajes y conocer el inicio de su historia. Por eso, os presento a Maya, Elio y Hugo, y os dejo el primer capítulo de Del Naranja al Azul (2012).

Maya
Elio
Hugo


DEL NARANZA AL AZUL

Capítulo I

El reencuentro

–Yo, con este tío, no trabajo- dijo Maya mirando nerviosa al suelo. Hugo la observaba fijamente mientras el capitán Gross doblaba los mapas y el resto de documentos esparcidos desordenadamente sobre la mesa. Gross dejó las hojas y se dirigió a ella con vehemencia.

–No le estoy pidiendo que trabaje con él ¡se lo estoy ordenando, teniente! Hugo es probablemente el mejor rastreador del Sector 8. Tiene muchos contactos entre los bionautas y no podemos desperdiciar esta oportunidad para poder infiltrarnos y desmantelar sus redes de suministro en la zona.

El capitán la miraba con expresión tensa mientras hablaba. Se trataba de un tipo bien entrado en la cincuentena que un día fue de complexión atlética pero que ahora ocultaba su abultado vientre en unos pantalones de deporte y una sudadera. Llevaba el cráneo rapado para disimular un avanzado estado de calvicie y su piel curtida por cientos de horas jugando al golf a pleno sol le daba aspecto de un veterano lobo de mar. Acostumbraba a aguzar la mirada con impaciencia, como si siempre tuviera algo mejor que hacer que escuchar, un hábito que solía generar nerviosismo en los demás.

Finalmente Maya levantó la mirada. Seguía sintiendo la intensidad de los ojos de Hugo, el Rastreador y la tercera persona en el cuarto, fijos sobre ella. Notaba que el rubor empezaba a extenderse por sus mejillas y no podía dejar de odiarse por permitir que aquella presencia la perturbase tanto.

Hacía años que no se veían y no sabía nada de él. Aunque regularmente le llegaban noticias sobre los rastreadores que operaban en aquel sector, y entre ellos se mencionaba el nombre de Hugo, nunca se le había ocurrido asociar aquel nombre con el de quien había sido su pareja. Su sorpresa cuando lo tuvo frente a ella casi le había impedido reaccionar.

Él seguía siendo alto, fibroso y de tez pálida, y su cabello ofrecía la misma tonalidad negra de la obsidiana, tal y como ella lo recordaba. Impecablemente vestido con unos pantalones negros y una camisa gris oscuro, parecía un personaje sacado de una película en blanco y negro, a no ser por el toque de color de sus ojos azules.

Bien pensado no le extrañaba que fuese uno de los rastreadores más prósperos del sector. El informe que tenía entre sus manos confirmaba que Hugo se ocupaba, como todos los de su gremio, de organizar cargamentos de materias primas y recursos terrestres a cambio de retribuciones de distinto tipo. Se había especializado en abastecer a los bionautas, obteniendo importantes cantidades de generadores portátiles.

Pero ¿qué se podía esperar de un ser tan despreciable? Y ahora tenía que trabajar con él. ¡Qué ironía del destino! O más bien, qué jugarreta, porque de todos los rastreadores del sector había tenido que ser él quien se cruzara de nuevo en su camino. ¡Después de lo que le costó deshacerse de su recuerdo!

Maya podía sentir que él estaba disfrutando con aquella situación y que, sin duda, la había anticipado en cuanto descubrió que ella era la especialista en comunicaciones de la resistencia.

De reojo sentía cómo continuaba mirándola, intimidándola aún más. Mientras escuchaba con disgusto al capitán, esperaba que Hugo no estuviera notando su nerviosismo.

No podía pensar con claridad pero comprendía que debía hacer o decir algo para poder salir de aquella situación tan incómoda. Solo estaba segura de que no quería trabajar con él o, más bien, de que no podía.

–Perdone capitán, pero yo no puedo trabajar con este … rastreador. No es de confianza– aseguró Maya.

Oírse decir aquellas palabras casi la sorprendió. Por un momento había sentido como si otra persona las hubiese pronunciado.

Al capitán Gross no le gustó aquella interrupción. Estaba cansado de dar más explicaciones de las necesarias, de ser siempre políticamente correcto y de tener que preocuparse por no herir los sentimientos de sus suboficiales. ¿A dónde había ido a parar la antigua disciplina militar? Antes los sentimientos no contaban en la tropa, solo las órdenes. Pero ahora todo era diferente y cada decisión tenía que ser justificada sin fin, de forma que era cada vez más difícil actuar de manera productiva.

Se estaba haciendo tarde y, si no se daba prisa, no dispondría de luz suficiente para golpear algunas bolas antes de la cena. Lo único a lo que no se sentía dispuesto a renunciar era a sus prácticas de golf, por encima incluso de su labor de liderazgo en la Resistencia.

El capitán enarcó las cejas y procurando que su voz sonara lo menos contrariada posible le preguntó.

–Y…  ¿puedo conocer la razón de su desconfianza, teniente?

Los miró sucesivamente y de inmediato pudo percibir la tensión entre ellos.

 –¡Un momento!– exclamó Gross mientras reunía más papeles entre sus manos–. Ustedes ya se conocían, ¿no es cierto?

–¡Escuchen los dos!– prosiguió mientras introducía con gesto exasperado el montón de hojas en su desgastada cartera negra–. No me importa si son primos lejanos, si le debe dinero o si la dejó plantada en la iglesia el día de la boda. No podemos permitirnos el lujo de elegir con quién trabajamos. Bastante suerte tenemos de que un rastreador quiera ayudarnos y de que, además, sea uno de los más influyentes del sector. Gross le entregó una abultada carpeta roja mientras se dirigía a la puerta.

–Aquí tiene todos los detalles de nuestro, llamémoslo, acuerdo de colaboración con Hugo. Les aconsejo que comiencen a planificar la estrategia de infiltración para que mañana podamos ultimar los detalles con los responsables de Inteligencia y Comandos. Teniente, espero que haga un esfuerzo por dejar a un lado sus prejuicios porque van a pasar bastante tiempo juntos– añadió mientras les lanzaba una última mirada–. ¡Y no me mire con esa cara! Son tiempos duros y el deber nos impide anteponer nuestras preferencias personales al trabajo.

La puerta quedó entreabierta, lo mismo que la boca de Maya que no podía creer las palabras del capitán. Mientras éste se alejaba apresuradamente por el pasillo, una pelota de golf se cayó de uno de sus bolsillos y rodó hacia la pared produciendo un sonido hueco.

Con la carpeta que Gross le había entregado entre las manos, Maya se volvió y empezó a hablar sin mirar a Hugo.

–Me gustaría saber qué has hecho para que el capitán te crea, pero quiero que sepas que yo no me trago esa historia de que quieres ayudarnos– dijo ella mientras comenzaba a hojear el expediente.

Él dejó escapar una risa con cierto tono triunfalista y, entonces, le oyó hablar por primera vez desde hacía años.

–No puedo creer que no te alegres de verme. Yo pensé que no te vería nunca más.

Su voz había sonado más grave de lo que ella la recordaba. Hugo se acercó lentamente sin dejar de mirarla. Estaba tan cerca que podía sentir su aliento en el rostro. Ella levantó la vista y le sostuvo la mirada.

–Estás loco si crees que vamos a trabajar juntos. Sospecho que estás tramando algo y pienso probárselo al capitán. A mí no me puedes engañar– apuntó de la forma más amenazadora que pudo.

Maya confiaba en que su forzado aplomo se hubiera manifestado de una forma convincente, teniendo en cuenta que Hugo estaba a menos de dos palmos. Casi podía sentir el calor de su cuerpo y sus ojos azul acero clavados en los de ella con una actitud entre desafiante y complacida.

La sonrisa de Hugo se dilató y sus ojos le devolvieron una mirada aún más fría y profunda.

–Ya lo hice una vez. ¿Por qué no podría volver a hacerlo?– respondió él con suavidad.

Al oírlo, Maya había dejado casi de respirar. Sentía que la sangre se le agolpaba en la cabeza y que su ira aumentaba a cada latido del corazón. En un nanosegundo se dijo que no podía permitir que la sacara de sus casillas. Hugo sabía muy bien cómo conseguirlo, a pesar del tiempo transcurrido desde su último encuentro.

Él esperaba que lo abofetease, que le gritase, que le reprochase su comportamiento. Casi lo prefería así. Anticipaba una reacción violenta y contundente porque sabía que sus palabras habían supuesto un golpe bajo. Era una sensación extraña. Tenía que admitir que le entretenía atormentarla pero que, por otro lado, no podía apartar sus ojos de ella.

Maya siguió manteniendo la mirada. En un instante se amontonaron en su mente recuerdos dolorosos, imágenes del pasado y un cúmulo de sensaciones antiguas que creía suprimidas desde hacía tiempo. Consiguió volver a respirar y se tomó cierto tiempo para responder.

–No soy la misma. No es tan fácil engañarme ahora. Y tengo que pedirte que te mantengas a distancia. Soy una teniente de la resistencia y aquí debes mostrar el debido respeto a mi cargo. No estás en los bajos fondos.

Intentó que sus palabras sonaran de la manera más indiferente que pudo. Un sudor frío comenzaba a recorrerle la nuca y sentía chispas de electricidad formándose entre ellos.

Hugo retrocedió un par de pasos mientras colocaba las manos detrás de la espalda sin dejar de sonreír. Se sentía  algo decepcionado ante el autocontrol que ella estaba demostrando. La chica que él recordaba lo habría arañado sin cesar de increparle, pero la que tenía enfrente se limitaba a dirigirle una mirada resentida. 

–Perdone, mi teniente– exclamó con sorna–. Se presenta Hugo, rastreador del Sector 8. He llegado a un provechoso acuerdo con el capitán y estoy aquí para asistirle sobre el terreno. Conozco cada tugurio, cada antro del sector y a la mayor parte de los traficantes- añadió dedicándole un saludo militar.

Maya se sintió más cómoda cuando la distancia entre ellos aumentó. Era como si el aire entrara de nuevo sin dificultad en sus pulmones y se alegró de haber dejado de transpirar. Volvió de nuevo la vista hacia el pliego de folios impresos en el papel reciclado de la resistencia. Los datos sobre Hugo se sucedían sin orden. Se notaba que nadie se había tomado el tiempo necesario para organizarlos y dudaba que se hubieran molestado en verificarlos.

Sabía que su trabajo consistía en repasar aquella información con Hugo para preparar la reunión del día siguiente. Estaba segura de que el rastreador les mentía y creía que, con un poco de suerte, podría desenmascararlo y deshacerse de él. La perspectiva no le agradaba en absoluto pero se consoló pensando que tal vez solo tendría que soportar su presencia unas cuantas horas.

Ella conocía parte de los datos que se recogían en aquellas páginas sin saber que se referían a Hugo, pero tenía que admitir que sentía curiosidad por ahondar en sus últimas andanzas. Sin embargo, la sola idea de que algo sobre él le interesara conseguía sacarla de quicio. Maya agitó la cabeza como queriendo disipar aquellos pensamientos.

–¿Puedo sentarme, mi teniente?– preguntó Hugo con voz socarrona. Sin esperar su respuesta, y sin dejar de mirarla, ocupó la silla más cercana. Aquella situación le divertía y tenerla cerca no dejaba de complacerle. A pesar de su proximidad física la sentía muy lejos, como si un gran abismo se extendiera entre ellos. Sabía cuánto le desagradaba su presencia y eso aumentaba su satisfacción. Estaba claro que él no le era indiferente.

Hacía tiempo que nada entretenía a Hugo de aquel modo. Era extraño sentirse así. No recordaba bien aquella sensación que él creía olvidada hacía tiempo. Un torrente de emociones le sobrevino de repente y entonces desvió los ojos hacia el manojo de llaves que sostenía. Por un momento dejó de sonreír y se concentró en leer la marca borrosa del llavero para ganar tiempo. Una vez que obtuvo de nuevo el control de sus emociones, levantó la mirada, buscándola.

Maya se había dejado crecer el cabello que ahora le caía desordenadamente en una cascada castaña por la espalda. Como era de mediana estatura, aquella melena le hacía parecer un poco más baja. Sus ojos marrones parecían haberse oscurecido, pero pensó que seguramente se trataba del efecto producido por la dureza que ella insistía en imprimir a su mirada. Su habitual delgadez se había acentuado para dotar a su semblante de un aspecto mucho más anguloso. Él la recordaba vivaracha, aunque ahora su rostro reflejaba la misma melancolía que se había adueñado de la mayoría de los supervivientes. Lo que no parecía haber cambiado era el magnetismo que desprendía y que él encontraba, como antaño, difícil de resistir.

 –¿Por dónde empezamos?– preguntó él.

Ella dudó unos segundos mientras ordenaba sus ideas. Decidió que debía, al menos por el momento, intentar concentrarse en su trabajo a la espera de que se revelase algún error para poner sobre aviso al capitán.

Finalmente se sentó en la segunda silla del cuarto, directamente frente a él. Solo la mesa los separaba y sobre ella colocó el expediente.

–Así que rastreador… ¡qué otra cosa se podía esperar de ti!– exclamó como si pensara en voz alta.

Hugo ni siquiera se inmutó.

-Renovarse o morir, mi teniente. Y ya que los Males no acabaron conmigo, pensé que lo más ventajoso sería aprovecharse de esta situación para hacer negocio.

Maya se había olvidado por unos momentos de los bionautas después del torbellino de emociones que había vivido desde que el capitán Gross la citara en aquella sala y se encontrara cara a cara con Hugo.

Los bionautas era el nombre que se daban a sí mismos los seres humanos que habían desembarcado hacía un par de años en la Tierra. Su llegada había supuesto la aparición de nuevos gérmenes que habían propiciado el desarrollo de enfermedades contra las que los humanos terrestres no poseían defensa alguna.

En cuestión de meses casi la totalidad de la población mundial había desaparecido por un grupo de dolencias, conocidas popularmente como los Males a falta de un nombre más concreto. Nadie sabía con exactitud de cuántas enfermedades nuevas se trataba, por qué afectaban a algunos y perdonaban a otros, ni siquiera si había alguna nueva que aún no se había manifestado.

Tampoco se disponía de cifras oficiales sobre el número de supervivientes. Solo en aquella parte del continente, conocida como el Sector 8, sumaban varias decenas de miles aunque existían fuertes indicios de que se habían formado grupos nómadas en el norte. Si se añadían los rudimentarios censos realizados en los sectores con los que se había podido establecer contacto, la cantidad ascendía a casi medio millón de personas en todo el planeta, descontando los grupos errantes.

Lo que sí se sabía es que los bios, como todo el mundo los llamaba habitualmente, nunca se habían demostrado agresivos contra los habitantes de la Tierra. Tampoco habían compartido sus avanzados conocimientos tecnológicos, ni siquiera para procurar vacunas o remedios que hubieran podido salvar millones de vidas.

Maya frunció el ceño pensando en la enorme cantidad de cadáveres que había visto durante las semanas posteriores a la llegada de los bionautas y su evidente pasividad ante los acontecimientos.

Hugo pensó que aquel gesto le estaba destinado. Seguramente Maya desaprobaba sus ocupaciones empresariales, pero eso era algo con lo que ya contaba. Le encantaba ponerla nerviosa y sentir como sus palabras le hacían montar en cólera.

Con un suspiro Maya desvió su mirada de los documentos y la fijó de nuevo en la de Hugo. Siempre había sido un tipo con mucha sangre fría y no le extrañó que navegase tan cómodamente por aquella situación.

–Ya nos conocemos, así no que trates de sacarme de mis casillas. Y, por cierto, no soy «tu teniente». «Teniente» a secas es lo correcto. Tampoco me interesan las razones por las que te dedicas a trabajar para el enemigo. Y aunque sigo sin creerme que quieras ayudarnos, no voy a desperdiciar esta oportunidad para obtener información sobre el sistema de suministro de los bios– declaró Maya en tono firme.

Él siguió sonriendo.

–Lo que usted diga, teniente. Soy todo suyo.

Maya empezaba a impacientarse. Cogió el bolígrafo del bolsillo superior de su ajada chaqueta y comenzó a escribir en los márgenes de las hojas impresas.

–¿Cuánto tiempo llevas trabajando para ellos?– preguntó sin rodeos.

–Prácticamente desde que llegaron, hará un par de años. Sé sacar tajada cuando se presenta una oportunidad, teniente– replicó Hugo–. A usted parece que, a juzgar por la ropa, no le ha ido demasiado bien.

Maya saltó en su silla.

–No estamos aquí para hablar de mí y además creo que tú deberías ser la última persona en pronunciarte sobre mi situación personal. Sé de sobra que solo te preocupa tu propio pellejo. Únicamente tú podrías pensar en aprovecharte de un momento tan dramático como el que vivimos.

En cuanto terminó de hablar sabía que había caído de nuevo en un perverso juego que únicamente buscaba enojarla. Apretó los puños y lo miró con descaro. Por primera vez se fijó en que él llevaba ropa nueva, a diferencia de las prendas usadas que la mayoría de supervivientes solía utilizar.

Hugo ni se inmutó.

–Si me vas a tutear, lo justo es que yo también te tutee, ¿no?

–Como quieras, pero guárdate tus comentarios sobre mi guardarropa. Deja de hacerme perder el tiempo. Esto es serio, por lo menos para mí– Maya no podía creer que se hubiera lanzado a atacarlo con aquella sarta de frases sacadas de la propaganda de la resistencia.

Inspiró profundamente y, tomando aire, bajó los ojos.

–Exactamente ¿en qué zonas del sector desarrollas tus actividades?–. Mientras hablaba no dejaba de tomar notas, como para demostrarse a sí misma que estaba totalmente dedicada a preparar la dichosa reunión del día siguiente.

–Después de todo, parece que la suerte ha empezado a sonreírte, teniente. Me muevo por todo el sector. ¿Quieres que te haga una lista de los traficantes que trabajan conmigo?- la irónica respuesta hizo que Maya fijara nuevamente sus ojos en los de Hugo.

–¿Por qué quieres ayudarnos?– ahora ella había dejado de escribir.

Él no le quitaba los ojos de encima pero, en vez de contestarle se tomó cierto tiempo para pensar. Dejando de sonreír, se dedicó a clavarle durante unos segundos su infinita mirada azul.

–¿Por qué crees tú?– pronunció aquellas palabras acercando sus manos a las de ella sobre la mesa.

Hugo saboreaba la situación. Sabía que la posibilidad de cualquier contacto físico entre ambos conseguiría enojarla en extremo. Y eso le gustaba.

Maya estaba paralizada. No contaba con aquel gesto. Casi de forma automática, retiró sus manos para que las de Hugo no las tocaran. Las entrelazó en su regazo y siguió mirándolo con una mezcla de incredulidad, furia y desprecio.

Era muy propio de él jugar con los sentimientos de los demás, pero ella no dejaba de sorprenderse de su frialdad. Era como si el desastre planetario en el que estaban sumergidos no le hubiera afectado. Parecía que no le importaba la situación de la Tierra. Maya sabía que Hugo había perdido a su familia y amigos. Como le había ocurrido a ella misma. Como le había sucedido a todos los supervivientes. Era prácticamente un milagro que ambos estuvieran vivos. Sin embargo, él seguía desplegando su egoísmo sin ningún tipo de escrúpulo.

Después del brusco gesto de Maya, Hugo volvió a sonreír.

–Ni idea. De ti, se puede esperar cualquier cosa- contestó ella sin desviar la mirada.

Hugo sabía que cuanto más dilatara aquella conversación, más tiempo tendría para controlarla. De esta manera, le sería fácil acabar con los nervios de Maya.

–Vamos, no me decepciones. ¡Seguro que tienes alguna teoría!

Ella no dudó en responder.

–No creo que te hayas levantado hoy convencido de que nuestra causa es justa. Si estás aquí es porque has hecho un trato con el capitán Gross y debe ser bastante jugoso porque, de otro modo, ni te habrías molestado. Tú nunca has hecho nada desinteresadamente. Hasta creo que podrías ser un agente doble y que, en realidad, estás pasando a los bios información sobre la resistencia. Es más tu estilo.

Las manos de Hugo jugueteaban con su llavero.

–¿No te han dicho nunca que tienes una gran imaginación? Debes aburrirte mucho en este agujero.

En ese momento alguien golpeó suavemente la puerta, y una cabeza de rizos rubios y despeinados se deslizó entre la hoja y el umbral.

–¿Podemos hablar un segundo? ¡Hola, Hugo!– exclamó Alex.

Hugo le devolvió el saludo con desgana.

–¡Hola, tío!

Maya no podía dar crédito.

–¿Lo conoces?– preguntó en voz baja a Alex tras levantarse y acercarse a la puerta.

La cara de su compañero mostraba una expresión entre sorprendida y paternalista.

 –Y quién no lo conoce. No hay mercancía que no se mueva en este sector sin que él se lleve una comisión. Te he dicho mil veces que te leas la letra pequeña de los informes, que es donde hay más sustancia. Así, estarías más enterada. No me explico que no lo hayas visto por el centro. Es muy popular.

Como era normal Alex estaba al corriente de todo lo que ocurría en el centro del Sector 8. Maya nunca había conocido a nadie más cotilla ni más entregado a la causa de la resistencia. Ella suponía que era por eso por lo que estaba a cargo del departamento de inteligencia.

-Necesito saber qué te ha contado. Estoy tras la pista de un cargamento de cereales que teníamos que haber interceptado hace días, pero parece que se lo ha tragado la tierra- declaró su compañero mientras la empujaba fuera del cuarto dejando a Hugo solo en el cuarto.

–¡Ya! ¡O sea que aún no ha soltado prenda! Pues ponte las pilas y dale caña, que los de la Junta están bastante impacientes. Quieren ver algún resultado pronto, ya sabes, algo vistoso. Bueno… ya me contarás luego. ¡Nos vemos!– apremió Alex ante la mirada exasperada de Maya.

Cuando entró de nuevo en la oficina, se sorprendió de ver a Hugo fumando.

–No sabía que aún quedaran cigarrillos. Hace meses que no veo a nadie fumando. ¿Cómo los has conseguido?– preguntó Maya con desdén mientras se sentaba.

–Uno encuentra de todo si sabe dónde buscarlo–. Hugo no pudo resistir la tentación de exhalar el humo directamente frente ella.

Maya ni siquiera se inmutó. Había llegado a la conclusión de que no obtendría ningún  resultado productivo de aquel encuentro que, además, se le estaba haciendo eterno.

–Aquí no está permitido fumar.

Hugo continuó fumando. Tras una honda calada, Maya lo vio negar con la cabeza.

–Eso es imposible– replicó él expulsando de nuevo el humo violentamente–.  Tú  mismo  has  dicho  que nadie fuma ya…  ¿cómo voy a creer que esta prohibido consumir algo de lo que se carece? Si es cierto lo que dices, muéstrame el reglamento.

Maya se sintió atrapada entre el humo y la lógica aplastante de la situación. Realmente no veía el momento de salir de allí y perderlo de vista.

–Mira … estás aquí para pasarnos información así que te agradecería que colaborases. ¿Qué puedes decirme de la próxima partida de cereales que han pedido los Bionautas?– demandó con impaciencia.

Él apagó el pitillo y tiró la colilla al suelo.

–Puedo decirte que estoy seguro que los Bios van a darse un atracón de pan y bollos. Lo siento pero ese cargamento ya ha sido enviado. Me temo que ya no podéis interceptarlo- dijo levantándose.

 Maya lo imitó y cerró la carpeta de un violento manotazo.

–¿Y no será que se trata de uno de tus negocios y no quieres que peligre tu comisión? Según nuestras noticias, ni siquiera ha sido procesado.

Hugo se dirigió hacia la única ventana de la habitación. Mientras se tomaba varios segundos en contestar, contempló tras los barrotes las decenas de bicicletas aparcadas en el callejón.

–Estáis equivocados. Para tu información el trigo se procesó en el Sector 2 y la cebada en el Sector 3. De eso hace ya un par de días. Los derivados ya están a bordo de un trasbordador. Esta vez, no podéis hacer nada.

Cuando se volvió, ella tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia  la  derecha  y  la  vista  perdida,  como  le  ocurría siempre que trataba de concentrarse en algo concreto. Hugo no pudo dejar de emitir una risa callada al reconocer uno de los gestos que más recordaba en ella.

–Pero los Bios siempre procesan los productos en el mismo sector en el que los recolectan– la oyó decir.

Maya había enfocado de nuevo su mirada sobre él y ahora mordisqueaba un extremo del bolígrafo. Tenía que admitir que aquella conversación empezaba a interesarle más de lo que hubiera estado dispuesta a admitir en un primer momento.

Hugo apoyó su espalda contra el marco de la ventana. Su silueta alta y desgarbada se perfilaba a contraluz y ella tuvo que inclinar la cabeza para poder mirarlo sin entornar los ojos.

Él no tardó en contestar.

–Se están cansando de vuestros continuos sabotajes, así que han empezado a transportar los productos alimenticios a otros sectores para procesarlos allí y evitar más perdidas. Está previsto que pronto hagan lo mismo con el resto de sus suministros.

–¿Cómo piensas infiltrarnos en tu organización para llegar hasta ellos?

La luz que penetraba por la raquítica ventana empezaba a desaparecer y, súbitamente, la única bombilla que pendía del techo se encendió. Ambos miraron al mismo tiempo la luz artificial, anaranjada y débil, que desprendía.

–Si no estoy equivocado, tu especialidad son los idiomas. Con la afluencia al sector de gentes de todo el continente, no me vendría mal contar con una intérprete. La verdad es que a la mayoría de los traficantes no hay quien los entienda y tardo horas en cerrar cada negocio. Nadie sospechará que te he contratado para que me asistas como traductora- ahora Hugo hablaba en voz baja, casi como en un susurro.

Maya tenía que reconocer que aquellos argumentos sonaban convincentes. No sabía con qué clase de calaña se relacionaba Hugo, pero suponía que debían ser traficantes procedentes del norte y este. Tras haber viajando por aquellas regiones durante sus años de formación, ella se había familiarizado con las lenguas que allí se hablaban y estaba segura de que no le sería difícil entenderlos.

Irónicamente había sido su ruptura con Hugo lo que la había animado a viajar para conocer otros países y aprender nuevos idiomas. Y había sido precisamente aquella circunstancia la que hoy les reunía para trabajar juntos.

Con gesto impaciente, Maya se apartó un mechón de cabello rebelde que le bloqueaba la vista. Sus miradas se encontraron de nuevo.

–Aún no me has dicho qué ganas tú con todo esto.

Él seguía con la espalda apoyada contra la ventana. La oscuridad que ya se advertía en el callejón se confundía con su camisa, sus vaqueros y sus cabellos negros, desdibujando el contorno de su figura. Lo único que se destacaba a la tenue luz de la bombilla era su tez clara y la absoluta frialdad de su mirada azulada.

–Si yo os ayudo es para que hagáis la vista gorda sobre ciertas entregas que necesito que se efectúen sin problemas. ¿Por qué otra cosa lo haría?– la voz de Hugo se había convertido en un susurro.

El silencio se instaló entre ellos. Era extraño pero le tranquilizaba constatar que Hugo seguía siendo un canalla. Al fin y al cabo ciertas cosas no habían cambiado, a pesar de las desgracias que se habían abatido sobre el planeta. Aquel razonamiento absurdo le devolvió la confianza en sí misma y, por un momento, dejó de sentirse intimidada por la presencia de Hugo.

–Bueno pues …, si eso es todo, creo que podemos dar por terminada esta reunión. Te esperamos mañana a primera hora para concretar los detalles de la operación– Maya se volvió, abrió la puerta y le indicó con la carpeta el camino que le llevaría a la salida.

Hugo se le acercó con las manos en los bolsillos. Una vez en la puerta se paró y se quedó mirándola durante varios segundos, como si esperase que ella añadiera algo.

Ante el silencio de Maya, a él se le escapó una leve risa.

–Solo quería que supieras que el papel de ‘ex’ despechada te sienta de maravilla. ¡Hasta mañana!– exclamó el rastreador en voz baja, casi imperceptible.

Furiosa y contrariada lo vio alejarse por el pasillo con las manos en los bolsillos y el gesto impertinente. Maya sintió un pinchazo agudo en el centro del pecho y un nudo en el estómago. En ese momento, tuvo la certeza de que su vida acaba de dar un giro insospechado. Solo consiguió ahogar a medias un suspiro.

Revistas de literatura de ciencia ficción, fantasía y terror en España

Más ficción que ciencia

La ciencia ficción, tal y como la conocemos hoy en día, surgió gracias a las revistas de papel barato, las pulp, que comenzaron a publicarse en EE.UU a principios del pasado siglo. Eran publicaciones que aglutinaban en un primer momento artículos divulgativos y ficción, y fueron los lectores quienes hicieron que la balanza se decantara del lado de las historias. Debido a la propia naturaleza de las revistas, se trataba de narrativa breve o, en todo caso, de novelas seriadas. R

La ciencia ficción no se entiende,
por tanto, sin los relatos, ya que ha estado ligada a ellos desde su
concepción. Muchos de ellos han servido como germen de novelas e incluso de
sagas y han actuado como elemento dinamizador para que los autores se dieran a
conocer. Además históricamente el cuento siempre ha estado vinculado al pueblo,
dentro de la tradición cultural universal, al tratarse de la…

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