“Incandescence” de Greg Egan

La creencia de que uno escoge los libros que lee es solo una ilusión. Hay libros que te escogen… con premeditación y alevosía. Encontré Incandescence de Greg Egan en medio de una monumental pila de títulos en la librería de un supermercado. Fue un encuentro poco glamoroso, lo reconozco. Los carritos de la compra nos rodeaban y la gente intentaba –sin mucho éxito- maniobrar para no estamparse contra la pirámide de obras situadas bajo el cartel de las rebajas ocasionales.

El libro de Egan destacaba porque su sobrio diseño de portada nada tenía que ver con las novelas de la Steel, los recetarios de cocina y las antologías de cuentos infantiles con los que se codeaba. Reconocí el nombre del autor y tomé el libro extrañada de encontrármelo allí. Confieso que miré a mi alrededor varias veces buscando la cámara oculta. Porque encontrar una obra de un autor de ciencia ficción dura en la sección de libros de un supermercado puede deberse solo a dos causas: una singularidad abierta en la fibra del espacio-tiempo o una broma televisiva. Creo que, en este caso, tiene más sentido la singularidad.

Ahora estoy firmemente convencida de que Incandescence me eligió por ser una de las pocas personas que conocía a su autor en aquel lugar y por ser mundialmente conocida por mis dotes rastreadoras –me tienen fichada en librerías y bibliotecas-, lo que quiere decir que fisgoneo y desordeno las estanterías y destruyo pilas perfectas de libros para rebuscar.

Sé lo que estáis pensando. ¿Cómo te has atrevido con Greg Egan si eres de letras? Vaya por delante que a mí, eso de las etiquetas, me la bufa. Lo siento, tenía que decirlo. No creo que nadie tenga derecho a ponerle vallas a mi querencia por el género. Las categorías, cuando son descriptivas y no prescriptivas, solo me ayudan a entender: nunca a juzgar. En este sentido, también me revienta que se dude de la capacidad de los científicos para componer trabajos de ficción. La creatividad, y creo que el talento también, desconocen el partidismo. No se adhieren al pellejo del escritor porque tenga las paredes pobladas de diplomas de estudios clásicos.

Dos historias: mucho hilo que ovillar

Lo cierto es que en Incandescence hay algo más que física para deleitar a los teóricos más recalcitrantes. La novela se estructura en torno a dos historias paralelas que se acercan con la misma fuerza gravitatoria con la que la estrella de neutrones descrita en una de ellas atrae al mundo conocido como la Esquirla.

No somos muy fans de las historias paralelas, el blog y yo. Como ya explicamos en la entrada dedicada a El vacío de los sueños de Peter F. Hamilton, este tipo de narración nos distrae, nos altera y nos confunde a partes iguales.  Por un lado, en Incandescence se narran las aventuras de Rakesh, un vividor espacial de vuelta de todo decidido a desentrañar el enigma que una raza desconocida le propone. La motivación de Rakesh para aceptar el insólito desafío de dicha raza, los Distantes –el nombre lo dice todo-, es una de las fuerzas más poderosas y universales que existe: el aburrimiento. Rakesh es prácticamente inmortal, lo que es sinónimo de decir que el hastío lo invade, porque nada le consigue conmover.

Egan nunca explica quiénes son los Distantes ni a qué dedican su tiempo libre. Tampoco se digna a mencionar por qué les interesa que Rakesh se ponga a investigar un meteorito con restos de ADN de una especie emparentada con la humana. El tipo se pasa la mayor parte de la trama cuestionando, y nosotros con él, las razones de los Distantes para actuar sin ser vistos. El blog y yo creemos haberlas identificado. Para conocerlas, remitimos al lector al párrafo anterior: seguramente, se trate de una forma de combatir el aburrimiento. No hay nada como pasar el tiempo entreteniéndose en ser testigos de las miserias intelectuales de los demás: ahí están los realities.

La ética del intervencionismo, que es como yo llamo al debate sobre el derecho a interferir en el desarrollo histórico de otra especie, tortura a Rakesh de manera incomprensible. A veces, sus conversaciones con su compañera de viaje –de nombre impronunciable- nos dejan un extraño sabor de boca porque parece que ambos se limitan a defender posturas antagónicas con una cabezonería poco atractiva, si se me permite decirlo.

Mundo-Esquirla

Por otro lado, en la segunda trama que se va intercalando con la primera, Incandescence nos trasporta hasta un mundo imposible: un trozo de roca –la Esquirla- posicionado en el disco de acreción de un agujero negro. Cuando una estrella de neutrones amenaza la órbita del mundo, sus seres intentan buscar una manera de evitar el apocalipsis. Dichos seres artrópodos parecen ser los portadores del ADN que Rakesh anda buscando por toda la galaxia… y hasta ahí puedo leer sobre este asunto.

Ahora, quiero un redoble de tambores, si me lo permitís. Porque, precisamente en mi total desconocimiento de la física relativista, reside mi interés por las historias de Egan en Incandescence. Porque yo no puedo seguir los planteamientos teóricos de los cangrejoides de la Esquirla a la hora de determinar la órbita de su querido trozo de roca. Pero puedo entender qué significa para una cultura -sean cangrejos, ectoplasmas o seres humanos- construir el edificio del saber, como decía Descartes, a partir de la observación y la reflexión. Esos seres tan insignificantes son capaces de trabajar en equipo para salvar su mundo contando solo con el poder de su capacidad de raciocinio, algunos muelles, unas piedras, varios pergaminos, unos cuantos ábacos y mucha geometría. ¿Cómo os habéis quedado? Supongo que flipando… como el blog y yo.

Solo podemos especular sobre los motivos por los que Egan se inclina por hacer un pespunte de historias que se entrelazan sin tocarse: ¿quiere que nos devanemos los sesos? ¿no sabe cómo rematar la jugada? ¿desea dar pie a las especulaciones? Es cierto que existe una página web en la que el australiano da pistas sobre los conceptos  científicos empleados en la historia http://gregegan.customer.netspace.net.au/INCANDESCENCE/Incandescence.html. Es cierto también que si tienes unos mínimos conocimientos de física relativista, la página consigue arrojar luz sobre los movimientos orbitales descritos en la novela. Es tristemente verdad que ni al blog ni a mí nos sirvió de mucho…

Tengo que admitir que Incandescence no es para cualquier lector, ni siquiera para cualquier aficionado de ciencia ficción. Es un libro que, como dice John Scalzi en la web de Egan, hay que leer con una hoja en sucio en la que puedas garabatear los nombres de las direcciones del mundo-Esquirla y los movimientos orbitales.

A pesar de su extraña estructura y no menos extraños personajes, y del tiempo que hemos invertido en leer con atención todas las observaciones científicas sin entenderlas, Incandescence acaba atrapándote de la misma manera que lo haría el agujero negro que describe. Seguramente nuestros “desconocimientos físicos” nos han forzado a encontrar otros aspectos –éticos, epistemológicos, folclóricos- en los que deleitarnos.

Le digo al blog que Egan es un escritor brillante que no deja indiferente al lector.

El blog asiente con la mirada un poco perdida mientras se registra voluntariamente en una clínica online de desintoxicación Egeniana

 

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