Clones abandonados a su destino

A quienes se empeñan en afirmar que el blog es un ser inanimado, debo contestarles que se equivocan. Ya conté en la última entrada que es capaz de sentir rencor cuando me atreví a criticar a su admirado James Cameron. Esta semana no he dado abasto pasándole un pañuelo de papel tras otro, con los que se ha enjuagado sus lágrimas digitales. Leíamos Nunca me abandones de Kazuo Ishiguro (Anagrama). Porque el blog podrá ser un ente inanimado, pero no es insensible.

Algunos de vosotros mencionasteis este título cuando en Twitter pedimos que revelarais vuestro libro preferido de ciencia ficción. Encuadrado en la categoría “soft” o “blanda” del género, presenta una historia que se desarrolla en un pasado imaginario de un Reino Unido frío y poco acogedor. Quiero decir, más frío y poco acogedor de lo que ya es (que me perdonen los simpatizantes de las islas británicas).  La trama gira entorno a las relaciones lo largo de la infancia, adolescencia y juventud de tres clones concebidos exclusivamente para donar sus órganos.

Ishiguro logra sobrecoger al lector a lo largo de casi 300 páginas utilizando una narración en primera persona que destila una ingenuidad casi intolerable. Si bien hay quienes critican la evidente pasividad de la narradora, yo me inclino a pensar que se trata de una licencia del autor que consigue resaltar el horror escondido en las prácticas deshumanizadoras de un programa de ingeniería genética dedicado a criar donantes forzosos.

Clones: ¿seres humanos sin derechos?
Cuanto más inocente e indolente nos parece la protagonista, más terrorífica resulta la situación que, para añadir otro elemento escalofriante, comienza en un idílico internado británico. En este sentido Ishiguro utiliza como punto de partida un escenario estándar y prácticamente bucólico con un sentido profundamente dramático. A la manera de Hitchcock, es capaz de emplear la normalidad de la escuela como elemento que amplifica por contraste el espanto de unas prácticas científicas que, por otra parte, nunca se cuestionan.

Kathy H. es una narradora doblemente anónima: desde su concepción por ser un clon; y desde su presentación en las primeras líneas por la ausencia de un apellido completo. A pesar de su perspicacia y capacidad de observación se conforma con ser una mera espectadora, dejando que sus mejores amigos -Ruth y Tommy- sean los protagonistas de una vida planificada.

La falta de cuestionamiento de una situación abusiva por parte de los personajes y su inexplicable resignación deja patentes el proceso de “programación” al que son sometidos desde su nacimiento. Creo que se trata de uno de los elementos más terroríficos de la historia porque, a su condición de clones, los estudiantes tienen que añadir un constante lavado de cerebro en el internado que persiste en las casas de acogida a las que son asignados al llegar a la mayoría de edad.

Cada clon se “completa” cuando le extirpan cuatro órganos que, misteriosamente, nunca se revelan. La narradora trabaja como “cuidadora” para otros donantes, cuyo sentido del éxito personal se mide por el número de donaciones realizadas y la rapidez de su recuperación. Un clon que no haya pasado por la mesa de operaciones es un ser “incompleto”.

No nos queda muy claro si Kathy H. desea o no convertirse en donante para alcanzar la complexión determinada por su condición de copia de un original. Tan sólo existe en toda la historia un tímido intento de conseguir una moratoria al destino inexorable de los clones cuando la protagonista y su enamorado insisten en demostrar su condición de humanos legítimos. Hay algo de tragedia griega en la historia, ya que el devenir de los clones está fijado y su función social trasciende cualquier posible modificación de sus circunstancias.

El libro puede ser considerado como una llamada de atención sobre las consecuencias de un uso indiscriminado de la manipulación genética con fines terapéuticos. Personalmente creo que el autor va más allá. El auténtico debate es más profundo y tiene que ver con el concepto de ser humano en la sociedad. Los cuidadores, profesores, médicos y personal de apoyo que trata con los clones parece considerarlos seres humanos sin plenos derechos, aunque haya momentos en la trama en los que parezca que hasta ponen en duda su condición de “humanos”.

Ishiguro intenta poner de manifiesto las contradicciones de la naturaleza del hombrea la hora de auto-valorarse. Después de todo y hasta no hace mucho existían seres humanos de segunda categoría que no ostentaban los mismos derechos que las personas etiquetadas como “normales”. La xenofobia, la esclavitud, la homofobia, el racismo o el machismo son algunos de los nombres con los que conocemos aquellos colectivos que no reconocen los plenos derechos de los extranjeros, los esclavos, los homosexuales, las gentes de otras razas o las mujeres. Espero fervientemente que nunca haya que ahondar en el idioma griego para buscar un nombre que defina a los que no reconozcan los derechos de los clones. Mal andaríamos.

Yo sé por qué el blog ha llorado. Se ha sentido identificado con los clones de Nunca me abandones y le entristece ver que haya seres humanos que se resignen a ser “cosificados”. Pero él, al contrario que los personajes de Ishiguro, no se abandona en estos pensamientos. Él se rebela. De momento, ya ha plantado una pancarta en el salón y se ha proclamado “indignado”. Dice que busca mejores condiciones laborables: una hora para el bocadillo (¿los blogs comen?), seguro médico (¿los blogs caen enfermos?) y vacaciones pagadas (¿los blogs se estresan?).

En fin. Ya os contaré cuando lleguemos a firmar el convenio.

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