Del Naranja al Azul

Me complace anunciar la publicación de la reedición de la novela Del Naranja al Azul a través de las siguientes plataformas:

Lektu

Amazon

A continuación, aquí podéis leer la sinopsis de esta historia juvenil de supervivencia:

Son seres humanos como nosotros.

Nadie sabe de dónde proceden pero su llegada desencadena la mayor catástrofe demográfica jamás ocurrida.

¿Quiénes son los bionautas?

¿Por qué han elegido colonizar la Tierra?

Si eres uno de los supervivientes, quizás te hayas hecho estas preguntas.

Si eres un bionauta, lo único que te importa es sobrevivir

En Del Naranja al Azul podrás conocer a Maya, Hugo y Elio, que se encuentran contra toda probabilidad e inician una historia repleta de aventuras, traición y terror.

¿Estás preparado/a/e para descubrir el futuro que nos espera?

Recuerda que los bionautas han llegado para quedarse…

Echando la vista atrás: producción nominable a los #Ignotus2020

En estos momentos de incertidumbre y desasosiego nos merecemos cosas que celebrar, como la fiesta del fandom español y de sus premios, los Ignotus, organizados por la AEFCFT. Como son muchas las obras susceptibles a ser nominadas, es costumbre recordar a la audiencia aquellas a las que cada cual ha contribuido para que quienes votan puedan elegir con conocimiento de causa. Es algo que hacen los autores y autoras de otros países y que se está convirtiendo en un ritual durante el mes de nominaciones.

En 2019 tuve el placer de participar en la antología MONTRUOSAS de Tinta Púrpura con «Lamia», un relato de terror locutado maravillosamente por Noviembre Nocturno. Lo podéis escuchar aquí, que podéis nominar como MEJOR RELATO, y tenéis disponible la antología (que es nominal como tal) en la web de la editorial.

No puedo dejar de mencionar BUSCANDO A JAKE Y OTROS RELATOS de China Miéville de La máquina que hace Ping que puede nominarse como MEJOR ANTOLOGÍA y cuyos cuentos también son nominables a MEJOR CUENTO TRADUCIDO. Los podéis encontrar aquí. Mi prólogo para esta obra también nominable como MEJOR ARTÍCULO.

INSÓLITAS de Páginas de Espuma es otra antología que puede proponerse en la categoría de MEJOR ANTOLOGÍA y la podéis encontrar aquí.

También tuve la suerte de que contarán conmigo en la revista TANTRUM #6 y publicaran mi relato «Abrir en caso de Apocalipsis». Lo podéis encontrar en papel aquíl y en digital aquí y no olvidéis que es también nominable como MEJOR REVISTA.

En el apartado de MEJOR OBRA DE ENSAYO, no puedo dejar de destacar la antología INFILTRADAS de Palabaristas y que está disponible a través de Lektu. En esta obra hay muchos textos que pueden nominarse como ensayos.

En este mismo apartado de MEJOR OBRA DE ENSAYO entraría la antología CIBERFEMINISMO: de VNS MATRIX A LABORIA CUBONIKS de la editorial Holobionte y en la que trabajé traduciendo algunos de los textos que incluye.

También podéis nominar como MEJOR REVISTA a SUPERSONIC que cuenta con un gran número de contenidos también nominables como MEJOR RELATO, MEJOR RELATO TRADUCIDO, MEJOR ARTÍCULO y MEJOR ILUSTRACIÓN. Podéis encontrar una lista muy completa en la web de la revista y adquirir los números #13, #14 y #15 en Lektu.

Y hasta aquí la lista de contenidos que publiqué el año pasado. Espero que os sirva para guiar vuestras votaciones, pero sobre todo espero que, votéis a quién votéis, sigáis apoyando la literatura de ciencia ficción, fantasía y terror en nuestro país.

Papel

por Cristina Jurado

—Como ya le he dicho, Fernández, Papelería Viuda de Ripollés e Hijos, es algo más que un negocio. Usted se va a convertir en miembro de una comunidad que siente devoción por el trabajo bien hecho.

Don Justo se acaricia la papada que, al hablar, enrojecía. Fernández asentía complacido. El discurso de su recién estrenado jefe le conmovía y se supo feliz con la certeza de que otros tomarían las decisiones por él.

—El insigne veneciano trajo consigo el preciado descubrimiento desde Oriente, haciendo posible que la civilización…

Aquella deforme garganta roja se hinchaba de entusiasmo mientras la saliva emitida a intervalos regulares regaba al empleado. Fernández gozaba con aquel bautismo iniciador.

—Por ello, Fernández, deberá admirar profundamente el noble bien que nos sustenta: el papel. ¡Qué digo admirar! ¡Reverenciar! Un aprecio espiritual que con el tiempo se convertirá en una relación casi física, ¡créame!

El empleado siguió a Don Justo desde la luz y el bullicio de la tienda y las oficinas hasta las sombras del almacén. Como el aceite estaba racionado, los candiles solo se utilizaban para atender al público y en invierno, cuando faltaba la luz. El almacén y las oficinas, a excepción del despacho de don Justo, estaban siempre en penumbra.

Los uniformes de los que allí trabajaban le recordaban a un ejercito doméstico de topos en la oscuridad. Fernández seguía como hechizado el cuello del que ya consideraba como su amo.

—Le aseguro que pronto se sentirá impregnado de nuestro surtido y, puedo decir no sin orgullo, que se trata del más amplio de la región —.Don Justo acarició los pliegos de una estantería con la papada palpitante y las manos temblorosas—. Pero… ¡tóquelo, hombre! ¡Sienta la suavidad de este magnifico papel couché!

Fernández le imitó percibiendo su tacto agradable. De esta manera avanzaron ambos entre los armarios rebosantes de cuartillas y las cajas llenas de rollos de diferente textura y tamaño. Tras manosear varias veces el papel de embalar, el dueño se detuvo delante de varios cajones. Su subordinado ahogaba gritos de júbilo ahora que podía compartir aquellos minutos con su superior.

—Éste es mi preferido, Fernández. ¡El papel de estaño! Observe qué calidad, qué brillo. ¿No le parece extraordinario? Pero ¡acérquese y cójalo! ¡Vamos! ¡Sienta su frescura y su olor! ¡Pruébelo!

Fernández lamía aquellas hojas plateadas mientras Don Justo le acercaba nuevos pliegos. Un nuevo sentimiento de dicha le invadió. Por primera vez experimentaba el áspero gozo de quien se sabe insignificante pero privilegiado.

—¡Saboréelo! ¡No se resista! Aquí tiene el papel esmerilado. ¡Así! Y este papel de Armenia también. ¡Lama, lama!”

Los dos pasaban la lengua sobre las hojas con evidente placer. Y, así, recorrieron todos los pasillos chupando, mordisqueando y manoseando el papel vegetal, el amargo papel de carbón, el de fieltro, el papel de estraza, el cartón cuero, el papel pautado y el cuadriculado. Lloraron cuando le tocó el turno al papel de lija, pero se repusieron inmediatamente con el engomado. Se tragaron el papel higiénico y el de Biblia y terminaron con los rollos de periódico. 

Con la respiración entrecortada Don Justa se despidió. 

—Y recuerde, Fernández, que hay pocos placeres tan sublimes como sentirse satisfecho por la labor bien realizada. Después de esta visita guiada, usted ya conoce todas nuestras mercancías. Le animo a repetir esta experiencia cuando sienta decaer el ánimo.

La sombra rechoncha del dueño ocultaba la humilde luz de los candiles. Se alejó caminando trabajosamente dejando a su empleado en plena crisis nerviosa intentando recuperar las hojas desordenadas. Los papeles volaban en remolinos.

La garganta hinchada de Don Justo se volvió una vez más desde el final del corredor. 

—Por cierto, Fernández. No olvide que la cuantía de los pliegos desperdiciados hoy se le descontará de su primer sueldo.

Banda Sonora de «Bionautas»

Una de las fuentes de inspiración más comunes a la hora de escribir historias es, sin duda, la música. Yo misma no soy una excepción. Mis gustos musicales son muy heterogéneos, fruto de las culturas con las que convivo, de los muchos viajes que he realizado, de los diferentes continentes en los que he vivido: Europa, América del Norte y Asia. La banda sonora de Bionautas (Editorial Cerbero) refleja esa mezcla de influencias y se centra en la figura de las criaturas desubicadas, fuera de contexto, a medio camino entre nosotros y los otros, seres intermedios e intermediarios, puentes entre etnias, culturas y especies. Bionautas (también disponible en Lektu) es una novela extraña porque el personaje principal, May/Erden/Lily/Zoe, no es la protagonista, pero es alrededor de ella que la narración se desarrolla. En las canciones siguientes podéis haceros una idea acústica del personaje, al que se hace referencia constantemente, pero del que, en realidad, se sabe muy poco.

Sevdaliza: Human

Bishop Briggs – The Way I Do 

Sama’ DJ Set | Boiler Room Palestine

The Dø: Keep your lips sealed 

Janelle Monae: Dirty computer

Jain: Alright 

Lorn: Anvil

Tash Sultana: Jungle

Lorde: Tennis court

Peggy Gou: It Makes You Forget (Itgehane)’

Hambre

Este cuento apareció publicado por primera vez en la Revista SuperSonic #1, dentro de la iniciativa «Desahucio en Marte» en la que participaron Santiago Eximeno, Ricardo Montesinos, Juanfran Jiménez y una servidora. Ahora podréis encontrarlo en breve en la antología Distópicas (y su melliza, Posthumanas), ambas seleccionadas por Lola Robles y Teresa López-Pellisa en la editorial Eolas.

Ilustración de Marina Vidal @marimbavidal

Alabama había ido a morir a Marte. Alguna vez, imaginando cómo serían sus instantes finales, se veía flotando en la tranquilidad artificial que las drogas le proporcionarían. No habría dolor, estaría relativamente cómodo en su cabina, quizás ya sin movilidad, y tendría la conciencia tranquila al saber que su familia estaba disfrutando de una situación desahogada. Los visualizaría en Orbis, la isla flotante patrocinada por la Entente Euro Rusa, con vivienda propia y sin estar sujetos al racionamiento forzoso para la mayoría de la población de la Tierra continental.

Recordó que tenía hambre. No se trataba de ganas de comer o necesidad de llevarse algo a la boca por sentir cierta debilidad. Era un apetito desmesurado, infinito, una sensación primaria que lo hacía aferrarse a la vida de cualquier manera, y que le había hecho llegar a reconocer cada milímetro de las paredes de su estómago. 

La ventana, estrecha y larga, que recorría el muro izquierdo de la sala común mostraba el arenal de la pradera marciana. Las formaciones rocosas encarnadas que les habían dado la bienvenida durante el amartizaje seguían en sus mismas posiciones, acechando desde la distancia, espectadoras del proceso de deterioro de la tripulación desde el otro lado de los cristales.

Mirar por la ventana era como asomarse a sus propias vísceras rojizas y yermas. El desierto estaba dentro de él, y sus entrañas no eran sino un páramo descolorido de materia orgánica en descomposición que le producía mal aliento y constantes espasmos abdominales.

El panel LCD de recreo mostraba un musical, un género que ya no estaba de moda pero que entusiasmaba a Alabama y lo único que conseguía calmar su hambruna. Además, le divertía ver sobreactuar a los actores cuando empezaban sus canciones en medio de la trama. A Tenerife no le gustaban y, cada vez que los programaba, se pasaba un buen rato burlándose de él. Ella prefería los documentales sobre la historia antigua de la Tierra, que solo conseguían aburrir a Alabama. 

Se dirigió hacia la minúscula cocina de la sala común y llenó un par de cuencos con la sopa que esperaba entre trozos de carne en una pequeña cazuela de acero inoxidable. Los puso encima de la bandeja quirúrgica que había tomado prestada del laboratorio y añadió un vaso medio lleno de agua, canturreando la canción del número principal del musical. 

Entró en la cabina de Tenerife y la vio tumbada sobre su litera, con la espalda contra el cabecero, estudiando el techo corrugado.

—¡Hora de almorzar!

Ella negó con la cabeza.

—No seas cabezota. Tienes que comer.

La voz de ella era un susurro enfermizo que no entendió. Él se sentó junto a ella con la bandeja sobre las rodillas, tomó uno de los cuencos y empezó a sorber la sopa. 

Tenerife se llamaba Ana, pero en la misión todos se conocían por la ciudad que los había visto nacer, aunque Alabama nunca había revelado su verdadero nombre y nadie había conseguido descubrirlo en los archivos del viaje. Cracovia presumía de haber iniciado la tradición, pero ninguno de ellos lo recordaba, a pesar de que insistía en que le reconocieran aquel honor. 

Cracovia “Crack” era ingeniero de algo, como la práctica totalidad de los miembros de la tripulación. También lo eran Tenerife, Alabama, Vorónezh, Caen y Upsala, pero Cracovia era además el jefe de la expedición, como a él le gustaba apuntar. Triste gloria, solía pensar Alabama. 

—La cámara frigorífica no ha vuelto a dar problemas desde que reparé la fuga de gas. Creo que aguantará. 

Ella permanecía con la mirada perdida en lo alto. Llevaba varios días en aquel estado de somnolencia, abandonada a los delirios de una mente que ya no se encontraba en Marte, sino reparando paneles solares en una colonia con forma de criatura alada.

Él terminó y arrimó el otro cuenco a la mujer, que apartó la cara. Insistió e inclinó el recipiente ligeramente a la altura de los labios para que el líquido entrase en la boca.

—No tienes que comer los tropezones, pero necesitas beber el caldo para mantenerte fuerte. Has pedido mucho peso. 

Las lágrimas resbalaron por las mejillas de Tenerife y cayeron en el mismo cuenco. 

Alabama pensó que aquello era un desperdicio. Cazó con los dedos los tropezones que flotaban a la deriva y los engulló. Mientras masticaba recorrió el cuerpo de la mujer. Sus ojos viajaron por la curva de los glúteos en busca de las últimas reservas de grasa. Se entretuvo en las arrugas del pantalón de deporte, fantaseando que hubiera piel y músculo detrás y no solo un frunce traicionero de la tela. Había perdido la esperanza de rescatar las lorzas de la cintura. Las había saboreado en sueños cientos de veces, acompañadas de una pizca de sal que Leverkusen había logrado sintetizar en el laboratorio.

—Alabama no es una ciudad de Euro Rusia—, le había dicho ella cuando los presentaron en la base de entrenamiento de la misión. 

—Nací en el “USS Alabama”.

Por aquel entonces, antes de emprender el viaje, la canaria no tenía aspecto de estar muriéndose. Su piel aún mostraba el lustre de un bronceado reciente y el síndrome se mantenía casi invisible. 

—¿Un portaaviones norteamericano?

—Era un montón de chatarra que los de la Entente compraron en el mercado negro. Nunca alcanzaba la velocidad de crucero oficial— contestó él tendiéndole la mano—. Por eso no llegamos a tiempo a Orbis y mi madre parió a bordo. 

La mano paliducha de Alabama contrastaba con el color canela de la de ella. Esa misma noche durmieron juntos por primera vez, faltándoles el tiempo para darse placer. Tenerife no era guapa, ni siquiera atractiva. Tampoco podía decirse que fuera excesivamente simpática o inteligente. No llamaba la atención por ningún aspecto de su físico o de su personalidad, pero a él le volvía loco. Desde el instante que la conoció, no volvió a acordarse de su mujer y las imágenes de su hijos se le presentaban en sueños disociadas de las de su madre. Los sentimientos, al fin y al cabo, no eran más que el resultado perceptible de una reacción química a nivel molecular.

A la canaria le habían detectado el síndrome en el Consulado Chino, cuando intentaba obtener un visado para llegar a Lóng, la colonia flotante china más próspera de la Tierra. 

Era una dolencia rara que afectaba únicamente a quienes habían seguido el programa masivo de entrenamiento espacial, diseñado para preparar a los habitantes de las futuras colonias. Se desconocía su origen, aunque las investigaciones preliminares apuntaban a una mutación genética que, en las condiciones de gravedad artificial de las instalaciones espaciales de entrenamiento, desencadenaba una cascada fisiológica que producía la degeneración acelerada del organismo. La esperanza de vida era de dos años terrestres desde la aparición de los primeros síntomas. La lotería de la muerte, la llamaban.

Upsala le había contado, en su tosco ruso, que se había hecho hipnotizar para poder sobrellevar la noticia. Tenerife nunca se creyó a la sueca, aunque Alabama sospechaba que simplemente sentía celos. Upsala era alta, rubia y tenía aspecto de poder correr triatlones todos los días. Había sido la primera en morir y, desde su desaparición, el carácter de Tenerife se volvió agrio y distante con la mayoría, aunque seguía accediendo a acostarse con él.

Continúa en «Hambre», SuperSonic #1, disponible en Lektu o en Amazon