“La polilla en la casa del humo” de Guillem López

Esto no es una reseña, es una experiencia lectora.

Foto por Meetmrcampbell ( http://meetmrcampbell.com )

Guillem López – Foto por Meetmrcampbell ( http://meetmrcampbell.com )

He terminado La polilla en la casa del humo de Guillem López (editorial Aristas Martínez) y las manos se me han quedado pegadas al libro.

Mis yemas se han ido derritiendo conforme leía y ya no recuerdo cuándo se fusionaron con las cubiertas de la novela. Las extrañas formas que aparecen en la portada las están devorando y, muy pronto, mi espíritu terminará en el estómago metálico de alguna criatura del inframundo.

No recuerdo haber leído un western subterráneo antes, una historia en plan Solo ante el peligro bajo tierra, aunque el peligro sea el protagonista. Sí, ese que tiene nombre de número.

Veintiuno.

21.

Siento debilidad por los personajes despreciables, qué le voy a hacer.

Veintiuno es lo peor de cada casa, la cicatriz de todas las familias, la sal que se vierte sobre la herida recién hecha, la alucinación que te monta un oasis donde solo hay desierto, el correveidile, el alcahuete, el Judas adolescente, el Holden Caufield que guarda los campos de centeno.

Es tan canalla, tan lógicamente ruin que quieres hacerte una camiseta que diga “Todos somos Veintiuno”.

Es el lugarteniente del malvado, resentido por carecer de protagonismo, que quiere quitar al jefe de en medio.

Es el chaval del que han abusado en su juventud y que se endurece a fuerza de palos.

Es el segundón, el eterno Nº2 que quiere ser el Nº1. Tal vez el nombre se componga de ambos números por eso.

Podría sentir simpatía por él y todo.

Solo que su perversidad es tan sólida como los muros que lo rodean y entre los que se ha criado, un mundo ciego, sin horizonte, un mundo donde cualquier punto de luz es un milagro, donde la vida es casi una anomalía porque el entorno es tan hostil que, apenas sin darte cuenta, te curte hasta que te conviertes en un muro de piedra.

Podría sentir simpatía por él y todo.

Solo que puedo olerlo desde aquí, y aunque mis yemas están pegadas al libro y no puedo taparme la nariz, la arrugo con la esperanza de que la hediondez que emana de Veintiuno pase de largo.

Cuanto más leía, más me atrapaban las arenas movedizas que son sus páginas. El mundo de los topos humanos, o los humanos topos, se cierra como un cepo sobre mis carnes.

Y ya no sé si leo sobre Veintiuno o sobre mí.

Y desconozco si la polilla soy yo o si alguna vez lo fui.

Quiero arrastrarme hacia la luz que hay al final de este túnel sinuoso y eterno que esta novela.

No quiero acabar enterrada viva.

O, quizás, la polilla ¿eres tú?

 

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