La segunda muerte del padre

(Inicio del cuento incluído en la antología Cuentos desde el Otro Lado, editado por Concepción Perea para Ediciones Nevsky y que se puede adquirir en La Casa del Libro, Cyberdark y Amazon)

 

por Cristina Jurado

 

“Las lágrimas más amargas que se derramarán sobre nuestra tumba serán las de las palabras no dichas y las de las obras inacabadas.”

Harriet Beecher Stowe

 

La criatura apareció cuando murió su padre y ella se quedó huérfana por segunda vez. En realidad, él había muerto muchas veces antes, cada vez que desaparecía. No recordaba cuántas. Su memoria era un contable falible, llevaba las cuentas como quería, y tenía tendencia a redondear por lo alto cuando se trataba de ausencias.

9788494455568El día antes de su muerte, viajó miles de kilómetros para verlo sin saber cómo iba a hallarlo. Se encontró con él aquella mañana, cuando llegó a una casa que no era la suya, sino la de su padre. No lo reconoció. Se parecía, pero nada tenía que ver con él. Era la misma cara, el mismo cabello rizado, el mismo lunar en la mejilla, los mismos labios carnosos. Pero ahora el pómulo estaba hundido, el pelo casi desaparecido, la piel amarillenta, consumida por el cáncer y la quimioterapia.

Él se alegró de verla. Al menos, eso dijo, y luego se hundió en el sopor de la morfina. Ya no volvió a hablar voluntariamente. Contestaba en monosílabos si se le preguntaba, emitiéndolos en forma de susurro, pero sus palabras se fueron haciendo cada vez más difíciles de entender.

Su respiración era una tortura, tanto para él como para quien lo escuchaba. Le costaba un esfuerzo inhumano atrapar el aire y hacerlo llegar a sus pulmones. El ruido que hacía era insoportable. Ella nunca había oído estertores pre-morten hasta entonces: desconocía la existencia de aquellos gruñidos profundos que maltrataban la garganta porque la obligaban a producir sonidos más animales que humanos.

 

Escucharle respirar era casi como respirar con él. Habían traído una bombona de oxígeno para ayudarle a ventilar, pero cada esfuerzo era un combate que se ganaba segundos después, cuando llegaba la espiración, que era una burla dolorosa a la enfermedad más que un premio.

Le tocó, junto a la mujer de su padre que no era su madre, hacer de enfermera, suministrándole los fármacos que lo aliviaban. Esas eran las instrucciones de los médicos de cuidados paliativos, pero siempre que ella le preguntaba si le dolía algo, él negaba con una mueca. Estaba muy agitado, removiéndose en la cama, cambiando de postura a cada momento, como si quisiera evitar permanecer mucho rato en la misma posición por temor a que la inactividad atrajera a la muerte.

La noche lo aterrorizaba. Tenía problemas para conciliar el sueño desde que empeorara su estado de salud y, a pesar de los somníferos, no paraba de sentarse en la cama o de hablar. Solo dormía a ratos durante el día, cuando la luz inundaba la habitación, y luchaba contra el sueño cuando el sol se ocultaba porque temía no despertarse más. Entonces se estremecía de una manera incontrolable, los brazos trepidando a lo largo del cuerpo, la cabeza temblando, débiles lamentos escapándose de su boca, perseguido por pesadillas atroces, para despertar después con los ojos desorbitados, el terror asomando a las pupilas dilatadas y la respiración atascada.

Murió durante la noche, poco antes de las doce. La oscuridad que tanto temía lo engulló y su pecho dejó de levantarse. Tenía los ojos en blanco, apuntando al techo, pero ya no veían nada. Ella tomó su mano y no le encontró el pulso. Su hermano se despidió y le deseó que marchara tranquilo. Alguien le cerró los ojos y ella se quedó allí sentada, con la mano de su padre entre las suyas, buscando las pulsaciones que sabía no iba a encontrar.

Todo el mundo empezó a llorar. Ella también, pero sus lágrimas no eran de pena sino de rabia. Él era solo un visitante ocasional en su vida y se dio cuenta de que aquella muerte se había producido para ella muchos años atrás. Le parecía injusto, y si buscaba el pulso sin esperanza de hallarlo, era porque en el fondo quería encontrar algo.Se sentía muy niña de nuevo, ansiando el calor del padre, como aquella vez que, viendo una película de terror de noche, buscó su abrazo. Él se rió y le contó el secreto que haría que nunca más se asustase: todo era mentira, la sangre, las lágrimas, los muertos. Ella tenía siete u ocho años, y nunca más volvió a temer aquellos largometrajes. Pero aquello no era película, y él no era un actor de cine que acabara de rodar una escena. Aquella era una muerte, sin cámaras filmando, ni equipos detrás contemplando la escena, ni nadie diciendo “¡corten!” para que el silencio se rompiera. Y ella no era una actriz. Pero el que estaba allí tendido había sido su padre y solo se oían sollozos, quizás los suyos propios.

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Se quedó con la mano del padre, que ya no lo era, entre las suyas. No quería dejarlo solo porque, entonces, se lo llevarían. Vendrían unos señores muy educados y perfectamente trajeados con una caja de madera y lo meterían dentro, y ella saldría de la habitación para que lo vistieran, y tendría que oír cosas como “antes de que se enfríe”, y ver a esos extraños tocándolo. Se metió en el cuarto de baño cuando bajaron la caja al furgón, rumbo a la funeraria. Las paredes latían a su alrededor emitiendo ráfagas de abatimiento que la penetraban sin encontrar resistencia. A pesar de que nadie la acompañaba, no se sentía sola. Notaba una cualidad animal en la energía que la rodeaba, más propia de una cuadra que de un aseo, un olor a madera envejecida, bosta fresca y paja húmeda, un crujido de tablas de fondo que le resultaba amenazante, porque se imponía sin corresponderse con el espacio que ella ocupaba. Aquella sensación la acompañó mientras seguía al furgón en el coche de un familiar cercano.

La última vez que tocó a su padre en el tanatorio, la misma tarde del entierro, el cuerpo llevaba muchas horas acostado en el ataúd a baja temperatura. Tuvo que obligarse a rozar la frente con los labios en algo parecido a un beso. Notó el frío de su piel, que ahora era cartón piedra. Su padre había sido muy moreno, pero ahora su semblante tenía la apariencia dorada y mate de la cera silvestre. La muerte era amarilla, el color que manchaba el cadáver. Por un momento, la escena adquirió una pátina de realidad desteñida, como una fotografía sobreexpuesta a la luz. Aquel extraño barniz se comía los bordes del ataúd, amortiguaba los sollozos del resto de su familia y parecía aumentar el peso del aire en la habitación. Ella se dio cuenta de que no estaba preparada para despedirse porque aquel hombre era un extraño. ¿Cómo demonios se despide a un desconocido?

El tanatorio se asemejaba a la sala de espera de un aeropuerto del que no salía ningún vuelo. La parte que visitaba el público estaba decorada con la intención de parecer una acogedora sala de estar, pero los buenos propósitos se habían quedado en el intento. No había nada acogedor en la tristeza de los concurrentes, real o fingida, por muchos centros de mesa que se colocaran en los rincones. La parte trasera albergaba la cámara frigorífica y el frío lo impregnaba todo. Hasta la oficina donde los reunieron para explicar a la familia las cosas que no podían procesar porque todo daba ya lo mismo, nada importaba, ese no era ya su padre. Aún así, hubo que ponerse de acuerdo, unos cedían y otros concedían, y el quórum al que se llegaba era postizo porque nadie decía lo que realmente pensaba, sino lo que quedaba más elegante.

Hacía mucho frío. Era la temperatura de la conservación funeraria, la meteorología del más allá en el más acá. Donde ya no existía la persona, aunque los demás siguieran empeñados en llamarla así, solo había un conjunto de órganos apagados, en huelga permanente e indefinida, un espacio ocupado por materia que se transformaba de estado. El frío detenía el tiempo o, mejor dicho, lo ralentizaba, para que el cambio se demorase y durante unas horas los familiares vivieran en la ilusión óptica de que el que yacía estaba dormido. “Descase en paz”, les decían, pero no podía descansar lo que no está cansado porque ya no vive. Eran los demás, los de éste lado del frío, los que seguían tratando al que ya no estaba como si fuera uno de ellos, y le aplicaban las mismas leyes y formalidades, y hasta esperaban que a él le pareciera bien. Pero lo cierto es que nadie estaba preparado para aceptar el cambio. Aquél, ya no era su padre, y ella no lo podía llorar, las lágrimas no afloraban.

Antología WhiteStar: Introducción

La editorial argentina Ayamanot ha organizado la preventa de una edición especial y limitada en papel con ilustraciones exclusivas de la antología WhiteStar, basada en figura y la obra de David Bowie. Todos los beneficios, como ya sucedió en la edición digital española, irán a parar a la lucha contra el cáncer. La colaboración de los autores y autores argentinos, así como la del resto, resultó determinante para convertir esta aventura en algo mágico. No quiero dejar pasar esta oportunidad para animaros a contribuir, queridos amigos y amigas. Aquí os dejo la introducción que  aparece en esta obra.

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Supongo que, si eliminamos toda la teatralidad, el vestuario y las capas externas de lo que hago, soy un escritor… yo escribo.

(David Bowie)

 

 

El 10 de enero de 2016 David Robert Jones, más conocido como David Bowie, fallecía en Nueva York víctima del cáncer. Tenía 69 años. Dos días antes había celebrado su cumpleaños, un hecho que hizo coincidir con la publicación del que sería su último trabajo musical, Blackstar, un álbum al que daba título el símbolo de una estrella negra. Era su álbum número veinticinco y el primero en el que no aparecía en la portada (a excepción de su segundo disco con Tin Machine, Bowie siempre se mostraba de alguna manera en las carátulas de sus trabajos). En noviembre y diciembre del año anterior, el público había podido disfrutar de dos singles, “Blackstar” y “Lazarus”, que aparecieron con sendos videoclips muy elaborados y repletos de una rica simbología.

Ahora sabemos que Bowie se estaba despidiendo.

En las horas posteriores al fallecimiento del cantante las redes sociales se encargaron de amplificar su vida y obra a través de mensajes, recordatorios, vídeos, entrevistas antiguas, fan art… El ciberespacio resultó ser un escenario ideal para recordar la figura de un artista integral que se definía así mismo como narrador de historias que, las más de las veces, cantaba, pero que también pintó e interpretó. Lector ávido y confeso, utilizaba técnicas como el cut up para elaborar las letras de sus canciones.

¿Cómo no se nos iba a ocurrir organizar una antología de historias basadas en su exuberante universo? Él, que representó al alien visitante de la Tierra varias veces durante su vida, que encarnó a varios monstruos porque fue vampiro, Hombre Elefante y rey de los goblins, que se lanzó a las estrellas para iniciar y terminar su carrera, ha logrado crear tantos alias, tantas historias y tantas tramas tan íntimamente relacionadas con la fantasía y la ciencia ficción, que explorarlas era casi una obligación para quienes lo admiraban, por alguna razón o por muchas.

La antología que tienes entre tus manos no está compuesta por relatos convencionales porque Bowie tampoco fue un tipo convencional. Siguiendo su estela, los autores y autoras que se sumaron a la llamada que realicé, allá por enero del 2016, han tenido total libertad para imaginar mundos más allá de este que nos contempla. La premisa era sencilla: cada autor debía escoger una canción o un personaje del panteón del cantante británico en el que basar su creación. Vas a encontrar poemas, relatos de corte clásico y otros que alternan varios puntos de vista, artefactos que aúnan la imagen y el texto, y hasta singularidades, todos ellos en orden cronológico según la fecha de salida de la canción, película u obra de teatro en la que se inspiran. Vas a medirte con Ziggy, Jerome Newton, Aladdin Sane, Lazarus, Tesla y con el Comandante Tom, buscarás en el laberinto a Jareth, soportarás la inmortalidad con John Blaylock, acamparás en Marte, verás caer muros, contemplarás un desfile de seres mutantes y navegarás por las estrellas -¡Oh, sí, lo harás!- en las naves imaginarias creadas por escritores y escritoras de España, Uruguay, Argentina, Colombia y México.

Quiero agradecer a Cristina Macía por poner a nuestra disposición su casa, que es la editorial Palabaristas, y por traducir de manera magnífica el cuento que el autor británico-israelí Lavie Tidhar escribió especialmente para este proyecto. No tengo palabras con las que expresar mi gratitud hacia Lavie que ha demostrado que, además de una extraordinario escritor, es una persona con un gran corazón. Thank you, Lavie! Ana Díaz Eiriz, fiel diseñadora, ha conseguido crear una portada espectacular que captura la esencia del Bowie camaleónico que todos admiramos. Quiero agradecer también a mi compañera María Leticia Lara Palomino por su trabajo incansable en las labores de edición, y a Israel Alonso por ayudarnos cuando nos faltaban ojos e ir más allá. Sin ellos, este libro nunca hubiera sido posible.

Rafael Cervera no lo dudó cuando le propuse escribir un prólogo que estuviera a la altura de nuestra empresa. Su profundo conocimiento sobre la obra y la figura de Bowie es el ingrediente que faltaba para que este libro cumpliera su cometido y fuese un hermoso tributo a su legado.

Si Blackstar es el testamento musical de David Bowie, WhiteStar quiere ser una celebración de su trayectoria como artista. De ahí el nombre, una imagen en positivo del título de su último álbum. Por ello, todos los beneficios que se obtengan con la venta de este libro irán a parar a la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC): ninguno de los que estamos involucrados entenderíamos nuestra participación de otra manera que no fuera solidaria ya que, desafortunadamente, todos hemos sentido en nuestras familias, grupo de amigos y conocidos, o incluso en nuestras propias carnes, el ensañamiento de esta enfermedad.

Por eso, este libro está dedicado a Pat Cadigan, una de las autoras más importantes de ciencia ficción en la actualidad y alguien que conoce muy de cerca la lucha contra esta dolencia. La forma valiente y llena de sentido del humor con la que afronta su lucha difícil y dolorosa nos enseña que el verdadero super-poder está en mantener una actitud positiva ante las circunstancias más adversas. ¡Y ella tiene super-poderes, damos fe!

Transformemos, pues, como ella el dolor y los sentimientos negativos en algo positivo y constructivo: imaginemos historias.

Estoy segura de que a David le hubiera gustado así.

 

Cristina Jurado

Dubai, septiembre de 2016

Lo mejor no es siempre lo más interesante y viceversa

The Best Science Fiction and Fantasy of the Year. Volumen 11 de Jonathan Straham se está convirtiendo por méritos propios en una de las antologías más esperadas de la literatura de género. Actualmente en su undécimo primera edición, esta obra se basa en una premisa simple: reunir en un volumen anual los mejores ejemplos de la narrativa breve de ciencia ficción, fantasía y terror.

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Los numerosos reconocimientos y nominaciones a premios de Straham demuestran que tiene buen olfato para escoger relatos, buscando un equilibrio entre historias de fuerte contenido social, textos de cuidada factura y temáticas muy variadas. El volumen que me llegó vía NetGalley contiene 28 relatos con una misma cantidad de autores que de autoras y, aunque es cierto que Straham es un editor experto y con una trayectoria más que probada, la mayoría de las historias no me han emocionado, aunque tengo que reconocer que el nivel medio de la prosa es muy alto. No se puede decir por tanto que la antología no incluya “buenas” historias sino que a mí, al menos, no me han convencido como esperaba. Mi favorita, y la historia con la que se abre esta obra es “The future is blue” de Catherynne M. Valente que, si todo sale como espero, veamos traducida al español en el próximo número de SuperSonic. Se trata de una distopía fantástica en la que la sociedad vive del aprovechamiento de la basura, algo que además estructura las costumbres sociales, como la adquisición del nombre o la función de cada persona en su comunidad. Solo puedo calificar las ideas como retorcidas, en el sentido de que dan una vuelta de tuerca a conceptos como el bien común o la presión social. La prosa de Valente es poderosa, con hebras de melancolía, y permite conocer la vida de la protagonista sin caer en infodumps, con un ritmo pausado y firme.

 

Después de la historia de Valente, mis expectativas era muy altas. “Mika model” de Paolo Bacigalupi no me defraudó. Esta historia de ciencia ficción sobre las implicaciones legales del abuso de una sexbot, me hizo pensar en Nieves Delgado y su relato ganador del Ignotus “Casas Rojas”. Aunque el relato de la gallega aborda más las implicaciones éticas de este tipo de androides, también trata sobre sus derechos, que constituye en definitiva el trasfondo de la historia de Bacigalupi.

 

“Spinning silver” de Naomi Novik es un trasunto del cuento del enano Rumpelstiltskin que a mí no llegó a conmoverme en ningún momento, porque me pareció largo y aburrido.

 

“Two’s company” de Joe Abercrombie es una maravillosa fábula humorística de fantasía épica sobre mujeres guerreras. No solo me ha parecido hilarante sino muy bien escrita, con un ritmo muy bien conseguido y unos personajes femeninos alejados de los clichés de este tipo de género, más ricos y llenos de matices. Muy recomendable.

 

Rick Larson se lanza con “You make Patayya” a la exploración de cómo las nuevas tecnologías y las redes sociales pueden ser manipuladas para cometer diversos tipos de crímenes. Es un relato bien construido y con ideas interesantes e ingeniosas.

 

Alyssa Wong es una autora que se está convirtiendo por méritos propios en una habitual en las compilaciones de lo mejor del año. “You’ll surely drown if you stay” reinterpreta el mito de los seres que cambian de forma, en este caso, de los licántropos, y lo enriquece en un escenario alejado de los urbanos a los que nos suele tener acostumbrados. Me pareció un tanto largo para mi gusto, pero disfruté con esta historia.

 

“A salvaging of ghosts” de Aliette de Bodard es una estupenda historia sobre las relaciones familiares, concretamente la relación madre-hija, enmarcada en una misión espacial personal de la protagonista. Quizás no tenga el calado especulativo de otros trabajos de Bodard, pero a mí me ha resultado extraordinariamente emotiva.

 

“Even the crumbs were delicious” es una deliciosa historia de fantasía urbana del siempre eficaz Daryl Gregory que trata con humor el tema de los alucinógenos comestibles. Siempre es de agradecer el humor inteligente que este autor es capaz de presentar en un relato que critica sutilmente aspectos de nuestra sociedad.

 

Por su parte, Alex Irvine presenta en “Number Nine Moon” una aventura de supervivencia ante una serie de catástrofes que sufre una suerte de cuadrilla de cazadores de tesoros. Si bien es siempre de agradecer el tratamiento de la resistencia humana ante la adversidad, no considero que se trate de una historia con nada especial que destacar.

 

Sam J. Miller es un autor que con “Things with beards” ha sido incluido en varias de las listas de nominados a diversos premios. Ofrece una visión alejada de lo convencional del tema de los ladrones de cuerpos alienígenas, utilizando personajes homosexuales pero, aparte de este punto, su historia no me ha parecido aportar nada nuevo ni en cuanto a ideas ni a tratamiento de la temática.

 

Alice Sola Kim propone en “Successor, Usurper, Replacement” una situación a medio camino entre el terror clásico y la fantasía urbana con un relato bien hilado y repleto de buenas ideas que hará las delicias de los lectores.

 

“Laws of Night and Silk” de Seth Dickinson presenta una historia de fantasía épica que explora las relaciones entre padres e hijos y el sentido del deber. Me ha sorprendido gratamente el tratamiento del autor de un subgénero con el que no consigo conectar normalmente.

 

Tengo que reconocer que “Touring with the alien” de Carol Ives Gilman me ha gustado mucho porque, aunque narra un escenario bastante parecido en un primer momento a la película La llegada, tiene un desenlace que me ha asombrado e impresionado y, además, creo que está muy bien escrito.

 

“The Great Detective” de Delia Sherman es una propuesta steampunk enmarcada en el universo Holmesiano, con premisas interesantes pero que a mí francamente, no ha terminado de engancharme y, además me ha parecido excesivamente larga.

 

Aunque “Everyone from Themis sends letters home” de Genevieve Valentine parece tratar el tema de la colonización de planetas lejanos, en realidad se inscribe dentro del ciberpunk con una trama en la que se aborda la ética y la legalidad.

 

Geoff Rhyman firma “Those shadows laugh”, una historia que recuerda inevitablemente a Herland de Charlotte Perkins Gilman, pero que en esta ocasión no consigue ofrecer con éxito una historia feminista. Creo que esta era la intención del autor pero, en realidad, la trama no es más que una historia de amor lésbico sin calado especulativo.

 

“Seasons of glasss and iron” de Amal El-Mohtar aparece también en muchas de las listas de trabajos nominados a premios de este año. Puedo comprender que suscite interés porque se trata de una metáfora sobre el maltrato a las mujeres en el ámbito doméstico, pero no ha conseguido despertar mi interés en ningún momento.

 

Nina Allan es la autora de “The art od space travel”, un relato muy bien trabajado sobre las relaciones familiares, sobre la ausencia de un padre y la presencia de una figura paterna, y sobre los sueños cumplidos e incumplidos. Como suele ser habitual en esta autora, no todo es lo que parece pero hay espacio para la reflexión. Me ha gustado mucho.

 

Me ha desilusionado bastante “Whisper road (Murder Ballad No. 9)” de Caitlín R. Kiernan, una autora cuyo trabajo suele sorprenderme y gustarme pero que esta vez no ha conseguido seducirme lo más mínimo con esta historia weird de unos asesinos enfrentados a sus propios miedos.

 

“Red Dirt Witch” conjuga el buen hacer de N. K. Jemisin con una trama fantástica en la que la magia sirve como excusa para explorar las relaciones familiares y la lealtad.

 

“Red as Blood and White as Bone” es un relato de Theorora Goss a medio camino entre las fábulas y los cuentos de hadas que no ha conseguido emocionarme o engancharme y que no entiendo muy bien qué hace en esta antología.

 

Lavie Tidhar está presente en esta obra con “Terminal” con una historia desgarradora sobre el viaje de ida de un grupo de gente a una ciudad mítica en al superficie de Marte. Cada uno a bordo de una nave unipersonal y sumergidos en una situación personal límite, los personajes solo podrán comunicarse entre sí por radio. Tidhar ofrece una narración convincente y trágica en un marco hostil y, al mismo tiempo, majestuoso. Es uno de los relatos que más me ha impactado.

 

“Foxfire, foxfire” de Yoon Ha Lee recupera un tipo de fantasía de raíces orientales y la moderniza, brindando una historia repleta de aventuras y situada en el espacio. Me parece muy interesante la manera en la que esta autora combina fantasía y ciencia ficción e incorpora la mitología oriental ancestral.

 

Paul McAuley es otro de los grandes nombres de la ciencia ficción incluido en esta antología. Sin embargo, su historia “Elves of Antarctica” no ha logradpo engancharme y creo que su presencia en esta obra se debe a que es un ejemplo de Cli-Fi (Climate Change Fiction).

 

“The Witch of Orion Waste and the Boy Knight” de E. Lily Yu es una narración fantástica que, a pesar de estar muy bien escrita, tampoco entiendo que se haya incluido en esta antología. Aunque la premisa es atractiva (aborda la transmisión del conocimiento), creo que no llega a lograr su propósito de capturar la atención del lector.

 

Ken Liu aparece en la recopilación de Straham de la mano de “Seven Birthdays”, una estupenda historia sobre el efecto de la posteridad en las relaciones familiares. Es un relato emocional y emocionante, y muy recomendable.

 

“The visitor from Taured” de Ian R MacLeod contiene todos los ingredientes que un aficionado a la ciencia ficción puede desear ver en un relato: referencias metaliterarias constantes, teorías sobre el espacio-tiempo, etc. Este es uno de los cuentos con los que más he disfrutado.

 

“Fable” de Charles Yu es una de las historias que más me han impactado en los últimos tiempos. De nuevo, nos encontramos ante el tratamiento de las relaciones familiares pero, en este caso, concretamente las de un padre y su hijo con necesidades especiales. Sobrecogedor y muy recomendable.

 

No se puede reprochar que Straham no presente una panoplia amplia de historias en las antologías que selecciona. Tengo que reconocer que los relatos que me han gustado me han parecido excelentes pero, el resto, son para mí francamente olvidables. Con esto quiero decir que las historias son, en mi opinión, o muy buenas o mediocres, sin término medio. En cualquier caso creo que The Best Science Fiction and Fantasy of the Year. Volumen 11 de Jonathan Straham es un buen escaparate de lo que se está cociendo a nivel internacional en narrativa breve. No será la última antología de este autor a la que le eche un vistazo.

Arte, Tiempo y Manipulación

Fragmento del prólogo al relato “Aquí, allí, en todas partes” incluido en la antología Dados Cargados de Rodolfo Martínez, publicado por Cazador de Ratas

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Una de las facultades más notables de la literatura es su asombrosa capacidad para doblegar las leyes de la física conocida. Si no me creen, les invito a que lean el texto que sucede a estas líneas [de Rodolfo Martínez]. Se trata de un claro ejemplo de lo que yo llamo un AAMET, un “Artefacto Artístico Manipulador del Espacio-Tiempo”. Su autor, incomprensiblemente, se empeña en llamarlo “relato” y hasta le ha otorgado un título: “Aquí, allí, en todas partes”.

Todo AAMET es un objeto singular, un mecanismo que actúa a nivel cognoscitivo para sacar a relucir la plasticidad de una de las dimensiones más fascinantes y menos conocidas de nuestro universo. El AAMET utiliza el poder simbólico de las distintas manifestaciones en las que se materializa el arte y reconfigura el aquí y el ahora. Este, en concreto, se vale de la fuerza representativa de las palabras y nos permite realizar unas comprobaciones asombrosas que no pueden dejar indiferente a ninguna mente científica: El autor, Rodolfo Martínez, emplea 3.161 palabras en describir los 3 minutos de agonía de una mujer víctima de violencia de género a manos de un hombre que fue su ex pareja. Aunque el AMEET se centra en esos 3 minutos, en realidad ofrece una panorámica de una situación que se prolonga durante 7 años en la vida de los protagonistas. Se tarda una media 8 minutos y 28 segundos en leer este AAMET, es decir, el autor consigue comprimir los 7 años de una relación obsesiva en poco más de 3.000 palabras que se consumen en varios minutos. Para ello se vale de una serie de hábiles recursos, como la utilización de ciertas palabras cuya carga simbólica permite amplificar la capacidad compresora del texto. El término “minuto” se repite 13 veces, “tiempo” aparece 4 ocasiones y “vez” en 18, “reloj” se menciona en 3 ocasiones y “año” en 6. Estas palabras remiten inmediatamente al lector al campo semántico de la cuantificación del tiempo desde un punto de vista cronométrico, no solo en lo que respecta a las unidades creadas por el ser humano para medirlo, sino también en la herramienta que le permite hacerlo.

[…]

No me digan que no es poderoso reducir 7 años en 3 minutos que se leen en poco más de 8. Este AAMET lo logra utilizando, además, el recurso de la segunda persona que implica forzosamente al lector, convirtiéndolo en una extensión de la víctima, haciéndole saborear la muerte y la injusticia. Involucrar al lector permite, si cabe, asegurar la fuerza proyectiva del artefacto, algo que Rodolfo Martínez sabe realizar con asombrosa precisión.

Esta reflexión solo pretende ser una pequeña aproximación a la naturaleza y comportamiento de los AAMETS, aunque aún queda mucho por estudiar. Para más información, remitimos al resto de la obra de Rodolfo Martínez, así como a los manuales La física del arte (Editorial SoW), Perspectivas artísticas del tiempo (Libros Voracilector), Artemporalidad: cuestiones críticas para el nuevo milenio (JNP Editores) o la imprescindible Guía artística de los artefactos temporales (Ilium Books).

“La Carrera” de Nina Allan: jugando con espejos

La Carrera de Nina Allan, traducido al español por Carmen Torres y Laura Naranjo para Ediciones Nevsky, no es un libro, sino un juego de espejos.61617

Las cuatro narraciones que componen la novela presentan realidades que se superponen, de manera que tenemos cuatros historias con protagonistas diferentes que algunas veces se confunden entre sí, otras se tocan levemente, pero siempre conservan un punto de conexión. Cada historia nos permite adentrarnos en una de las imágenes del espejo, aunque no sepamos nunca a ciencia cierta cuál es reflejo y cuál es realidad. Y esa, creo yo, es la genialidad de la autora: desdoblar las historias manteniendo cierto suspense, enredar con la mente del lector.

“Christy”, la segunda historia, me hizo creer que estaba ante la realidad. En la narración más dura de las cuatro, por la violencia a la que es sometida la protagonista, y es en la que encuentro una voz muy cercana a la propia autora. Nos encontramos con una joven que se convertirá en escritora y para la que las ausencias se convierten en uno de los aspectos que vertebran su vida: la ausencia evidente de la madre que los abandona, la ausencia de cariño filial por un hermano que la agrede, la ausencia del padre que se desentiende, la ausencia de relaciones personales significativas porque la realidad se siente como un reflejo…

“Jenna” es la historia con la que se abre la novela pero luego conocemos que es una de las ficciones escritas por Christy. La protagonista es artista también, pero se dedica a diseñar guantes para los controladores de unos perros de carreras, modificados para tener un vínculo telepático con las personas que los controlan. Algunas de las ausencias de la historia posterior ya están presentes en esta (la madre que huye, el hermano agresivo, el padre invisible, los amigos escasos) promoviendo una atmósfera entre nostálgica y emocionalmente distante.

Las dos historias mencionadas están contadas en primera persona y se desarrollan en dos versiones especulares de un Reino Unido sumido en una decadencia medioambiental evidente.

“Alex” es una novella narrada en tercera persona y muestra otro reflejo de la historia anterior. Uno ya no sabe si se encuentra ante la verdadera realidad aunque empieza a pensar que quizás “realidad” y “reflejo” no sean términos absolutos y lo que verdaderamente importe sean las conexiones entre los distintos reflejos. “Maree”, también narrada en tercera persona, enseña al lector un cuarto reflejo, conectando la primera historia con un futuro cercano en el que la empatía con otros seres vivos lleva a la humanidad a contactar con otras civilizaciones.

De alguna manera, cada reflejo distorsiona las historias que lo preceden y, al mismo tiempo, las dota de sentido. Hay un interés inherente en Allan por las realidades alternativas, los doppelgängers, los dobles, los gemelos, las dimensiones paralelas que se manifiesta a través del juego especular y plantea preguntas existenciales sobre la identidad y la toma de decisiones. Parece como si una decisión tomada en este universo pudiera tener consecuencias en otros, y que fuera un hilo de ficcionalidad, sutil e invisible (el hilo de la araña de Tejedora, otra de su obras), con toda su aparente fragilidad, lo que aporta coherencia y sentido a la existencia.

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Nina Allan

El juego de espejos propuesto por Allan utiliza este tema para que reflexionemos sobre lo que yo llamo la ontología de la ficción. Porque ¿hasta qué punto podemos afirmar que una historia es más verdadera que las otras? Su mayor o menos credibilidad, ¿estriba en que se parezca a la realidad en la que vivimos?

Si las ficciones, las historias inventadas, poseen existencia en un mundo lógico, carecen de existencia en el mundo físico, pero eso no implica que no sean verdaderas. Esto no lo digo yo sino Jesús G. Maestro en su obra «Ontología de la ficción literaria: la ficción es una (parte formal y material de la) realidad». Las historias de La Carrera son, al final, igualmente verdaderas al existir y provocar reacciones en el lector, empleando la ausencia casi como un personaje. Porque cualquier ficción en la que se explore el doppelgänger o el gemelo como medio para acercarnos al tema de la identidad se hace desde la ausencia del Otro, que es uno mismo desdoblado, un sujeto y objeto de la acción, un observador y un protagonista. Esa dualidad en la que uno está desaparecido, oculto, proscrito del mundo del otro pero atado a él, es anhelo de pertenencia, de encontrarse a uno mismo en el Otro idéntico.

He tenido la suerte de leer esta novela con mi querida amiga María Leticia Lara Palomino, que la reseña  en su blog y que me ha hecho dos preguntas al respecto. Primero me pregunta por qué creo que esta novela se titula La Carrera. La respuesta más evidente sería porque la carrera de perros modificados que aparece en la primera historia es el desencadenante del principal conflicto que afectará al resto de historias. Pero creo que también podría ser porque se trata de una pugna de varias versiones de una realidad, varios reflejos, pertenecientes a varias realidades o dimensiones por imponerse ante el lector.

Leti me pregunta también por qué creo que debería leerse esta novela. Partiendo de la base de que me ha gustado mucho, yo se la recomendaría a todo el mundo que ansía dejarse sorprender. Es uno de esos libros que tiene un poco de todo: la prosa está muy cuidada, mostrando el buen hacer de la autora que es una de las narradoras más capaces en el actual panorama de la literatura de género; los temas que se tratan son relevantes, y no me refiero solo al de las identidades sino al cambio climático, al tema de la responsabilidad en la toma de decisiones, el posible contacto con seres inteligentes de otros planetas, la tecnología que puede llegar a vincularnos con otros mamíferos, etc… A mí me ha interesado particularmente un tema pero soy consciente de que hay ciencia ficción, fantasía, y un poco de new weird que puede atraer a lectores de muy diversos tipos.

No quiero dejar de aplaudir a Ediciones Nevsky por verter al español esta obra tan interesante. Me parece una apuesta valiente que hará las delicias de muchos lectores, estoy segura. En cuanto a la traducción, me ha parecido muy cuidada y fluida y quiero dar la enhorabuena a Carmen Torres y a Laura Naranjo por su labor y al equipo de Nevksy por su trabajo de revisión. Creo que han sabido capturar la esencia “English” de la prosa de una forma muy acertada. Si no la tenéis, no dudéis en apostar por esta novela.

El hombre que sueña el monstruo para sobrevivirlo

Rescato esta reseña que escribí hace tres años sobre A Man Lies Dreaming de Lavie Tidhar porque la editorial española Kailas acaba de publicarla en español con el título Un hombre Sueña Despierto.

Escribir ficción especulativa sobre una figura histórica supone asumir el riesgo de alejarse del personaje histórico y serle infiel a la Historia. Eso es precisamente lo que hace Lavie Tidhar en A Man Lies Dreaming: toma el personaje más icónico, conocido y odiado de toda una comunidad religiosa, de buena parte de Occidente, y de una nación relativamente joven, y crea una ficción alrededor de los aspectos de su personalidad anterior a su llegada al poder. Tidhar es valiente y el personaje que escoge es Hitler, al que llama Mr. Wolf durante toda la narración. Y a mí, me gustan los escritores valientes.

Lavie Tidhar

Esta novela forma parte de ese tipo de obras que ilustran la acción terapéutica de la ficción: inventar para sobrevivir. ¿De qué manera se puede subsistir en un campo de concentración, siendo testigo y/o víctima de atrocidades a diario? Cuando uno es un escritor de novelas pulp, como es el caso de Shomer, soñar que el responsable último de tu denigración es un perdedor al que sus enemigos humillan y vejan es quizás la única manera de mantener la mente a salvo en un campo de concentración. Cuidado, que a partir de ahora, hay algún espoiler. Shomer -basado en un autor israelí  que murió antes de la Primera Guerra Mundial- desarrolla una historia de detectives en la que Mr. Wolf aka Hitler es un investigador privado contratado por una rica heredera judía para resolver la desaparición de su hermana. Wolf vive en el exilio en Gran Bretaña, apartado de sus antiguos camaradas, después de que el partido comunista alemán ganase las elecciones. En realidad Wolf “malvive” con un trabajo que le permite subsistir en la frontera con la indigencia, solo, rodeado de algunos libros. Nunca llegará a ser lo que históricamente fue. La necesidad lo empuja a aceptar el encargo del enemigo, encarnado en la rica heredera judía. La estructura de la novela es más compleja de lo que parece en un primer momento. Lavie Tidhar utiliza la primera persona de una forma que me ha parecido muy ingeniosa: en las entradas de un supuesto diario de Wolf en el que habla de sus sentimientos y vicisitudes a lo largo de la investigación. Es decir, lo más “fantástico”, entendido como lo menos realista, está contado en primera persona en una maniobra arriesgada pero de la que Tidhar sale muy airoso. El lector es capaz de conocer las sensaciones de Wolf ante las humillaciones que sufre, así como otros aspectos de su personalidad, sobre todo en lo que a su relación con las mujeres y con el sexo se refiere.

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La tercera persona se utiliza para hacer avanzar la investigación detectivesca y es también el punto de vista escogido por Tidhar para los fragmentos en los que se cuenta someramente las vivencias de Shomer en el campo de concentración. En estos fragmentos hay algunas de las frases más extraordinarias de la novela:

Men die like smoke. Time ebbs and congeals like dirty, slushy snow. Suns rise and fall, days turn to nights, trains come to a stop, men die. Across this vast camp children still clutching their dolls are escorted to showers from which no water comes but gas and gassed they are taken out in wheel-barrows, arms soft and flaccid, eyes glassed, their mothers and fathers lifted up and placed before the Soderkommando whose job is to extract their gold teeth, search their cavities for hidden valuables, shear their hair for the war effort, to strip the corpses clean.

Para mí, el escritor israelí es doblemente valiente porque no se deja amedrentar por las proporciones ciclópeas de la figura que ha escogido como protagonista. Precisamente le pregunté sobre este punto y fue lo suficientemente generoso como para responder (nos conocimos en persona en la LonCon14 celebrada el pasado Agosto). Le comenté que me parecía muy complicado escribir no solo sobre un personaje histórico y polémico que casi todo el mundo detesta, como es el caso de Hitler, y que sería muy fácil caer en la caricatura. En la novela queda patente que él se había documentado extensamente sobre la vida el líder nazi, consultando incluso testimonios escritos por sus amigos de la infancia. Me interesaba saber cómo consiguió crear un personaje creíble a partir de alguien como este Hitler perdedor y de una manera que el lector casi llegara a empatizar con él en algunas ocasiones. Aproveché para preguntarle también por su forma de trabajar los personajes para dotarlos de una voz propia, fácilmente reconocible. Él me contestó: “Bueno, probablemente se trate de una caricatura, si te soy honesto. No sé, hubo algo horrible, casi… divertido a la hora de escribir un personaje tan monstruoso, desprovisto de cualquier atributo que pudiera redimirlo. Creo que lo divertido de Hitler sería un Hitler sin poder. Para mí, el libro es una especie de comedia. Todas esas vejaciones que tiene que soportar… Es gracioso.” “Pero, ahora más en serio, sí quería escribir sobre un Hitler anterior a 1930. Este es solo un Hitler potencial. No creo que se pueda menospreciar a alguien y llamarlo simplemente “villano”, como si saliera directamente de las páginas de un cómic. Hay que intentar comprender a la gente, profundizar en qué los hizo convertirse en lo que llegaron a ser. Se trata de desarrollar, no diría yo que simpatía por el personaje, pero sí una cierta empatía, al menos.” “No siempre sé cómo dotar a un personaje de una voz propia. Wolf, en “A Man Lies Dreaming”, ha sido uno de los más fáciles en ese sentido, porque me he sentido muy libre a la hora de escribir sobre alguien tan despreciable. Lo que me preguntas es una cosa a la que me enfrento cada vez que me pongo a escribir un libro, por lo que no estoy seguro de que se pueda responder con facilidad.” Mi amigo Miquel Codony -cuya reseña de esta novela en su blog La Biblioteca de Ilium podéis consultar aquí– que me lió para que leyera esta novela (y al cuál le agradezco que lo hiciera, aunque no tuvo que insistirme mucho, la verdad sea dicha) me ha propuesto que le conteste a una pregunta: “¿Hasta qué punto crees que la eficacia de la novela depende de la carisma de su protagonista y hasta que punto crees que el carisma de su protagonista depende de lo que sabemos en realidad de Hitler? Es decir, ¿si fuera un personaje 100% ficticio, lo valorarías igual?” Mi respuesta es que la novela funciona porque todos sabemos quién es Hitler, lo que hizo y las consecuencias de sus actos. Tidhar juega con ese conocimiento colectivo sobre el líder nazi y nos propone adoptar una perspectiva nueva ante un sujeto que nunca llegó al poder, que vivió marginado y que sufrió vejaciones porque no tenía los medios para controlar la situación. Si fuera un personaje ficticio, no comprenderíamos qué hubiera supuesto para él carecer de poder, porque nuestra imagen mental compartida es la del dictador autoritario y cruel. Sentimos un placer especial al verlo sufrir, sobre todo cuando es humillado y maltratado por quienes sabemos que fueron históricamente sus víctimas. Se trata de un dulce resarcimiento que sirve para “canalizar” la animosidad hacia figuras conocidas por su crueldad. Es un poco como los chistes sobre Franco o sobre Kim Jong-un. En definitiva, un mecanismo terapeútico.

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Literatura “Stalag,” libros de porno publicados en Israel en los 60´s que describen relaciones sádicas entre mujeres nazis a cargo de campos del Tercer Reich y los prisioneros

Mi amigo Josep María Oriol, que también se animó a leer la novela y a comentarla simultáneamente, ha escrito también la correspondiente reseña que podéis leer aquí en su blog El Voracilector. Me ha preguntado al respecto: “¿Qué te ha parecido el papel que Tidhar ha asignado a la mayoría de personajes femeninos que aparecen en el libro?”. Mientras disfrutaba de la lectura, en algún momento sentí que las mujeres eran representadas de una manera negativa, que eran muy sádicas y crueles. Después de reflexionar un poco, creo que se trata de un efecto buscado por Tidhar para equilibrar la balanza de los personajes. ¿A quién elegir como verdugo de una víctima como Wolf? Por supuesto, a quienes fueron sus víctimas, y no me refiero sólo a los judíos sino a las mujeres, con las que Hitler tuvo relaciones complicadas. A pesar de que se ha especulado sobre las preferencias sexuales del austríaco, no se ha llegado a demostrar que no fuera otra cosa más que heterosexual, aunque es cierto que dos de sus amantes reconocidas se suicidaron, otra lo intentó sin conseguirlo y una cuarta murió de las secuelas que le provocó un intento de suicidio. Hay personajes masculinos tanto o más crueles en la narración, pero los de las mujeres sirven para resaltar –con gran acierto, añado yo- los aspectos más controvertidos de la personalidad de Wolf/Hitler: sus ideas sobre el papel de la mujer en la pareja y dentro del estilo de vida nazi, la relación con su madre, etc. Asimismo, Tidhar hace un homenaje a la literatura que surgió en Israel en los años 60 conocida como “Stalag” en la que se representaban relaciones sado-masoquistas entre las hermosas guardianas de campos de concentración y los prisioneros de guerra de la Alemania nazi. He disfrutado mucho con esta novela, que me parece realizada con un cuidado exquisito. No solo la prosa de Tidhar es muy elaborada sino el ritmo, con la alternancia de la primera y la tercera persona y, dentro de ésta, los fragmentos a modo de diario, los protagonizados por el Watcher, o los dedicados a Shomer. La estructura es, a mi modo ver, uno de los atractivos de esta obra, así como la situación especulativa que propone, trabajada con mucha inteligencia y reflejo de una compleja realidad social como es la de la inmigración en la Gran Bretaña actual. En definitiva se trata de una magnífica novela, muy entretenida, bien pergeñada, interesante, repleta de acción y humor negro, que demuestra el buen hacer como narrador de realidades imposibles de Lavie Tidhar, en línea con obras anteriores como Osama o The Violent Century.

“Black Isle” de Marian Womack

Hoy voy a iniciar el primero del que espero que sean muchos post sobre la obra de la autora que decidí adoptar siguiendo la iniciativa #AdoptaUnaAutora. He pensado que la mejor manera sería empezar, aunque parezca obvio, por el principio, o sea, con el primer texto de Marian Womack que llegó a mis manos. Estábamos en 2014 y por aquel entonces me dedicaba a leer relatos enviados para la primera convocatoria de Alucinadas (Palabaristas). Marian me envió “Black Isle” que había escrito originalmente en inglés y que después tradujo al español. Me advirtió que era un texto extraño, creo recordar. Cuando empecé a leer, no pude parar. Finalmente la historia pasó a formar parte de la antología en español, así como en su posterior traducción al inglés en Spanish Women of Wonder.

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“La muerte de las águilas pescadoras —por docenas— no tiene explicación posible, como tampoco la tienen las manchas azuladas que cubren sus picos, sus cabezas, sus pecheras. Estas anomalías no deberían existir, así de simple. Y yo debería saberlo mejor que nadie; al fin y al cabo diseñé los pájaros yo mismo.”

Así comienza la historia del Dr. Andrew Hay, un bio-ingeniero cuya vida se encuentra en un punto muerto, como el punto ciego del retrovisor del coche, como el área de vista periférica que se escapa de enfoque, como una foto movida. Hay se siente vacío y la culpa lo reclama. No ha podido llenar el hueco que la muerte de su esposa dejó, a pesar de dedicarse a una actividad interesante en una empresa de éxito. Como recurso humano que no resulta ya imprescindible, el doctor es enviado a investigar la muerte en masa de algunas de las especies animales artificiales creadas por la empresa, en un hábitat protegido en la costas escocesas. Allí tendrá que enfrentarse a los recuerdos de una vida pasada que alguna vez no fue hueca, sino que estaba repleta de vivencias y sensaciones, cuando Hay se sentía actor de su propia vida y no un mero extra. Pero la carga del pasado es insoportable, lo que unido a la inesperada reacción del hábitat, tiene consecuencias imprevistas para el protagonista.

En esta historia la naturaleza es otro personaje más, una suerte de consciencia omnipresente que se rebela ante la manipulación genética, una criatura colectiva que se subleva ante el orden establecido por el ser humano para reclamar su libertad. Se establece un claro contraste con el Dr. Hay, un ser torturado y abrumado por la culpa, incapaz de tomar decisiones que terminen con su desdicha. Por su parte, la naturaleza asume las riendas de su propia existencia y, sin detenerse en los efectos adversos inmediatos, la muerte de miles de animales genéticamente modificados resulta una suerte de avanzadilla que parece formar parte de una estrategia trazada de manera consciente y voluntaria.

Las descripciones son, sin duda, uno de los puntos fuertes de esta historia. Marian Womack tiene la capacidad de construir escenarios naturales vívidos e inquietantes al destacar las características anómalas y alienantes de sus elementos, sean estos rocas, plantas, aves o criaturas marinas.

“Caminamos sobre el atracadero. Para llegar hasta el final es necesario dar un corto paseo, ya que la construcción de piedra no tiene más de trescientos metros. Sin embargo, no tardo en acordarme de lo difícil que resulta avanzar sobre la estructura abandonada. Los juncos y la hierba musgosa lo han recubierto por todas partes. Las algas se apilan hasta arriba ascendiendo por sus pequeñas orillas a ambos lados. Pero lo peor es que las rocas, originalmente piedras cuadradas, se encuentran ahora descolocadas y deformes, como si una mano gigante las hubiera esparcido desde el cielo sin preocuparse de cómo ni dónde caían. El tiempo y el abandono las ha recubierto de hierba, juncos y matorrales de tal manera que es imposible dar un paso en firme, evitando los agujeros esparcidos aquí y allá sobre la estructura abandonada, en los que resulta más que posible torcerse un tobillo.”

La producción narrativa reciente de Marian Womack tiende a explorar un género llamado CliFi (Climate Fiction) que está adquiriendo cada vez más notoriedad porque aborda temas candentes relacionados con el cambio climático y el calentamiento global de la Tierra. Suele proponer historias especulativas, aunque no siempre, que se desarrollan en el presente o en un futuro, pudiendo ser este más o menos cercano.

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Foto de un águila en Black Isle, de la web http://www.fortrosefreechurchofscotland.wordpress.com

En posteriores posts analizaremos otros textos de Marian que se enmarcan en este tipo de literatura aunque, aunque en “Black Isle” conviene señalar que la autora apuesta por incluir elementos de ciencia ficción, de new weird y de un cierto terror gótico. En concreto, la temática de ciencia ficción en lo que se conoce como biopunk, un subgénero que se centra en la biotecnología. La manipulación genética a la que se somete a las especies animales del hábitat escocés sirve para cuestionar la ética de este tipo de prácticas. El elemento new weird se deja sentir en toda la narración, en las inquietudes existenciales de los personajes –el doctor y la naturaleza- en la habilidad para convertir situaciones perfectamente convencionales en puntos de encuentro para lo que extraño, aquello que roza lo paranormal, lo que se sale de la norma y crea incomodidad. Trazas de terror gótico aparecen en la maldición que sobrevuela el hábitat y que no es sino extensión de la que, de alguna manera, aqueja al propio Dr. Hay desde la desaparición de su esposa. Incluso el personaje de Méndez, al que el doctor visita en un hospital psiquiátrico y al que encuentra comiendo moscas, nos recuerda al Renfield de Drácula.

Por último, hay que añadir que la cuidada prosa es, además, otra de las características que identifican el estilo de esta escritora. Se trata de un estilo trabajado, de ritmo templado, y que huye de los infodumps, propiciando así una participación más activa del lector.

“Black Isle” es una pequeña joya que reúne algunos de los géneros y temáticas más actuales, lo que convierten a Marian en una autora muy relevante dentro del panorama nacional. Si aún no la habéis leído os invito a que descubráis la anomalía que se encuentra encallada en las costas escocesas. Por algo se llama “Isla Negra”.