‘Tau Zero’: Hasta el infinito y más allá

Como veis, el blog se ha levantado hoy juguetón y ha decidido adornar el título del artículo con una desconcertante referencia al universo Disney. ¿Qué tiene que ver la fábrica de estereotipos más americana y empalagosa con una de las obras cumbres de la ciencia ficción “dura”? Mucho más de lo que podríais suponer, sufridos lectores.

No nos engañemos. Tarde o temprano, tenía que hablar de Tau Zero del escritor norteamericano Poul Anderson. El blog, en su ilimitada sabiduría o infinita hostilidad, aún no lo sé, impone temas según empiece el día. Parece que esta mañana se ha apoderado de él un espíritu edulcorante que me ha hecho sacar de la estantería la novela en cuestión.

Quiero dejar constancia que, en líneas generales, Tau Zero es una historia bastante entretenida que resulta interesante en muchos momentos. Lo malo es que, en otros muchos, el lector tiene que hacer frente a estereotipos tan claros como predecibles. El problema no está en el tema sino en los personajes.

La premisa de la que parte la narración es muy prometedora. La nave Leonora Christine viaja por el universo a velocidades extraordinariamente cercanas a la de la luz para llegar a un sistema estelar lejano. Una tripulación compuesta por idéntico número de hombres y mujeres pretende explorarlo para instalar una posible colonia  y retornar a la Tierra con datos frescos.

Algo sale mal. Generalmente, en los trayectos interestelares siempre hay algo que sale irremediablemente mal. En este caso, y aunque parezca un guiño a las historias de gánsters, son los frenos los que no funcionan.  Como la nave no puede desacelerar, su trayectoria se ve alterada de manera que nunca llegará a su destino. Por otro lado la velocidad relativista que alcanza, representada por la disminución del valor “Tau”, provoca una discordancia extrema entre el paso del tiempo en el interior de la nave con respecto al exterior. La Leonora Christine viaja tan rápido que su tripulación solo envejece unos meses, lo que equivale a miles de años en la Tierra. El drama está servido.

50 almas perdidas en el Universo, sin posibilidad de retornar a su mundo original, abocadas a un viaje perpetuo y sin conocer si alguna vez serán capaces de finalizar un periplo interminable… Lo lógico sería que los conflictos estallaran, que la locura se apoderase de algún miembro de la tripulación, que la tragedia se hiciera presente. Sin embargo, los viajeros se comportan de una manera asombrosamente civilizada dadas las circunstancias y la vida a bordo continúa su curso con una pasmosa y poco creíble normalidad. La nota colorida la pone la promiscuidad que se instala en la pequeña comunidad y que, por otro lado, no deja de ser la consecuencia natural de las circunstancias. El tema está tratado de una manera casi aséptica, con conversaciones superficiales y anodinas en las que los personajes se enfrentan a conflictos potencialmente intensos de manera increíblemente pasiva.

La vertiente científica de la historia, es decir, la explicación de las fuerzas relativistas, los sistemas de propulsión y desaceleración, la disonancia temporal, etc, están tratados de una forma tan rigurosa que el autor llega a incluir fórmulas matemáticas en el texto. Anderson consigue así explicar conceptos complejos de forma que el grueso de lectores profanos en la materia llegue a entenderlos.

Sin embargo, los personajes reciben un tratamiento unidimensional que no permite profundizar en los conflictos interpersonales. La tensión social que se masticaría en una situación semejante, no hace sino emitir ligeros eructos. El debate interno sólo se atisba cuando se propone la posibilidad de tener descendencia a sabiendas del destino poco prometedor de la tripulación. El remate a tanta inverosimilitud está en el final de la novela, que no quiero adelantar para los que se animen a leerla. Quiero decir que en una historia de ciencia ficción, prácticamente todo es posible… excepto un final previsiblemente azucarado. De ahí la comparación con las tramas de Disney en la que los personajes se caracterizan por estar domesticados, sin aristas ni niveles de complejidad, y en las que los finales se anticipan con facilidad y acaban entre sonrisas.

El origen escandinavo de Anderson hace pensar que probablemente conociera el poemaAniara (publicada en 1956) del escritor sueco Harry Martinson, convertido posteriormente en ópera. En la obra del sueco, una nave espacial que se dirige a Marte es desviada accidentalmente de su trayectoria y lanzada fuera del sistema solar. Una inmensa tristeza se apodera de la tripulación, que no encuentra consuelo ni distracción. Personalmente Tau Zero me recuerda de lejos a la canción Space Oddity de mi admirado David Bowie, aunque éste se inspirase en 2001:Odisea Espacial, la película de Kubrick. La desolación de la música de Bowie y las palabras del Mayor Tom despidiéndose de sus seres queridos en la Tierra, transmiten los sentimientos de abatimiento y frustración que producirían un viaje sin retorno. Sin embargo, creo que Bowie fue más valiente en el planteamiento de su canción que Anderson en el de su historia.

El blog, por su parte, sigue pensando que merece la pena leer Tau Zero porque es una obra representativa de la ciencia ficción ‘dura’ y porque, claro que sí, los amantes de este género también puede ser fans de Disney.

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