Beta-readers, lectores cero y otras criaturas raras del ecosistema literario

El blog es un ser curioso. Nada escapa a su capacidad de observación y no duda en cuestionar lo que desconoce o mal-conoce. Su apetito de conocimiento desafía muchas veces la lógica de la convivencia doméstica y no me queda más remedio que intentar responder a sus preguntas a horas intempestivas. Él es así.

2:36 am.

Me sacuden con vigor mientras soñaba con un tipo de mirada penetrante y tatuaje tentacular que me susurraba invenciones al oído. Despierto en medio de la agitación que provoca la vigilia forzosa. El blog quiere saber qué es un beta-reader.

¿A estas horas?

Le digo que mañana se lo cuento y él insiste, cabezota… cabezón. Dice que es la actividad clandestina de moda en las redes sociales y que necesita recabar toda la información posible.

¿Clandestina?

¿De moda?

Por alguna razón ambos conceptos no parecen ajustarse a la idea que yo tengo de un beta-reader. Cierto es que se trata de una actividad poco conocida pero no creo que pudiera definirse como furtiva. Por otro lado, cualquier moda en literatura suele levantar suspicacias. Aparte de los best-sellers ocasionales, a hostias con la calidad muchas veces, hoy en día lo popular se manifiesta en las temáticas más que en cualquier otro aspecto.

Como no tengo todas las respuestas y sí muchas preguntas, me dirijo a esa red de entendidos en la materia que habitan los capilares de Internet y les pido ayuda. Quiero agradecer a ElíasPedroMiquelCarlosLuisSergiAthman Fernando que se hayan tomado la molestia de iluminar mi ignorancia con sus respuestas.

Muchos nombres para una función

Vamos a definir el objeto de estudio para situarnos. ¿Qué demonios es un beta-reader? Hago un rápido barrido en Internet y saltan de la pantalla otras acepciones que se pelean por la misma función: alpha-reader, lector cero o lector de pruebas son algunas de los nombres con los que se conoce a esta criatura del ecosistema literario. Elías, que publica http://sentidodelamaravilla.blogspot.com, me ha enviado una definición concisa y precisa que comparto con vosotros: un beta-reader es una persona que lee una primera versión de una historia (puede ser una novela o un relato de menor longitud) y da su opinión al escritor para que éste pueda ver la impresión que causa en los lectores y pueda modificar aspectos que ayuden a mejorar el resultado final

Es una rara avis, hay incluso quién ignora totalmente su existencia, pero los escritores son quizás los seres que más de cerca la conocen. El beta-reader es un lector por encima de todo, pero lo es con premeditación y alevosía. Para él o ella, la lectura es un placer, muchas veces una necesidad cotidiana, un deleite para los sentidos. En algunas latitudes son conocidos como devoradores de letras; se les reconoce por tener a mano un libro o un e-reader casi en cualquier situación. Han leído durante sus vidas muy por encima de ninguna media nacional y los libros suelen tener para ellos un valor que nos se corresponde con su importe monetario. Como dice Sergi: Es mejor si es un lector con experiencia, atento a los detalles (muchas veces la labor del beta-reader puede solaparse un poco con la del corrector de estilo) y capaz de analizar, aunque sea someramente, por qué una obra funciona o no.

Hay muchos lectores, no nos confundamos, y solo un puñado de beta-readers. Lo que los diferencia y hace únicos es la finalidad de su lectura. Cuando actúan en modo “beta-reader” es a petición del escritor, que les invoca en las horas postreras de sus obras. O sea, no es un lector involuntario sino intencionado. No lee por accidente sino porque la instancia creativa -el autor de la obra- le propone ejercer una actividad leyente que se aleja del mero deleite despreocupado. Pedro, artífice de  http://www.leemaslibros.com, lo explica con gran acierto: No es el beta-reader quién impone el proceso, sino el escritor. Cada autor debe remitir el trabajo que quiere que se evalúe (no tiene por qué ser un texto completo, puede ser un capítulo, por ejemplo) y solicitar qué tipo de lectura requiere. Es decir, el escritor indica al lector sobre qué quiere que focalice su atención durante la lectura: ritmo, prosa, personajes, diálogos, claridad, credibilidad, etc.

Porque la lectura realizada por un beta-reader debe ser de tipo asistencial. Quiere esto decir que tiene que servir para que el escritor que la ha reclamado la utilice como instrumento para mejorar su obra. Es por tanto el escritor quien marca el ritmo e impone los objetivos. De nuevo nos remitimos a las sabias palabras de PedroSi el escritor no matiza lo que busca, es posible que no le sirva de nada un beta-reader. Idealmente debería proporcionar un cuestionario breve al lector para que responda a preguntas concretas.

Por estos motivos no valen las palmaditas en el hombro, los comentarios genéricos y generales o el peloteo “reseñil”. El beta-reader debe pringarse, otro modo de decir que debe implicarse tanto en su lectura como en su reflexión sobre la obra degustada. Según Elíaspuede ofrecer información interesante al escritor, sobre todo para saber si la historia provoca las reacciones que está buscando. No creo que sea una labor imprescindible, como puede ser la de un editor o la de un corrector, pero sí que creo que puede ser una herramienta más para que el escritor consiga pulir su obra.

Actuar como beta-reader no es un tarea fácil pues requiere un ejercicio de análisis objetivo aplicado a una labor tan subjetiva como es la lectura. Luis, uno de los cerebros detrás de http://milinviernos.com, indica que es fundamental conocer el estilo del autor y no pretender que el gusto literario personal sea la medida para el trabajo que está leyendo [y] tener un compromiso de ayuda y un grado de afecto al texto para ayudarlo a mejorar.

No se le pide que tase con infalibilidad papal ni mucho menos, sino que se apoye en su trayectoria lectora para valorar la obra aplicando un mínimo distanciamiento para con el escritor. Miquel, a quién podéis seguir en http://www.qdony.net, señala que el beta-reader debe ser capaz de valorar la narración en función de sus posibilidades, no en función de lo que a él o ella le hubiera gustado leer. También debe combinar la visión de conjunto del relato con la atención al detalle y escribir su opinión como si no conocieras al autor o autora y no te importaran sus sentimientos.

La multi-dimensionalidad del trabajo analítico es una de las principales dificultades a las que se enfrenta el oficio, tal como lo pone de manifiesto Carlos, bloguero desde http://sinsolapas.blogspot.comEs básico que los [beta-readers] sepan juzgar el texto en su intención misma. También tienen que ser capaz de leer a distintos niveles, tanto desde el formal, como el de la arquitectura o la intención. Un buen lector beta debe ver cosas que te has pasado, no solo en el lenguaje, sino huecos en la trama o fallos de continuidad globales.

El respeto a la audiencia, al público al que va dirigida la obra, al lector-tipo para el que el escritor desarrolla su historia, juega un papel esencial en su labor y se convierte en condicionante implícito. Athman -no dejéis de visitarle en http://athnecdotario.com– señala la importancia de intentar ponerse en la piel del futuro lector, alguien que puede tener unos gustos diametralmente opuestos a los tuyos, o mil diferencias más y aun así, obviando esos detalles, que se encuentre con una obra impecable, a nivel ortográfico, gramatical y de estilo. Otra cosa será que le interese o no, pero que de entrada, esté impecable.

El beta-reader no es un crítico literario, ni un escritor profesional, ni un corrector editorial, aunque el escritor acuda en numerosas ocasiones a alguno de los mencionados para tantear su obra. Así lo entiende de nuevo LuisNo creo que críticos o enemigos sean las personas indicadas como beta-readers, lo que de pronto sí serviría para la labor de corrección de estilo, siempre y cuando sea profesional: porque un corrector de estilo poco profesional no separará su desagrado con el texto con su trabajo y tratará de perjudicarlo (por lo que no cumple con su trabajo).

Asumir el papel de evaluador consciente y diligente implica también la aceptación de las limitaciones propias y de las fronteras que marcan la opinión, como apunta MiquelSer consciente de que la opinión que se da no es más que una opinión de las muchas posibles. Los lectores son tan diversos como los textos, lo que no funciona para uno puede funcionar para otro. Eso no le resta ninguna legitimidad a la propia opinión, pero cualquiera puede equivocarse.

Una lectura atenta y meticulosa es la norma que se impone a la hora de afrontar una nueva misión como beta-reader. En el caso de Fernando, curtido en numerosas batallas como podéis comprobar en http://deprisa-deprisa.blogspot.com, el proceso implica al menos dos lecturas: En mi caso, leo una primera vez el texto, para ver por dónde me sorprende la historia, cuál es su ritmo de lectura, voy anotando las primeras cosas que me “chocan”, etc. Dejo dos días de reposo, para ver qué me queda de esa primera lectura. Luego ya voy a una segunda lectura más pausada, en la que terminas de perfilar los personajes (su tratamiento) y demás asuntos que se puedan haber pasado. Después ya es comentarlo con el autor.

Carlos, como el resto de colaboradores de este artículo, ha actuado como beta-reader en algún momento y su experiencia no es muy diferente de cualquier otra lectura. La diferencia es cómo afrontar la valoración. Si es cara a cara es más fácil, porque delante de una cerveza se pueden decir las verdades ebrio, y eso relaja un montón. Lo mismo si hay una relación de amistad, que permite decir burradas sin ofender -demasiado-. Aunque con un amigo, en un momento dado, sales a la calle, te partes la cara y luego tan contentos. Cuando es por escrito hay que ser más cuidadoso, y saber cómo afrontar los puntos peliagudos. Que los hay, supongo que siempre. Aunque Borges no me pidió nunca opinión y no le ha ido mal.

La contribución del beta-reader en la puesta a punto de una obra literaria, sea del género que sea, constituye un paso necesario pero no inevitable. Se enmarca en el servicio post-creativo que la mayoría de autores realiza una vez escrita la palabra “fin” y suele reconocerse en el apartado de agradecimientos del libro. Sergi lo resume: Es bastante importante, porque aporta una distancia crítica con el texto que al autor le cuesta tener. Además le permite ver si funciona y si aquello que quería destacar realmente destaca, o si ese detalle aparentemente sin importancia que luego se revela fundamental no resulta evidente desde el principio. Creo, y es algo que bastantes escritores comparten, que todo autor necesita un lector cero de confianza. Alguien en cuyo criterio confíen y que no se corte a la hora de decir que un texto es malo.

Ante la dificultad que para el autor entraña juzgarse a sí mismo, se recurre al beta-reader para mirarse en su sensibilidad apreciada y admirada. En este sentido, Athman reconoce que es fundamental para el autor el tener un punto de vista ajeno a la obra. Él está demasiado implicado y que alguien ajeno la vea con perspectiva, fresco y sin ningún tipo de condicionante, le permite detectar errores que a él se le habían pasado, frases mal construidas o que se pueden mejorar e incluso aportar ideas que cierren mejor el concepto de lo que quiere contar. Simples opiniones, en realidad, pero que pueden ser la diferencia.

Lector desenfrenado, observador atento de realidades inventadas, extractor de evidencias y máquina depuradora de textos… quizás después de haber estas líneas entenderéis las palabras de afecto que todos los escritores dedican a los beta-readers en sus obras. Como dice FernandoEntiendo que al fin y al cabo, somos el examen final, […] un banco de pruebas, en definitiva.

Después de leer el artículo que con tanto amor le he preparado, el blog me dice que no ha entendido nada.

Creo que debería haber acudido a un beta-reader…

 

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