Fade Out

“The Bowie will never be gone” son las palabras que llevo repitiendo como un mantra desde que la noticia me aplastó contra el suelo hace dos días.

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Como dice una amiga mía, es muy difícil explicar para los que no lo entienden, por qué estamos tan tristes con el fade out elegante de Bowie: tendríamos que educarlos y eso deberían haberlo hecho sus padres.

Bowie es admirado y reverenciado porque encarna al artista total que, al final, es con lo que sueñan (en mayor o menor grado) todos lo que tienen un mínimo de sensibilidad hacia la cultura.

Que era una ser creativo que habitaba su imaginación, es constatar lo obvio. Solo hay que pasar revista a sus continuas puestas en escena: Mayor Tom, Ziggy Stardust, Saladdin Zane, the Thin White Duke (un trasunto de The Man Who Fell to Earth), el Pierrot de Scary Monsters, el Hombre Elefante, el Rey de los Goblins, Buddha of Suburbia, el vampiro en The Hunger, Poncio Pilato de La Última Tentación de Cristo, Nikola Tesla en The Prestige, Andy Warhol en Basquiat, y hasta Maltazard en Arthur and the Minimoys.

Porque David Bowie era una continua puesta en escena de David Jones, un reinventarse siempre respaldado por un sólido proceso creativo, una actividad que no dejó de estar salpicada por las drogas y los excesos en muchos momentos de su carrera, pero que se mantuvo fiel a su esencia: rock, soul, psicodelia y pop.

“The Bowie” nunca dejó de probar maneras alternativas de apelar a la sensibilidad del prójimo a través de su música, de sus manierismos estéticos, de álbumes diseñados al milímetro con un desprecio hacia lo manido, lo ya explotado, lo que olía a rancio. Era espectáculo en estado puro y, como tal, necesariamente popular en lo práctico, aunque en lo teórico insistiera en distanciarse de la comercialidad uniformadora que arruina muchas veces el arte. Era un lector compulsivo, cultivaba la pintura y las artes gráfica, y escribía. Sorprendía con canciones elaboradas, utilizando técnicas como el cut-up para escribir las letras o experimentando con sonidos inesperados e inquietantes.

Con dieciséis años le dijo a sus padres que quería ser una estrella pop: no se convirtió en una, lo fue. Y consiguió ser y no pretender, sin dejarse manipular en exceso por los intereses de las discográficas, absorbiendo formas de expresión poéticas (visuales o musicales) y regurgitando criaturas igualmente líricas, que alguna vez conocieron el éxito comercial, pero que casi siempre contaron con la bendición de la crítica.

Lo anterior no quiere decir que los críticos siempre se pusiera de su parte, que no obedeciera alguna vez en los dictados mercantiles de la industria, o que le hiciera ascos al dinero y al éxito empresarial: consiguió amasar una importante fortuna gracias a la gestión inteligente de su producción musical y a inversiones que, aunque a veces no fructificaran a corto plazo, consiguieron reportarle jugosos beneficios a la larga. Se convirtió voluntariamente en un producto eficaz. No en vano, en el famoso cuestionario de Proust que contestó para Vanity Fair, a la pregunta “¿quiénes son tus héroes en la vida real?” él contesto “El consumidor”.

Lo que le hacía especial es que conseguía, de una manera extraña e inexplicable, que quienes escuchábamos su música nos sintiéramos especiales, porque conectaba con aspectos marginales de nuestras personalidades en momentos clave. Bowie ponía letra a nuestras obsesiones, encarnaba nuestros miedos, desenterraba a nuestros fantasmas en sus vídeos, ponía a bailar nuestros delirios, nos hacía desearlo como alienígena, vampiro o rey de los goblins.

Era todo lo que se proponía, porque se soñó a sí mismo y el sueño se hizo real. Quienes no tememos los excesos sugeridos por la imaginación, le comprendimos y nos sentimos comprendidos por él. Esa bilateralidad formaba parte de su encanto y de su poder de atracción sobre el consumidor.

Y no soy la única que pensaba que, no es que él fuera especial, es que nos hacía sentir especiales. Aquí va este maravilloso post del blog de Susana Vallejo.

“The Bowie will never be gone”

 

 

 

Reseña de “Estar Uars: El Despertar de la Fuerza”

(Esta reseña es un pequeño homenaje a Ángel Sanchidrián y sus divertidísimas Sinopsis de Cine)

Bueno, pues he ido a ver Estar Uars: el Despertar de la Fuerza y os voy a contar un poco. La peli va de un chiquín que se presenta al casting de Mujeres, Hombres y Viceversa pero que no le cogen porque el traje le queda chico, los zapatos le aprietan y suda mucho. Nacho Montes, que va de look metalizado que parece la fea de las Abba, le dice que, aunque el blanco le hace resaltar el color de la cara, la ropa se nota que se la ha comprado en las rebajas de los chinos porque es de muchos brillos, y la tela es sintética que suelta pelotillas, que mejor se busque una chupa de cuero, y ahí va el hombre a ver de dónde manga una. Cuando le preguntan su nombre, como lo dice en gallego y nadie lo acaba de entender, lo bautizan “Fin”, que es una gran putada porque, que cada vez que lo llaman, todos se van porque se creen que se termina aquello.

El chiquín se hace amigo de una tronista de nombre “Rey”, porque ella es monárquica pero más feminista que la que más, y dice que por qué no va a llamarse así si le da la gana, que el patriarcado es el que distingue el género de los títulos y tal. La pobre no ha tenido tiempo de ir de tiendas y se viste con la sábana del hotel, como si fuera a una fiesta toga, pero sin bebidas, que les dan medio botellín de agua para toda la semana de grabación, que Vasile dice que hay que ahorrar. A todo esto hay un chiquín que se hace su amigo porque es un actor que trabajó en una película seria seria en la que hacía de científico que fabricaba cerebros con bladiblu y se tiraba a todos los robotes que se le ponían por delante. El colega, que se llama “Po” como uno de los TeleTubies, se hace el polígrafo del Sálvame Deluxe, y Conchita, la polígrafa, se las hace pasar canutas con las preguntas sobre un mapa del Metro de Madrid, que parece que le ha dado un apretón de los gordos y no le sale el zurullo.

También aparece Manuela Carmena, pero del futuro, todavía en el Ayuntamiento, que se lo destrozan unos de la oposición que van en busca del concejal Jan Solo, que no sabe una por qué se llama así porque nunca va solo sino con un amigo que se llama Txubaca y que es de Bilbao, que no ha visto unas pinzas de depilar en su vida y que siempre tiene dolor de muelas, por eso no se le entiende cuando habla, que parece que gruñe siempre, pero es que los de Bilbao aguantan el dolor con dos pares y hablan euskera.

También sale Mercedes Milá con unas trenzas enroscadas en la cabeza, y vestida de camuflaje para irse de senderismo, que se queja a Jan Solo de que ella fue madre y padre para su hijo que, mientras él se largaba con Txubaca al txoco con los amigos, ella tenía que ir a todas las reuniones de padres y que cómo no va a haberles salido el niño de la Real Sociedad en vez del Athletic.

La Carmena lleva unas gafas de culo de vaso y por guardar guarda hasta los posavasos de cuando vinieron los Bitels a España, y Rey le dice que le gusta mucho una batidora que tiene del año que inventaron la polka y la Carmena le dice que la batidora le sienta muy bien, que la llama y tal y, que se la lleve a MasterChef, que seguro que gana.

Conchita, la del poli Deluxe, necesita dinero para comprarse el abono del Metro ahora que tiene el mapa, y dice que ella también se presenta al MasterChef, que tiene otra batidora más chula. Total, que se retan a ver quién hace mejor el gazpacho. Fin, que es un querer y no poder, lo intenta el pobre, pero no se sabe la receta y le da un parraque, y Rey le dice “trae pa´ acá, que ya lo hago yo” y, aunque tampoco se sabe la receta, se le presenta Karlos Arguiñano por Skype y le sopla lo que tiene que hacer. Total, que su gazpacho gana, pero lo dejan todo manga por hombro.

El final es muy bonito, aunque no sale Fin, sino Rey llevándole la batidora a Karlos Arguiñano, que ya está muy cascado y que, contra todo pronóstico, no cuenta ningún chiste ni dice nada, sino que se la queda mirando con el caserío de fondo.

La banda sonora es preciosa, que es de la tía Mónica de Londres, unos villancicos muy sentidos en plan tachán, tachán y no chunda, chunda y que es lo que le da calidad a la película.

La recomiendo si te gustan los villancicos en plan tachán, tachán o si eres del Athletic.

 

 

 

Black Snow

by Cristina Jurado

 

Black snow, the same black as the night sky.

Lilly shivers, not because of the cold, not because of ice needles carving shelter for themselves in her bare foot.

Nothing so poetic. Just the withdrawal.

“Not to worry”, she thinks, “Father Christmas will provide.”

The bastard will deliver her fix of Snowflakes tonight. Millions of doses, all over the planet, addicts of the world joyfully stoned.

Peace and Goodwill to the world, and drugs with pretty names.

Rudolf is what Julius injects himself with. Side effects include a burning sensation in his nose.

Randy fell for Mistletoe out of high school. The result of years of consumption is the customary protuberance on the skull, making it look like an aborted reindeer antler.

Cooper used to get high on Carols until her brain switched off. Now she vegetates in a state clinic, connected to some machines until doctors decide there are no more organs worth salvaging.

Lilly shivers. The black pain is a familiar presence: the metal worm picking at her brain.

“Father Christmas, bring me m’ dope”.

The house looms like a pop-up from a children’s book of ghost stories. The façade is deep dark, like dried blood.

She has brought ginger cookies for Father Christmas. The door is a few feet away, the loud sounds of loaded junkies swirling behind it. Her dose is there, premier quality, the one night Father Christmas gives away.

* * *

At sunrise, her frozen body lies in front of the door, surrounded by ginger crumbs.

Spanish Women of Wonder

Hoy me enorgullece presentar un proyecto en el que llevo trabajando bastante tiempo, una aventura que en realidad comenzó hace algo más de un año, y que ha permitido dar a conocer el trabajo de 10 autoras de ciencia ficción en español. Me refiero a Spanish Women of Wonder, el proyecto de crowfunding para traducir al inglés los relatos comprendidos en la antología Alucinadas, de la editorial Palabaristas.

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Meses después de la publicación de esta obra en español, hemos organizado una iniciativa de micro-mecemazgo en la plataforma Kickstarter para lograr traducir los relatos al inglés.

Necesitamos la máxima difusión, de manera que Spanish Women of Wonder sea conocida por el mayor número posible de personas. Queremos que las voces de las autoras de ciencia ficción en español, procedentes de ambos lados del Atlántico, se oigan en todo el mundo y eso será posible si conseguimos publicar las historias en el mercado de habla inglesa, el mayoritario en estos momentos.

Os recordamos que la antología cuenta con la participación de la extraordinaria Angélica Gorodischer, que amablemente participa con la historia “A la luz de la casta luna electrónica”. Asimismo, la obra cuenta con un prólogo de excepción de la mano de la editora norteamericana Ann VanderMeer, y con las historias de Nieves Delgado (España), Yolanda Espiñeira (España), Felicidad Martínez (España), Layla Martínez (España), Laura Ponce (Argentina), Teresa P. Mira de Echeverría (Argentina), Sofía Rhei (España), Lola Robles (España), Carme Torras (España), y Marian Womack (España).

Hemos contactado con una traductora especializada en traducciones de ciencia ficción y fantasía para llevar a cabo este proyecto que, si todo sale como esperamos, verá la luz en Noviembre de 2016.

¡Os pedimos que nos ayudéis a dar difusión a este kickstarter, para hacer realidad este sueño!

¡Gracias!
https://www.kickstarter.com/projects/1815756115/spanish-women-of-wonder

 

Prólogo para “Diez Variaciones sobre el Amor” de Teresa P. Mira de Echeverría

(Hace un tiempo la escritora argentina Teresa P. Mira de Echeverría me pidió que escribiera el prólogo de su primera antología de relatos de ciencia ficción, publicada por Ediciones Ayarmanot. No pude negarme porque siento un gran interés por la manera de entender la ciencia ficción de Teresa. Hoy 12 de septiembre se presenta el libro en Buenos Aires y yo, desde aquí, me sumo a este evento publicando el prólogo.)

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La literatura es un juego de identidades: si el autor hace de divinidad creadora y destructora que inventa personajes, y genera escenarios e historias que los interrelacionen, el lector adopta el papel de espectador, pudiendo o no identificarse con alguna de las personalidades que habitan la narración. Tú, que lees estas palabras, habrás querido traspasar con Alicia el espejo, ayudar a Robinson Crusoe a descubrir las huellas de Viernes o luchar junto a Paul Atreides en Arrakis. Quizás hayas querido “ser” Alicia, Crusoe o Atreides, subirte como Atreyu a la grupa de Fújur, consultar los volúmenes de la Gran Biblioteca de Trántor, pasear por las arenas marcianas imaginadas por Bradbury o contemplar los cielos desde el USS Discovery One de Clarke.

Cada una de esas historias, y muchas más dentro y fuera de la literatura de género, siguen manipulando nuestras mentes y nuestros sentidos, sumergiéndonos en otros mundos sin necesidad de implantes neuronales o de sistemas de realidad virtual. Una historia es algo más un viaje, es aceptar que uno puede llegar a adoptar personalidades distintas y experimentar “ser el otro” por unos instantes.

Los cuentos que vas a leer proceden de la habilidad creativa de Teresa P. Mira de Echeverría, una hechicera de las palabras que investiga a través de sus ficciones la dimensión afectiva de ese “otro”. Diez Variaciones sobre el Amor recorre una gradación de afectos, desde la amistad a la pasión, pasando por el cariño fraternal y paternal, y llegando hasta su ausencia.

El interés de Teresa por los sentimientos en el marco de la temática fantástica y de ciencia ficción está relacionado sin duda con sus tempranos estudios científicos, que dejó de lado para lanzarse hacia su auténtica vocación: el análisis del conocimiento humano a través de la filosofía. Todas las obras que he leído de esta escritora, desde “Memoria” de la antología Terranova (Sportula) –traducida recientemente al inglés- hasta “La Terpsícore” (Palabaristas en ebook y Sportula en rústica) giran entorno a las relaciones personales en situaciones extraordinarias. ¿De qué manera se desarrolla el idilio de un humano enamorarse con el miembro de otra especie? ¿Puede una mujer sobrevivir a un desdoblamiento múltiple de su personalidad, ser testigo de la muerte de las diferentes versiones de sí misma y caer en los brazos de una IA omnipotente?

La habilidad con la que autora teje situaciones fantásticas en escenarios insólitos es asombrosa y sin, embargo, habla de cuestiones vitales intemporales, como la percepción de uno mismo en el conjunto del universo desde la perspectiva del amor, tomada en el sentido filosófico del término: una virtud que, en el ser humano, implica desplegar bondad de diversas maneras y hacia distintas entidades.

Esto me hace pensar en “Dextrógiro”, un cuento repleto de referencias a Borges y a su minotauro, un viaje a la singularidad que centra la galaxia, en la que el protagonista vive una experiencia sublime de autoconocimiento, entendido como un acto de amor hacia sí mismo.

Lentamente repitió el poderoso mantra de su propio nombre, pugnando por mantenerse uno, por no desencarnarse otra vez; y, en el instante final, cuando su mente estaba siendo separada de su cerebro y la última neurona estiraba inútilmente sus dendritas –al como un niño estira sus brazos hacia la madre del que lo están alejando–, Ariadnoo comprendió ¾tarde, como siempre– lo que le sucedía.

Varios de los relatos de esta antología indagan sobre el amor inter-especies: no se trata de explorar si es posible enamorarse de una criatura de otra especie, algo que se acepta con naturalidad, sino especular sobre cómo se desenvolvería una relación semejante. En “Pterhumano” resuenan algunas de las referencias que impregnan la bibliografía de la autora: me refiero a la influencia recurrente de China Miéville, de sus paisajes urbanos y orgánicos, repletos de criaturas variadas, inmersas en profundos conflictos personales. Las normas sociales imponen una exclusividad sentimental que entra en contradicción con las ansias de libertad del protagonista, un ave antropoide sin alas.

—Algún día voy a volar, ¿sabes? —el tono de Jeroen no tenía convicción alguna. Allí no había más que la declamación de lo que se suponía que tenía que decir.

Shauna se enojó de verdad y escupió con rencor:

—Los pterhumanos no vuelan. Son como los avestruces o los pingüinos, cuyas alas son una farsa. Y tú ni siquiera tienes unas.

La autora ahonda en esta temática en “La poética de la sirenas”, en la que utiliza la historia de amor entre Eleazar Rickman, poeta genético, y Ada Blenders, una mujer construida en base a un poema, para reflexionar sobre los lazos que unen a la obra con su creador. ¿No es todo acto artístico un ejercicio de sublimación de la que devoción que el artista experimenta hacia la belleza?

Y entonces me contó cómo usted lo ayudó a construirme inspirándose en “She walks in beauty”, el poema de Byron. Cómo me llamó Ada por su amor a aquel poeta. Cómo él me dedicó a usted, tal como se dedica un libro…

¿Podría considerarse como una relación entre tales personajes una suerte de incesto? El mayor atractivo de la ciencia ficción, la fantasía y el terror es precisamente su fuerza especulativa, su capacidad para proponer nuevas convenciones sociales, su valentía para desafiar los principios y valores establecidos, y componer nuevos usos y costumbres inter-relacionales.

El mismo tema, desde una perspectiva diferente, se contempla en “El obsequio”. Hamabost Astigar, un pintor de cuadros químicos del planeta Ataun, ofrece su obra cumbre –una nueva forma de vida- a un mundo que necesita liberarse de sus imperfecciones. Parir vida y ofrendarla, como acto supremo de amor hacia el universo, la creación artística como actividad demiúrgica última y reproductiva: el artista infiltra parte de su ser en cada obra y, de alguna manera, se da al universo en el acto creativo.

Y, desenvolviendo el papel de regalo, entregaron a la Tierra el obsequio que habían atesorado durante tanto tiempo.

Dicen que, algunas semanas después—tras una breve campaña que abarcó todos sus territorios conocidos—, la raza humana pereció pulverizada en su más íntima esencia. La victoria de los invasores siempre había sido segura, nada hubiera podido evitarla.

De la premisa anterior parte “Como a sí mismo”, relato en el que la autora ahonda en la relación sentimental de dos clones. La reflexión ética sobre las consecuencias prácticas de la ingeniería genética presenta escenarios desconocidos que atormentan física y espiritualmente el alma de Gastón de Quincey. ¿Se pueden imponer límites morales al afecto entre seres inteligentes y autoconscientes que actúan con libertad?

Se miraron azorados; no era común que dos clones se encontraran en el mismo planeta. Por lo general, los embriones clonados a partir de un donante anónimo, se esparcían por las diversas colonias humanas que necesitaban elevar su población drásticamente. Todo un sistema creado en aras de facilitar la variedad de expresiones de cada individuo sin perder por ello la sagrada “variación genética”.

El amor inter-especie puede comenzar como cariño paterno-filial para transcender y convertirse en un afecto sensual y sexual, transgrediendo las reglas básicas de comportamiento en la civilización humana. Así ocurre en “Otoño”, que es un crítica a la unidad familiar convencional, y que reivindica nuevas fórmulas de organización social y de reproducción. Una de las características más aplaudidas de la literatura de género es la de asumir sin lastres morales conductas inaceptables a los ojos del s. XXI.

Extendió sus cuatro brazos, arropando en sus volutas a la madre y a la niña, uniéndolas y uniéndose a ellas en éxtasis; entonces, de un modo aterrador y sublime, abrió una boca imposible y las tragó mientras aún estaban con vida, y las asimiló lentamente en su ser.

Cualquier relación inter-especies aborda el choque de culturas, el momento en el que cada grupo de seres inteligentes y auto-conscientes se enfrenta con su interlocutor. “A su imagen” examina la conexión de dependencia afectiva y sexual entre un ser humano y otro mitótico, capaz de mudar de cuerpo para rejuvenecer. No puedo dejar de comentar, llegados a este punto, las magníficas frases iniciales, uno de los mejores principios que he leído:

La cosa es así: hay que colonizar.

Y RR/1.111 parecía tan bueno (o tan malo) como cualquier otro sitio. Lo que le llamó la atención fue, simplemente, el número; y el número no decía mucho.

Decía que estaba cerca del borde exterior galáctico, decía que era un planeta no gaseoso, y no decía nada más. Sólo que el azar había combinado el mismo dígito cuatro veces.

Es posible abordar el afecto desde el ángulo de la amistad en un decorado de ciencia ficción, como en “Spider”. Se trata de un auténtico relato de iniciación que reúne elementos de la cultura indígena rioplatense con una conciencia cyborg, que recuerda de nuevo a la Tejedora de Miéville en La Estación de la Calle Perdido, al monstruo Ygramul en La Historia Interminable de Michael Ende, a La Metamorfosis de Ovidio y la mitológica Aracné.

“¿Quién podrá tendernos un puente entre el cielo y la tierra?”, preguntaron los dos hermanos.

“Yo lo haré”, contestó la araña.

“¿Tú?”, dijeron ellos, “¿cómo es posible que tejas una cuerda tan larga y resistente? ¿Y qué nos pedirás a cambio?”

La araña sonrió con su sonrisa tan antigua como el mismísimo universo, y respondió con dulzura: “¿Quién dijo que he de tender una cuerda? Haré que el cielo baje a la tierra. Y sólo pediré a cambio lo que es mío: todo”.

 

Teresa no solo trata el amor inter-especies en esta antología sino que es capaz de elucubrar sobre sus efectos en un viaje temporal, como en “Vidrio Líquido”, al más puro estilo Wells. Una viajera contratada por un retroartista debe descubrir el secreto de las vidrieras de la catedral de Chartres en el siglo XIV, en una ciudad destrozada por la peste negra y por la intolerancia religiosa. ¿Es lícito intervenir en el curso de la historia para proteger el objeto de nuestros afectos?

¿El vidrio es un líquido? ¡Sí…! ¡No…! ¿Y por qué otra cosa estaría sino yo aquí?

Y aquí es más bien “cuándo” que “dónde”.

Dónde, es un sitio particular que me taladra la conciencia: Chartres.

Y cuándo, es el año mil trescientos cincuenta y algo. Después de Cristo… creo.

No sería posible dedicar una antología de relatos al afecto en varias de sus modalidades sin plantear la exploración de su ausencia. “La lámpara de Diógenes” utiliza el análisis clínico de un Femtomívero para poner de manifiesto la falta de empatía en el ser humano, consumido por su propio egoísmo y desafiado por la naturaleza.

El femtomívero volvió a quedarse solo sobre su placa de estudio. No dormía porque no vivía ninguna continuidad. Tampoco descansaba ni moría, porque lo hacía constantemente. Un filósofo se hubiese preguntado si el femtomívero era en verdad uno solo, si no eran, más bien, millones de sucesivos seres. Pero no quedaban ya en la Tierra filósofos humanos. Ni pintores, ni futbolistas, ni ninguna otra cosa que no fueran genetistas.

Leer es un acto de confianza hacia el autor y la función del prologuista es la de asegurar al lector que su elección es acertada, que la obra que se expone a posteriori responde a sus expectativas. No tengo manera de garantizarte que los cuentos de Teresa serán de tu gusto porque te desconozco, lector. Pero, si has llegado a leer hasta aquí, es porque la curiosidad forma parte intrínseca de tu personalidad, porque buscas modos nuevos de abordar las cuestiones que preocupan al ser humano desde su despertar en esta Tierra, porque quieres disfrutar de mundos nuevos, de civilizaciones alienígenas con otras formas de entender la convivencia, porque te interesa saber de qué manera otros seres inteligentes aman.

Te animo a que descubras la propuesta narrativa de Teresa P. Mira de Echeverría, que te dejes llevar de la mano por sus protagonistas, que consientas transmigrar su cuerpo y adoptar alguna de las personalidades que se dibujan a continuación. Porque, al final, Diez variaciones sobre el amor es una declaración de afecto hacia el arte por parte de su autora y tú, lector, formas sin quererlo parte de ella.

 

Cristina Jurado

Dubai, agosto de 2015

Supersonic vuelve a la carga

El rincón de Koreander

ENTREVISTAS, RELATOS, RESEÑAS, ARTÍCULOS Y UN POCO DE MALA LECHE SOBRE LA POLÉMICA DE LOS HUGO CONFORMAN LAS MÁS DE 300 PÁGINAS DE ESTE NÚMERO

El cohete de Supersonic ya ha encendido los motores de su segundo número. La revista de género que recopila relatos, entrevistas, artículos y reseñas sobre literatura fantástica y de ciencia ficción acaba de lanzar su nueva entrega con más de 300 páginas de contenido. Podéis haceros con vuestro ejemplar, al precio de 3 euros, en la plataforma digital Lektu, tanto en formato Epub como Mobi.

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“El segundo número de SuperSonic incluye el relato ‘Curse 2.0‘ del escritor chino Liu Cixin, ganador del premio Hugo 2015 a la mejor novela por The Three-Body Problem, así como la traducción al español de ‘Scales‘ del británico Alastair Reynolds. La ficción en inglés se completa con el relato ‘The Memory-Setter’s Apprentice’ de Alvaro Zinos-Amaro, el colectivo Ghostwords con Aliette de Bodard, y…

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El arte de la supervivencia

La literatura es una criatura deliciosa e imprevisible: cambia de predilección temática cuando uno menos se lo espera, como es habitual por otro lado en cualquier manifestación cultural. Y en lo que respecta al género la tendencia en los últimos tiempos se decanta por los escenarios post-apocalípticos. Station Eleven, de la canadiense Emily St. John Mandel, se presenta como una historia de supervivencia que intenta ofrecer una visión distinta del día después. He leído esta novela junto con Josep María Oriol, cuya reseña podéis encontrar aquí, y Miguel Codony, que ha publicado la suya aquí.

Emily St. John Mandel y su novela

El planteamiento de la narración repite una fórmula muy utilizada, tanto que la que suscribe es culpable de usarla en su propia novela: epidemia mortal, altamente contagiosa, rápidamente extendida, fin de la civilización tal y como se conoce, bla, bla, bla… La historia se centra en las vicisitudes de Kirsten, una joven superviviente, que forma parte de una troupe de artistas ambulantes. La Symphony conjuga actores y músicos que se dedican a entretener a las comunidades rurales desperdigadas por la zona de los grandes lagos estadounidenses. Porque los supervivientes han huido de las ciudades y se han refugiado en el campo o en los suburbios, lo más lógico en un momento en que la vuelta al cultivo del campo, a la ganadería y a la caza es la única posibilidad para sobrevivir. El mundo entero se vuelve “bio” por necesidad.

Esta premisa, como veis, no tiene nada de original: la vida es dura y ya no existen las comodidades de las que, actual y habitualmente, disfrutamos. Otras historias que tratan este mismo asunto, desde La carretera a Soy Leyenda o la española Cenital, lo hacen desde una óptica bastante negativa. Station Eleven es bastante más optimista y los supervivientes son capaces de reunirse y vivir en un entorno mucho menos amenazador que en las dos obras mencionadas. Esto no quiere decir que no existan peligros, pero de alguna manera se presentan de una manera bastante dulcificada. Es aquí donde empiezan los problemas: puedo comprar la epidemia, pero no se explica nada del virus. Si un microorganismo es tan contagioso y letal, no es efectivo, porque acabaría con su hospedador antes de poder infectar otros. Necesitaría un periodo de incubación mucho más largo que unos cuantos días. Otro de los problemas que se plantean es el reagrupamiento de los supervivientes. En un país tan grande como USA, ¿simplemente se encuentran por los caminos? Se habla muy de pasada del caos que reinaría en las ciudades, sin entrar en los problemas. Los supervivientes consiguen provisiones casi milagrosamente, etc, etc, etc.

La narración se vertebra alrededor de la historia de Kisten y de varios personajes relacionados con ella de una u otra manera. Hay flashbacks que permiten conocer el pasado de la chica, su origen y su fascinación con un comic que da título al libro. Precisamente mi buen amigo Josep María, del blog Voracilector, me pregunta cómo integra la autora el comic Station Eleven en la trama de la novela. Es uno de los aspectos más interesantes y atractivos de esta novela: para mí, el comic actúa como el mortero de la historia. Es el elemento conducto de la trama, además de servir para dar el giro argumental más importante. En realidad, en la primera parte del libro se nos descubre la gestación del cómic, mientras que en la segunda parte se narra sus vicisitudes una vez publicado. Confieso que la idea de que un comic pudiera convertirse en el libro sagrado de un culto me pareció muy atractiva, y apela a ciertas inquietudes humanistas que persigo. Porque, al final, poco importa lo que esté escrito ni qué clase de libro se considere sagrado. Lo decisivo es lo que sea interpretado a partir de ese contenido, que puede ser algo tan prosaico como un comic sobre las peripecias de una colonia humana en el espacio, como el comic “Station Eleven”.

El supuesto comic que da título a la novela

Otra de las ideas que creo merece la pena destacar es la importancia que la autora da a las artes en una situación límite como es el fin del mundo tal y como está organizado actualmente. En un panel sobre naves gerenacionales al que asistí en la LonCon, la convención internacional de ciencia ficción y fantasía del verano pasado, se hablaba de la importancia de que la tripulación de una nave que fuera a viajar durante varias generaciones por el espacio estuviera compuesta por científicos y técnicos. A mi pregunta de a qué quedarían relegadas las artes y quienes las practican, el panel comenzó a especular sobre la necesidad de incluir bibliotecas, pinacotecas, librerías musicales, etc… así como gentes que supieras de ellas. En honor a la verdad me fastidiaba bastante ver que yo, por ejemplo, no tendría cabida en una nave generacional. Pero la discusión empezó a analizar la importancia y el papel de las artes para el enriquecimiento del ser humano y, ulteriormente, su supervivencia.

Creo que Emily St. John Mandel entiende las prácticas artísticas como una forma de mantener la cordura en un momento de crisis máxima, de anclar al ser humano en la sociedad: nos permite reunirnos para disfrutar de ellas, nos exige cierta disciplina en los ensayos, nos alimenta espiritualmente en un momento en el que las necesidades básicas ya no están cubiertas… De alguna manera entiendo que la escritora hace apología del arte como una de las cosas que hace que el ser humano sea precisamente “humano”. Y la reflexión se extiende en que, para sobrevivir, no solo es necesario cubrir las necesidades vitales: el museo de Clark, el propio comic, las representaciones de The Symphony…

Mi querido amigo Miquel Codony de la Biblioteca de Ilium, me pregunta a qué atribuyo el éxito de esta novela (Station Eleven ha ganado el Arthur C Clarke Award, ha sido finalista de algunos de los principales premios literarios generalistas como el National Book Award o el PEN/Faulkner Award, además de estar considerada como una de las mejores diez novelas del año por el Washington Post, Time, Kirkus y seguro que me dejo alguno. También ha recibido críticas extremadamente positivas por parte del NY Times y The Guardian). Una de las razones de su éxito es su capacidad para acercar la ciencia ficción a un público más mainstream. El hecho de que haya sido nominada a galardones generalistas creo que así lo demuestra, lo mismo que el que haya sido incluida en las listas de medios como los ya mencionados. Es una tendencia que está tomando fuerza en los últimos años (véase la trilogía The Southern Reach de Jeff VanderMeer). Se trata de utilizar temáticas/escenarios/situaciones/

tratamientos procedentes de la ciencia ficción, la fantasía y el terror en historias que sean fácilmente reconocibles e interpretables por parte de la mayoría del público. Emily St. John Mandel no se arriesga, ni siquiera en la estructura, y traza personajes con los que la juventud, la masa consumidora que el marketing adora, puede identificarse fácilmente. En el caso de las estructura, aparentemente hay voluntad de innovar con flashbacks que se mezclan con la narración del presente, pero no se trata más que de un artificio para empaquetar la historia, en mi opinión, que tampoco aporta demasiado a la acción.

Comprendo que para los lectores que no leen habitualmente ciencia ficción, fantasía y terror pueda ser una obra atractiva, y creo que entretiene y hace reflexionar sobre temas interesantes de nuestra sociedad, como todas las historias post-apocalípticas. Pero creo que va a saber a poco a los aficionados a estos géneros: realmente no ofrece nada nuevo, ni siquiera estructuralmente, y hay algunas cuestiones de la historia que son tan cuestionables que amenazan su credibilidad. Una novela correcta y poco más. Por sus características, no me extrañaría que se convirtiese en película o serie de TV.