CloroFilia

No sé si al que lea esto le pasará, pero a mí me resulta más sencillo hablar de las obras de los demás, declarar mi admiración, descubrir sus secretos… Porque no es fácil hablar de uno mismo sin caer en la presunción o en la falsa modestia.

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Pero hoy no es un día para contemplaciones: hoy sale al mercado CloroFilia, una novela corta que la Editorial Cerbero publica en su colección Wyser de ciencia ficción. Con una impresionante ilustración de Cecilia G. F., esta historia es el fruto de mi colaboración con esta joven editorial gaditana dirigida por el incombustible Israel Alonso.

Esta novela se desarrolla en un mundo post-apocalíptico arrasado por un monstruo formado de infinitas partículas en suspensión. La vida, tal y como la conocemos, solo puede sobrevivir en hábitats aislados del exterior que se conocen como El Claustro. La historia explora principalmente los efectos de un encierro prologando en un grupo humano, y trata  también sobre la locura colectiva. Hay música, mucha, que sirve para algo más que para deleitar los sentidos, y hay un joven, Kirmen, que es y no es humano.

Os emplazo a que descubráis esta historia y a que me hagáis llegar vuestras opiniones. Aquí podéis leer el inicio de la novela.

 

Cero.

El fin del mundo lo pilló con la muerte en la garganta y corriendo contra el viento. Objetos que volaban en sentido contrario, un estruendo envolviendo la escena, que era una herida en la realidad.

Tenía que seguir avanzando.

El polvo le impedía ver más allá de unos cuantos metros, pero el bordillo de la acera a sus pies le indicaba que se dirigía en la dirección correcta. A pesar de que era un hombre corpulento, a veces se veía obligado a agarrarse a una farola o a un quiosco para que la ventolera no lo levantara. Estaba obligado a luchar contra la furia invisible que lo estaba arrasando todo.

Tenía que llegar.

 

 

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El CliFi británico-español de Marian Womack: “Black Isle”

Hace unas semanas decidí sumarme a la iniciativa #AdoptaUnaAutora, diseñada por un grupo de blogueras para incrementar la visibilidad de las autoras de ciencia ficción, fantasía y terror en nuestro país. Me parece una acción necesaria para llamar la atención sobre un colectivo a menudo olvidado pero que, a fuerza de empeño y talento, está haciendo que desde los medios de comunicación, el público y la crítica se comience a valorar su trabajo.

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Esta es una de las fotos que más me gustan de Marian Womack, rodeada de libros, con esa mezcla de fragilidad y determinación en la mirada

En mi caso, lo tenía claro: tenía que “adoptar” a la única persona que, hace un par de años, respondió a una pregunta desesperada que hice en mi muro de Facebook: “¿hay alguna editorial en España que publique a autores españoles que escriben también en inglés?”. Su nombre era, es, Marian Womack, una de las dos cabezas pensantes de la editorial Nevsky. Me respondió porque, bueno, no sé si lo sabéis, ella misma escribe en inglés y en español. A partir de entonces he tenido la oportunidad de trabajar con ella en varias ocasiones y hoy quiero hablar de la segunda vez que lo hicimos, cuando en 2014 me lancé junto con mi amiga Leticia Lara a editar una cosa muy extraña que no se había hecho todavía en España: publicar una antología de cuentos de ciencia ficción escritos por mujeres en español. Me refiero, claro, a Alucinadas (Palabaristas).

Recuerdo que contacté, entre otras, con Marian para saber si tenía un cuento que pudiera encajar en la antología. En aquella ocasión, y como no sabíamos con qué nos íbamos a encontrar, Leti y yo habíamos decidido articular el proyecto de dos maneras: con una convocatoria abierta y pidiendo historias directamente a una lista de más de 30 autoras españolas y latinoamericanas que en algún momento habían escrito literatura de género. Marian tenía en mente una historia que había concebido directamente en inglés, “Black Isle”, y le pedí que la tradujera al español.

Cuando leí por vez primera este cuento sentí una extraña familiaridad. ¿Sabéis esa sensación que se tiene cuando escuchas una canción por primera vez que te resulta incomprensiblemente conocida? Pues es eso. Me gustó mucho la idea, que hoy diríamos que es muy “Black Mirror”, pero lo que me atrapó finalmente fue la prosa. Estaba escrita con un cuidado y un esmero en cada palabra, en cada frase, que podía cerrar los ojos e imaginarme a Marian ante el ordenador, re-escribiendo, editando, puliendo.

“Black Isle” trata la historia de un hombre devastado por un sentimiento de culpa, un científico que desarrolla animales artificiales para repoblar las especies desaparecidas en la Tierra, pero que fue incapaz de salvar la vida de su esposa cuando a esta le fallaron sus órganos. La culpa borra los contornos del protagonista, lo sume en una neblina de melancolía y olvido, le impide establecer relaciones personales duraderas y satisfactorias. Y, de fondo, una naturaleza artificial que se comporta de manera extraña, es decir, se comporta como la naturaleza lleva haciendo siglos, regulando su propio destino. Este es un tema que, por mis conversaciones con la autora, sé que le preocupa e interesa. Además, creo que es un tipo de temática sobre la que vamos a ver más historias en el futuro y yo espero, secretamente, que muchas sean de manos de la propia Marian.

Una de las razones por las que recomiendo las historias de esta autora es por su atención a los detalles. Me fascina ver el mimo con el que realiza sus descripciones, a veces centrando la narración en pequeños detalles que son muy reveladores. Creo que su estilo refleja a la perfección su personalidad y vivencias personales, con una influencia marcada de autores anglosajones y españoles que la convierten en una creadora única en el panorama internacional actual.

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Podéis leer “Black Isle” en español en Alucinadas y en inglés en Spanish Women of Wonder, ambas de Palabaristas. Creo que es una manera estupenda de sumergirse por primera vez en el universo de esta autora, que estoy segura de que nos va a dar muchas alegrías en el futuro.

 

 

Inchworm

Inchworm

Cristina Jurado

 

El vídeo de la canción “Ashes to Ashes” me persigue desde que lo vi por primera vez, con ocho años. Me fascinaba y me daba miedo por igual. Hay una imagen que se repite dos veces durante el vídeo (en 2:17 y 3:23): es la de David Bowie colgado en una pared, en una especie de sistema de soporte vital, con un montón de tubos que salen de su traje. Cuando investigué, encontré que Bowie se había basado para la tonada final en una canción infantil que interpretaba el actor Danny Kaye en Hans Christian Andersen (1952), una de sus películas favoritas. Este relato es una exploración de mi obsesión con la canción de Bowie.screen-shot-2016-01-11-at-16-57-14

 

“Something like ‘Ashes to Ashes’ wouldn’t have happened if it hadn’t have been for ‘Inchworm.’ There’s a child’s nursery rhyme element in it, and there’s something so sad and mournful and poignant about it. It kept bringing me back to the feelings of those pure thoughts of sadness that you have as a child, and how they’re so identifiable even when you’re an adult.” 

“David Bowie: Interview”, en la revista Performing Songwriter, 2003

 

La madre, una nave globular. Cordones umbilicales que alimentan, evacúan, hidratan, calientan y monitorizan. Un hijo en el seno materno de un embarazo ectópico, pasajero de un útero de fibra exótica, viajando por las entrañas del universo, a una de esas velocidades teorizadas por científicos sin dinero para investigar, que substituyen la falta de medios con imaginación.

Está colgado a una pared que puede ser el suelo, o quizás el techo, porque no hay arriba ni abajo, izquierda o derecha, centro o extremos. La gravedad cero es una manta que lo arropa, una sensación familiar y tranquilizadora que mantiene su cerebro a flote. Siente fluidos entrar y salir de su cuerpo, oye un ruido, como el de una tetera que borbotea, y recuerda unas tazas de porcelana inglesa con rosas pintadas a mano y bordes dorados sobre un mantel de flores marrones y naranjas. Fuera hace frío y llueve, pero dentro el ambiente era cálido y acogedor, y Peggy retira la tetera del fuego y vierte el agua humeante en las tazas. Hay un plato de galletas de jengibre, y mientras su madre añade leche a las tazas, él tomaba una y la mordisquea a la espera de que el té se enfríe un poco. También hay un hermano mayor y un padre en alguna parte, pero no en este recuerdo.

La nave cuida de él, le aporta los nutrientes que necesita, realiza ajustes en su cuerpo. Él siente dilataciones y contracciones pero no puede localizarlas en ninguna parte concreta de su anatomía. Ahora mismo se sentaría a tomar una taza de té en la cocina de Bromley. Si se esfuerza, hasta puede sentir el jengibre en la boca, el mismo de las galletas que tanto le gustaban. Pero no hace falta porque, al poco de pensarlo, siente el sabor rascándole la lengua. Y se relame.

“Gracias Peggy”.

Todavía no le sale llamarla “madre”.

Cada vez que piensa en Houston le entra la risa y las paredes se ríen con él, proyectando en todas direcciones el eco de la carcajada. ¡Cuánto desearían aquellos cabrones que estuviera retransmitiendo lo que ve! En Control deben haberlo dado por muerto y en el informe se referirán a él como “fallecido en acto de servicio”. Pero él está vivo, sintiéndose mejor que nunca, y puede reírse de ellos desde su privilegiada matriz.

Abrió la escotilla y se lanzó a las estrellas. Tuvo cojones para hacerlo.

Nunca hubiera muerto en directo, como Houston quería, su agonía retransmitida a todos los televisores del planeta rompiendo la barrera de los datos de audiencia. “Si algo va mal”, le dijeron, “mantente dentro del plano para que podamos grabarlo”. Con fines estrictamente científicos, no se cansaban de repetirle, pero el cohete estaba repleto de productos que él tenía que enseñar a cámara en momentos precisos: la camiseta de los Miami Gators en el momento en que llegase a la órbita nominal programada; los refrescos de Landa al menos tres veces al día; el reloj Cosmos cada vez que Houston entablaba una conversación, o la gorra de AirAmericana en cuanto la maniobra de despegue hubiera concluido. Apuesta cualquier cosa a que habrían utilizado su muerte para vender pólizas de seguro, automóviles o champán de nombre francés. Se imagina al agregado del Departamento de Defensa frotándose las manos con el nuevo drama nacional, y a los ejecutivos de la cadena GNN, que poseía en exclusiva los derechos de emisión, haciendo proyecciones de los ingresos en publicidad.

Los ha jodido, pero no siente ninguna pena. De todas formas, el que está vagando por los intestinos del espacio, lejos de Bromley, es él. Los de Houston, con todos sus agregados, ejecutivos, directores, doctores e ingenieros, están ahora en sus casas, retozando con sus esposas unos, peleando con ellas otros, ignorándolas los más.

(El resto de “Inchworm”, junto con muchos muchos más relatos, se pueden leer en la antología de relatos WhiteStar  en la plataforma Lektu. Todos los beneficios de esta obra están destinados a la Asociación Española Contra el Cancer AECC) #WhiteStar

BOLA EXTRA – Sangre Fucsia #120 – Grandes Damas de la Ciencia Ficción actual

Nos parecía una idea muy “año nuevo, vida nueva” comenzar este 2017 con una Bola Extra del programa dedicado a las grandes damas de la fantasía y la ciencia ficción actuales. Contamos c…

Source: BOLA EXTRA – Sangre Fucsia #120 – Grandes Damas de la Ciencia Ficción actual

La fantasía española se une bajo la sombra de David Bowie con fines solidarios

Esta es la introducción de WhiteStar, la antología de textos fantásticos que Palabaristas acaba de publicar como ebook a través de la plataforma Lektu y cuyos beneficios irán íntegramente a la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC).

Introducción

Supongo que, si eliminamos toda la teatralidad, el vestuario y las capas externas de lo que hago, soy un escritor… yo escribo.

(David Bowie)

El 10 de enero de 2016 David Robert Jones, más conocido como David Bowie, fallecía en Nueva York víctima del cáncer. Tenía 69 años. Dos días antes había celebrado su cumpleaños, un hecho que hizo coincidir con la publicación del que sería su último trabajo musical, Blackstar, un álbum al que daba título el símbolo de una estrella negra. Era su álbum número veinticinco y el primero en el que no aparecía en la portada (a excepción de su segundo disco con Tin Machine, Bowie siempre se mostraba de alguna manera en las carátulas de sus trabajos). En noviembre y diciembre del año anterior, el público había podido disfrutar de dos singles, “Blackstar” y “Lazarus”, que aparecieron con sendos videoclips muy elaborados y repletos de una rica simbología.

Ahora sabemos que Bowie se estaba despidiendo.whitestar1-2-baja

En las horas posteriores al fallecimiento del cantante las redes sociales se encargaron de amplificar su vida y obra a través de mensajes, recordatorios, vídeos, entrevistas antiguas, fan art… El ciberespacio resultó ser un escenario ideal para recordar la figura de un artista integral que se definía así mismo como narrador de historias que, las más de las veces, cantaba, pero que también pintó e interpretó. Lector ávido y confeso, utilizaba técnicas como el cut up para elaborar las letras de sus canciones.

¿Cómo no se nos iba a ocurrir organizar una antología de historias basadas en su exuberante universo? Él, que representó al alien visitante de la Tierra varias veces durante su vida, que encarnó a varios monstruos porque fue vampiro, Hombre Elefante y rey de los goblins, que se lanzó a las estrellas para iniciar y terminar su carrera, ha logrado crear tantos alias, tantas historias y tantas tramas tan íntimamente relacionadas con la fantasía y la ciencia ficción, que explorarlas era casi una obligación para quienes lo admiraban, por alguna razón o por muchas.

La antología que tienes entre tus manos no está compuesta por relatos convencionales porque Bowie tampoco fue un tipo convencional. Siguiendo su estela, los autores y autoras que se sumaron a la llamada que realicé, allá por enero del 2016, han tenido total libertad para imaginar mundos más allá de este que nos contempla. La premisa era sencilla: cada autor debía escoger una canción o un personaje del panteón del cantante británico en el que basar su creación. Vas a encontrar poemas, relatos de corte clásico y otros que alternan varios puntos de vista, artefactos que aúnan la imagen y el texto, y hasta singularidades, todos ellos en orden cronológico según la fecha de salida de la canción, película u obra de teatro en la que se inspiran. Vas a medirte con Ziggy, Jerome Newton, Aladdin Sane, Lazarus, Tesla y con el Comandante Tom, buscarás en el laberinto a Jareth, soportarás la inmortalidad con John Blaylock, acamparás en Marte, verás caer muros, contemplarás un desfile de seres mutantes y navegarás por las estrellas -¡Oh, sí, lo harás!- en las naves imaginarias creadas por escritores y escritoras de España, Uruguay, Argentina, Colombia y México.

Quiero agradecer a Cristina Macía por poner a nuestra disposición su casa, que es la editorial Palabaristas, y por traducir de manera magnífica el cuento que el autor británico-israelí Lavie Tidhar escribió especialmente para este proyecto. No tengo palabras con las que expresar mi gratitud hacia Lavie que ha demostrado que, además de un extraordinario escritor, es una persona con un gran corazón. Thank you, Lavie! Ana Díaz Eiriz, fiel diseñadora, ha conseguido crear una portada espectacular que captura la esencia del Bowie camaleónico que todos admiramos. Quiero agradecer también a mi compañera María Leticia Lara Palomino por su trabajo incansable en las labores de edición, y a Israel Alonso por ayudarnos cuando nos faltaban ojos e ir más allá. Sin ellos, este libro nunca hubiera sido posible.

Rafael Cervera no lo dudó cuando le propuse escribir un prólogo que estuviera a la altura de nuestra empresa. Su profundo conocimiento sobre la obra y la figura de Bowie es el ingrediente que faltaba para que este libro cumpliera su cometido y fuese un hermoso tributo a su legado.

Si Blackstar es el testamento musical de David Bowie, WhiteStar quiere ser una celebración de su trayectoria como artista. De ahí el nombre, una imagen en positivo del título de su último álbum. Por ello, todos los beneficios que se obtengan con la venta de este libro irán a parar a la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC): ninguno de los que estamos involucrados entenderíamos nuestra participación de otra manera que no fuera solidaria ya que, desafortunadamente, todos hemos sentido en nuestras familias, grupo de amigos y conocidos, o incluso en nuestras propias carnes, el ensañamiento de esta enfermedad.

Por eso, este libro está dedicado a Pat Cadigan, una de las autoras más importantes de ciencia ficción en la actualidad y alguien que conoce muy de cerca la lucha contra esta dolencia. La forma valiente y llena de sentido del humor con la que afronta su lucha difícil y dolorosa nos enseña que el verdadero super-poder está en mantener una actitud positiva ante las circunstancias más adversas. ¡Y ella tiene super-poderes, damos fe!

Transformemos, pues, como ella el dolor y los sentimientos negativos en algo positivo y constructivo: imaginemos historias.

Estoy segura de que a David le hubiera gustado así.

Cristina Jurado

Dubai, septiembre de 2016

Reseña: “Pronto será de noche” de Jesús Cañadas

Esto no es una reseña: es la crónica de una lectura.

El libro descansa encima de la mesa. Su cubierta es sombría y desestabilizante, solo un par de símbolos en tonos oscuros, casi goyescos. Abres y el negro se traga tus ojos: hay un toro blanco en campo de noche con una cruz grabada a hierro. Paso la página y sigue la oscuridad.

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Foto de MeetMr.Campbell http://meetmrcampbell.com

Ahora es la osamenta de un carnero.

Arriba, la palabra “Insomnia”. Abajo, “Valdemar”.

Llega la historia y empieza la sed que me acompañará todo el camino. El papel irradia un calor infernal que me quema la glotis y araña mis cuerdas vocales: descubro la anatomía de mi propia garganta desde la primera página.

Intento salivar para aliviar la sensación de deshidratación.

No lo consigo y me dirijo a la cocina.

Me paro delante del congelador y meto la mano en el recipiente que mantengo lleno de cubitos de hielo. Tomo un par de ellos y me humedezco los labios. Sitúo los hielos sobre la lengua y dejo que se vayan deshaciendo, saboreando el agua fría que desprenden, dejando que los hilos de plata enjuaguen mi garganta sedienta.

Leo nombres: Samuel, Ruth, Alicia, Abreu, Alfonso, “el hippie”, Tote, David, Inés, el médico, Cándido, Gzhala.

Son los personajes.

Hay una carretera infinita.

El calor aplasta varias filas de coches contra el asfalto durante decenas de kilómetros, como una inmensa cremallera que rompe la tierra en dos y deja ver sus entrañas.

Puedo oír a las moscas sobrevolando las escenas de día, y a las cigarras estridulando desde los márgenes cuando la acción sucede de noche.

La muerte es la autoestopista de este viaje estático, una presencia inmanente que arropa a cada personaje con el amor de una madre entregada. Cada uno de los personajes tiene su infierno personal, que es su coche, en el que permanecen encerrados con una obstinación inexplicable.

Huele a neumático recalentado, a alquitrán derretido, a gasolina quemada, a orines y a sudor. La humanidad y el paisaje se van licuando en este corredor de la muerte a cielo abierto.

Se dejan sentir Cortázar y Rulfo, pero el drama podría ser también lorquiano, uno de esas tragedias que inciden en la raíz de nuestro inconsciente colectivo.

Cada noche trae un asesinato, y cada día, nuevos sospechosos.

Este thriller ibérico va dejando un reguero de cadáveres que empieza a apestar y yo solo quiero saber quién va a seguir vivo mañana. A veces parece que los personajes me estén gritando desde las páginas para que les ayude, para que les pase unos buches de agua, para que corra a la página 253 y les diga si Cañadas los ha indultado.

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Ninguno quiere morir, a pesar de estar sumergidos en un mal sueño, pegajoso, que no parece terminar nunca.

Voy contando esqueletos. Uno a uno, los personajes van cayendo, a veces solos… otras, viajan con más muertos en el maletero.

Hacia el final, hay un momento en que algunos abandonan sus coches y se adentran en la cuneta, recorriendo varios kilómetros para encontrar la locura bailando en unas ruinas cercanas. Los locos no tienen miedo a morir, como si eso les sirviera de amuleto contra la muerte.

Pero en esta historia nadie está a salvo.

Me pregunto si yo lo estoy.

Entonces escucho quejidos infantiles: uno, tres, quince… cincuenta y dos y, de pronto, las llamas envuelven la escena. El fuego me quema las pestañas si me acerco demasiado a las páginas, y huele a piel abrasada, a huesos calcinados, a grasa asada. Piras de cuerpos que se retuercen entre los naranjas y los amarillos, aullidos de dolor que rompen el silencio de la noche.

Quiero que el atasco termine de una vez, que los motores arranquen y me saquen de este tanatorio.

Quiero, necesito, me urge un final, aunque no sea feliz.

No me interesa que el protagonista encuentre el amor, o que alguna ayuda llegue. Solo quiero que esto termine, que la sed me abandone y que el dolor cese para los personajes.

Morir es hermoso, cuando la vida implica un sufrimiento inhumano.

Maldigo a Cañadas y los personajes lo maldicen conmigo. ¿No podías haber escrito una de aventuras? Sí, hombre, una de esas historias donde el bueno se redime después de pasar por incontables pruebas y los villanos se reconocen por su maldad cáustica.

En esta novela, todos pierden. Quizás lleven muertos mucho tiempo y este sea el limbo donde los has llevado para volverme loca, autor.

Llego a la última página.

La historia concluye en letras impresas, pero sigue desarrollándose en los recovecos más ocultos de mi mente.

¿Qué me has hecho, Cañadas?

¿A dónde me han llevado tus palabras?

He aprendido que el fin del mundo está a la vuelta de cualquier curva, que no hace falta castillos embrujados o casas encantadas para que el mal se ponga al volante de la realidad.

La realidad es el mal, Cañadas, y tú, su escribiente.

Afuera, las sombras se dilatan y devoran los contornos de mi campo de visión. Permanezco acurrucada algún tiempo, en el suelo de la cocina, cerca de mis reservas de agua. Si me muevo, sé que los muertos del libro vendrán a visitarme, estoy segura. Sus figuras se recortarán contra la luz mortecina de este atardecer y me pedirán explicaciones ¿por qué no nos ayudaste? ¿por qué seguiste leyendo?

Resistiré aquí hasta que la luz desaparezca y no puedan formarse ante mis ojos, por eso los mantengo cerrados.

Cuento los minutos para poder entrar en la seguridad que proporciona la oscuridad.

El libro me acompaña en este suelo, objeto repulsivo del que no puedo desprenderme.

Entreabro los párpados y empiezo a calmarme.

Parece que, pronto, será de noche.

“La polilla en la casa del humo” de Guillem López

Esto no es una reseña, es una experiencia lectora.

Foto por Meetmrcampbell ( http://meetmrcampbell.com )

Guillem López – Foto por Meetmrcampbell ( http://meetmrcampbell.com )

He terminado La polilla en la casa del humo de Guillem López (editorial Aristas Martínez) y las manos se me han quedado pegadas al libro.

Mis yemas se han ido derritiendo conforme leía y ya no recuerdo cuándo se fusionaron con las cubiertas de la novela. Las extrañas formas que aparecen en la portada las están devorando y, muy pronto, mi espíritu terminará en el estómago metálico de alguna criatura del inframundo.

No recuerdo haber leído un western subterráneo antes, una historia en plan Solo ante el peligro bajo tierra, aunque el peligro sea el protagonista. Sí, ese que tiene nombre de número.

Veintiuno.

21.

Siento debilidad por los personajes despreciables, qué le voy a hacer.

Veintiuno es lo peor de cada casa, la cicatriz de todas las familias, la sal que se vierte sobre la herida recién hecha, la alucinación que te monta un oasis donde solo hay desierto, el correveidile, el alcahuete, el Judas adolescente, el Holden Caufield que guarda los campos de centeno.

Es tan canalla, tan lógicamente ruin que quieres hacerte una camiseta que diga “Todos somos Veintiuno”.

Es el lugarteniente del malvado, resentido por carecer de protagonismo, que quiere quitar al jefe de en medio.

Es el chaval del que han abusado en su juventud y que se endurece a fuerza de palos.

Es el segundón, el eterno Nº2 que quiere ser el Nº1. Tal vez el nombre se componga de ambos números por eso.

Podría sentir simpatía por él y todo.

Solo que su perversidad es tan sólida como los muros que lo rodean y entre los que se ha criado, un mundo ciego, sin horizonte, un mundo donde cualquier punto de luz es un milagro, donde la vida es casi una anomalía porque el entorno es tan hostil que, apenas sin darte cuenta, te curte hasta que te conviertes en un muro de piedra.

Podría sentir simpatía por él y todo.

Solo que puedo olerlo desde aquí, y aunque mis yemas están pegadas al libro y no puedo taparme la nariz, la arrugo con la esperanza de que la hediondez que emana de Veintiuno pase de largo.

Cuanto más leía, más me atrapaban las arenas movedizas que son sus páginas. El mundo de los topos humanos, o los humanos topos, se cierra como un cepo sobre mis carnes.

Y ya no sé si leo sobre Veintiuno o sobre mí.

Y desconozco si la polilla soy yo o si alguna vez lo fui.

Quiero arrastrarme hacia la luz que hay al final de este túnel sinuoso y eterno que esta novela.

No quiero acabar enterrada viva.

O, quizás, la polilla ¿eres tú?