Hambre

Este cuento apareció publicado por primera vez en la Revista SuperSonic #1, dentro de la iniciativa «Desahucio en Marte» en la que participaron Santiago Eximeno, Ricardo Montesinos, Juanfran Jiménez y una servidora. Ahora podréis encontrarlo en breve en la antología Distópicas (y su melliza, Posthumanas), ambas seleccionadas por Lola Robles y Teresa López-Pellisa en la editorial Eolas.

Ilustración de Marina Vidal @marimbavidal

Alabama había ido a morir a Marte. Alguna vez, imaginando cómo serían sus instantes finales, se veía flotando en la tranquilidad artificial que las drogas le proporcionarían. No habría dolor, estaría relativamente cómodo en su cabina, quizás ya sin movilidad, y tendría la conciencia tranquila al saber que su familia estaba disfrutando de una situación desahogada. Los visualizaría en Orbis, la isla flotante patrocinada por la Entente Euro Rusa, con vivienda propia y sin estar sujetos al racionamiento forzoso para la mayoría de la población de la Tierra continental.

Recordó que tenía hambre. No se trataba de ganas de comer o necesidad de llevarse algo a la boca por sentir cierta debilidad. Era un apetito desmesurado, infinito, una sensación primaria que lo hacía aferrarse a la vida de cualquier manera, y que le había hecho llegar a reconocer cada milímetro de las paredes de su estómago. 

La ventana, estrecha y larga, que recorría el muro izquierdo de la sala común mostraba el arenal de la pradera marciana. Las formaciones rocosas encarnadas que les habían dado la bienvenida durante el amartizaje seguían en sus mismas posiciones, acechando desde la distancia, espectadoras del proceso de deterioro de la tripulación desde el otro lado de los cristales.

Mirar por la ventana era como asomarse a sus propias vísceras rojizas y yermas. El desierto estaba dentro de él, y sus entrañas no eran sino un páramo descolorido de materia orgánica en descomposición que le producía mal aliento y constantes espasmos abdominales.

El panel LCD de recreo mostraba un musical, un género que ya no estaba de moda pero que entusiasmaba a Alabama y lo único que conseguía calmar su hambruna. Además, le divertía ver sobreactuar a los actores cuando empezaban sus canciones en medio de la trama. A Tenerife no le gustaban y, cada vez que los programaba, se pasaba un buen rato burlándose de él. Ella prefería los documentales sobre la historia antigua de la Tierra, que solo conseguían aburrir a Alabama. 

Se dirigió hacia la minúscula cocina de la sala común y llenó un par de cuencos con la sopa que esperaba entre trozos de carne en una pequeña cazuela de acero inoxidable. Los puso encima de la bandeja quirúrgica que había tomado prestada del laboratorio y añadió un vaso medio lleno de agua, canturreando la canción del número principal del musical. 

Entró en la cabina de Tenerife y la vio tumbada sobre su litera, con la espalda contra el cabecero, estudiando el techo corrugado.

—¡Hora de almorzar!

Ella negó con la cabeza.

—No seas cabezota. Tienes que comer.

La voz de ella era un susurro enfermizo que no entendió. Él se sentó junto a ella con la bandeja sobre las rodillas, tomó uno de los cuencos y empezó a sorber la sopa. 

Tenerife se llamaba Ana, pero en la misión todos se conocían por la ciudad que los había visto nacer, aunque Alabama nunca había revelado su verdadero nombre y nadie había conseguido descubrirlo en los archivos del viaje. Cracovia presumía de haber iniciado la tradición, pero ninguno de ellos lo recordaba, a pesar de que insistía en que le reconocieran aquel honor. 

Cracovia “Crack” era ingeniero de algo, como la práctica totalidad de los miembros de la tripulación. También lo eran Tenerife, Alabama, Vorónezh, Caen y Upsala, pero Cracovia era además el jefe de la expedición, como a él le gustaba apuntar. Triste gloria, solía pensar Alabama. 

—La cámara frigorífica no ha vuelto a dar problemas desde que reparé la fuga de gas. Creo que aguantará. 

Ella permanecía con la mirada perdida en lo alto. Llevaba varios días en aquel estado de somnolencia, abandonada a los delirios de una mente que ya no se encontraba en Marte, sino reparando paneles solares en una colonia con forma de criatura alada.

Él terminó y arrimó el otro cuenco a la mujer, que apartó la cara. Insistió e inclinó el recipiente ligeramente a la altura de los labios para que el líquido entrase en la boca.

—No tienes que comer los tropezones, pero necesitas beber el caldo para mantenerte fuerte. Has pedido mucho peso. 

Las lágrimas resbalaron por las mejillas de Tenerife y cayeron en el mismo cuenco. 

Alabama pensó que aquello era un desperdicio. Cazó con los dedos los tropezones que flotaban a la deriva y los engulló. Mientras masticaba recorrió el cuerpo de la mujer. Sus ojos viajaron por la curva de los glúteos en busca de las últimas reservas de grasa. Se entretuvo en las arrugas del pantalón de deporte, fantaseando que hubiera piel y músculo detrás y no solo un frunce traicionero de la tela. Había perdido la esperanza de rescatar las lorzas de la cintura. Las había saboreado en sueños cientos de veces, acompañadas de una pizca de sal que Leverkusen había logrado sintetizar en el laboratorio.

—Alabama no es una ciudad de Euro Rusia—, le había dicho ella cuando los presentaron en la base de entrenamiento de la misión. 

—Nací en el “USS Alabama”.

Por aquel entonces, antes de emprender el viaje, la canaria no tenía aspecto de estar muriéndose. Su piel aún mostraba el lustre de un bronceado reciente y el síndrome se mantenía casi invisible. 

—¿Un portaaviones norteamericano?

—Era un montón de chatarra que los de la Entente compraron en el mercado negro. Nunca alcanzaba la velocidad de crucero oficial— contestó él tendiéndole la mano—. Por eso no llegamos a tiempo a Orbis y mi madre parió a bordo. 

La mano paliducha de Alabama contrastaba con el color canela de la de ella. Esa misma noche durmieron juntos por primera vez, faltándoles el tiempo para darse placer. Tenerife no era guapa, ni siquiera atractiva. Tampoco podía decirse que fuera excesivamente simpática o inteligente. No llamaba la atención por ningún aspecto de su físico o de su personalidad, pero a él le volvía loco. Desde el instante que la conoció, no volvió a acordarse de su mujer y las imágenes de su hijos se le presentaban en sueños disociadas de las de su madre. Los sentimientos, al fin y al cabo, no eran más que el resultado perceptible de una reacción química a nivel molecular.

A la canaria le habían detectado el síndrome en el Consulado Chino, cuando intentaba obtener un visado para llegar a Lóng, la colonia flotante china más próspera de la Tierra. 

Era una dolencia rara que afectaba únicamente a quienes habían seguido el programa masivo de entrenamiento espacial, diseñado para preparar a los habitantes de las futuras colonias. Se desconocía su origen, aunque las investigaciones preliminares apuntaban a una mutación genética que, en las condiciones de gravedad artificial de las instalaciones espaciales de entrenamiento, desencadenaba una cascada fisiológica que producía la degeneración acelerada del organismo. La esperanza de vida era de dos años terrestres desde la aparición de los primeros síntomas. La lotería de la muerte, la llamaban.

Upsala le había contado, en su tosco ruso, que se había hecho hipnotizar para poder sobrellevar la noticia. Tenerife nunca se creyó a la sueca, aunque Alabama sospechaba que simplemente sentía celos. Upsala era alta, rubia y tenía aspecto de poder correr triatlones todos los días. Había sido la primera en morir y, desde su desaparición, el carácter de Tenerife se volvió agrio y distante con la mayoría, aunque seguía accediendo a acostarse con él.

Continúa en «Hambre», SuperSonic #1, disponible en Lektu o en Amazon

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